“Hay gente que descubrió que yo no era tan alto”, dice, sobre una de las consecuencias de la nueva tecnología que lo rodea cada noche en los decorados de Telemundo 12. Ya no tiene pupitres para golpear papeles o lapiceras, y tampoco demasiado tiempo para respiraciones que precedan, acompañen o concluyan las noticias más desconcertantes. Todo es más rápido y fugaz, y algo más colorido hasta el vértigo y el mareo, pero Aldo Silva pivotea acompañado de sus tics familiares y abre diálogos con sus compañeros con la misma calma de hace diez años.

A las tres de la tarde ya está en el canal. Dirá después que todavía siente la necesidad de llegar lo más temprano posible. Ya hizo de mañana Informativo Sarandí, y bajo sus brazos lleva un montón de diarios, un bolso y una campera de abrigo. Nos abre cada puerta del canal con extrema amabilidad hasta que nos instalamos en los sillones en la sala de espera de Telemundo. La recepcionista piensa que pronto se debería terminar la pandemia, y lo dice por lo que cualquiera lo diría pero también para habilitar otra entrada del edificio que actualmente quedó cerrada. Aldo volverá en unos minutos para charlar sin apuro con la diaria.

Semanas antes, por Whatsapp, habíamos intercambiado algunas notas que supo escribir a finales de los 80 y principios de los 90 sobre bandas de thrash metal como Graf Spee en el suplemento Rock de Primera de Últimas Noticias. Cuando finalmente concretamos día y hora para esta entrevista me envió un sticker que en el momento no logré entender: se trataba de un recorte del Antel Arena pintado de verde y rojo. Luego me enteraría de su fanatismo por el club Aguada, la primera noticia que le tocó recibir y el proyecto documental en el que actualmente también trabaja –y que me pide que no olvide mencionar–, sobre los 100 años del popular club de básquetbol.

Te criaste en Pando y Domingo Aramburú. Jugaste de base armador en Aguada y cuando te cortaron del plantel fue un momento muy difícil para vos.

Yo tenía 16, 17 y me habían subido al plantel superior. Era un niño. Siempre recuerdo que mi muslo era del tamaño del brazo de Jorge Garretano. Y un día me cortaron, de un momento a otro. Fue un momento muy duro en mi vida. No pensaba en ser un jugador de elite porque era consciente de mis limitaciones, pero Aguada era mi club, mi camiseta. Fue muy amargo ese día. Recuerdo que me fui para mi casa y lloré horas, mi madre me protegió y trató de consolarme, y después entré en un bache. Por un tiempo no me acerqué más al básquetbol ni pensé en jugar en otro lado, porque era una época en la que si no jugabas en tu club, no jugabas. Con el tiempo volví a acercarme porque varios amigos siguieron jugando y hasta algunos llegaron a la selección: Fernando Yáñez, Jorge Laborde, Fernando Soto, Gonzalo Pereira, Santiago Lessa, Álvaro Jutgla, José Luis Santiso. Yo nací en 1966 y me acuerdo del federal de 1976, los festejos en el barrio por el federal de 1974, la tremenda amargura por la final de 1977 con Hebraica y Macabi.

¿Un partido tuyo que recuerdes por algún motivo en especial?

Tengo grabado en mi mente un partido con Peñarol en la cancha de Aguada. En la primera de Aguada jugaban Jorge Garretano, el Fefo [Wilfredo] Ruiz, Jeff Granger, Larry Bacon y Mario Viola, y en Peñarol, Bo Jackson, Joe McCall, Álvaro Tito. Antes del partido de fondo nos tocaba jugar a los equipos de reserva. Yo era suplente de la reserva, y ese día tuve mi momento de gloria en el básquetbol. Medía 1,65. Me pusieron y anoté cuatro puntos. En mi primer doble, cuando la pelota entró, explotó el estadio. Claro, no entraba un alma, la gente estaba esperando la primera, había televisación y cada partido era fiesta. Me congelé cuando entró esa pelota. Nunca más se me fue esa sensación.

¿Cómo fue la jugada?

La pelota va para el lateral, tomo la pelota, amago, el rival sigue de largo, tiro y encesto. Fue una jugada completa, y la sensación de ese momento es inexplicable. Igual, sólo yo me acuerdo de esa jugada. Es más, a veces hablo con amigos y nadie se acuerda. He llegado a pensar si no la soñé o algo de eso.

En 1984 tenías 18. ¿Cómo era ser un adolescente a la salida de la dictadura?

Fue como que se abrió la ventana y entró el aire. Yo la venía palpitando, me daba cuenta de lo que estaba pasando. Iba al colegio Elbio Fernández y después seguí en el liceo 26; ese fue un cambio de ambiente muy grande. Los amigos del Elbio los conservo hasta el día de hoy. Me acuerdo de los debates en la televisión, la salida democrática, empezar a entender lo que había pasado y lo que se venía. Tengo un recuerdo muy fuerte que mezcla también a Aguada en esto. Aquel 27 de noviembre de 1983, el día del “Río de libertad”, fui al acto del Obelisco porque ese mismo día me ascendieron al plantel superior de Aguada. Nos invitaron a los juveniles a un almuerzo y nos dieron la sorpresa, con un diploma, de que nos habían ascendido al plantel superior de Aguada. Cuando terminamos el almuerzo, con todos muy emocionados, el capitán Jorge Garretano nos dice: “Vamos al Obelisco”. Y allá fuimos. Y todavía me acuerdo de lo que era ese lugar. Fue muy impactante. Había mucha gente y un espíritu que desconocía. No sabía lo que era una movilización en tiempos de libertad. Veía una W de Wilson con una bandera del Frente Amplio, todo mezclado, y no entendía bien. Me acuerdo de pensar “¿qué es esto?”. Ese fue un día que me marcó por la parte deportiva y por ese acontecimiento. Cuando llegué a casa les conté a mis padres y hablamos por horas. Porque todavía estaba el temor de mis padres de hablar de ciertas cosas, que uno repitiera y tuviéramos un problema. Fueron épocas realmente muy especiales.

Y de la mano de eso te encontrás con la explosión del rock nacional y te metés de lleno, no sé si como protagonista, pero de forma muy cercana.

Trabajaba en radio con Elías Turubich, que tenía un programa de canto popular, y ahí conocí a Tabaré Couto, que es un gran amigo mío y fue protagonista de muchos de mis momentos importantes. Como yo además trabajaba en la UTE y él no tenía trabajo, me decía: “Comprate tal disco”, y después lo escuchábamos los dos. Tenía casi todos los de música nacional, que no eran muchos en esa época, pero un poco por compromiso. Él me insistía: “Tenemos que ir a Cabaret Voltaire”. Fuimos y vi tocar en vivo a Los Estómagos por primera vez. Yo ya tenía su primer disco, pero nunca había ido a verlos. Y ahí mi vida cambió. Los vi tocar “La música está enferma” por primera vez y salí siendo otra persona de allí. Yo escuchaba a los Creedence, a Bill Halley, escuchaba rock argentino, pero con Los Estómagos fue: “Pará, yo quiero ser parte de esto”.

En ese camino y ya trabajando en Rock de Primera te tocó dar la noticia del fin de Los Estómagos. ¿Ya eras cercano a ellos?

Sí, yo los seguía en todos los conciertos. Les había hecho notas en Emisora del Palacio. Era un fan. El recuerdo que tengo de esa nota es una de las primeras sensaciones de periodista que tuve en mi vida. Logré separarme por un instante de mi fanatismo. Cuando empezamos a hablar yo estaba haciendo una entrevista que fue un acercamiento al concepto periodístico que después pude desarrollar. Muchas veces me costaba separar mis pasiones. Era muy joven, tenía buena voz y manejaba un buen lenguaje, pero de ahí a decirme periodista, faltaba mucho. Esa nota la hicimos en Pando, en su sala de ensayo, y lo recuerdo como uno de los momentos importantes en mi carrera. En lo personal, porque dejé de lado el dolor de fan y quizás inconscientemente buscaba la noticia, que es lo que después iba a terminar siendo mi profesión.

¿Dos o tres discos imprescindibles de rock, en tu vida?

Un disco de Buitres tiene que estar. Siempre fui de los Stones más que de los Beatles, hasta que vi a Paul Mc Cartney. Podría haber uno de Buenos Muchachos. AC/DC, por supuesto. Pero estoy siendo injusto porque tengo muchos discos en esa categoría.1

Hace un tiempo dijiste que cuando estabas deprimido te encerrabas a escuchar rock and roll. ¿Sigue siendo un hábito?

No. Me deprimo menos que antes, pero cuando me pasaba lo hacía. Parece insólito, pero desde que tengo hijos jóvenes no me veo tan deprimido. Antes sí me podía pasar, por razones profesionales. Me siento, a esta altura de mi vida, bastante realizado. Muchas de las metas que me propuse las obtuve, y otras que ni soñaba se me dieron. Recuerdo, años atrás, ya estando en este trabajo, pasar por momentos en los que no sabía qué iba a hacer; entraba en períodos de depresión y me encerraba a escuchar rock and roll y tomar algunos whiskies también. Me resultaba de gran utilidad para situaciones conflictivas. Cuando necesitaba salir de un lío era el mejor camino. Me encerraba con la música, un whisky que me gustara y la tranquilidad de la soledad, y encontraba salidas a problemas que no sabía cómo resolver.

¿Qué pensás antes de empezar cada noche Telemundo? Tal vez no todos los días, pero esos de particular importancia por la noticia.

Todos los días para mí son importantes. Hasta cuando juega Uruguay a las siete y media, que nos parte al medio. Yo sé que hay temas más fuertes que otros, pero todos los días son importantes. Cuando voy a salir al aire trato de alimentar mi autoestima, creerme que soy bueno, que hace muchos años que estoy en esto y por algo será, y trato de saber de lo que estoy hablando. Para mí es muy importante conocer todos los contenidos de los que luego voy a hablar. Ahí hay un debate interesante, que he tenido acá con Gustavo Landívar, un argentino que es un productor muy importante en el canal y tiene una experiencia increíble. Él me decía: “Vos no tenés que saber tanto, tenés sorprenderte al aire. No vengas tan temprano para conocer cada cosa que pasó”. Me planteó esa disyuntiva, y durante un tiempo lo hice, y debo reconocer que tenía razón, porque a veces me salían mejores preguntas. Pero mi naturaleza me lleva a preguntar temprano: “¿Qué va hoy? ¿Con quién puedo hablar de tal tema para saber un poco más?”. Soy periodista, estoy en el lugar de conductor principal, pero a mí me gusta saber qué está dentro del informativo. Me siento muy débil cuando tengo que presentar temas que no domino, y suele suceder, porque el informativo es un ser vivo. Se diseña un informativo a las seis de la tarde, y a las ocho y cuarto Leandro Gómez, que es quien maneja la estructura del programa, ya lo cambió siete veces porque las cosas van cambiando. Una nota se hace más larga, surge una nota de imprevisto, un móvil de último momento. Pero todos los días me genera una sensación intensa salir al aire, que me gusta.

Has hablado de la importancia de cómo mostrar una noticia. No de cualquier forma. Hoy, con el vértigo con que sucede todo, ¿todavía es posible tomarse ese tiempo?

Siempre es posible. Se puede previamente pensar, conversar, todo es discutible. Lo que no cambia es la ética y el compromiso. No podemos poner al aire cualquier cosa. Hay que chequear. Las tentaciones son muy grandes a veces. “¡Vamos con esto!”, “no, pará, ¿qué es?, de ¿dónde salió?”. Yo adoro el lenguaje televisivo porque tiene que combinar lo visual con lo descriptivo. Cómo mostrar la noticia es un reto diario.

La importancia de cómo contás y presentás la noticia es clave.

Siempre recuerdo el ejemplo de un periodista español que estaba parado en medio de una guerra, creo que la de los Balcanes, y tenía que describir que estaba lleno de cadáveres y que no se podía ni respirar, y él simplemente dijo: “El olor a la muerte inundó el lugar”, y siguió. Y a mí me quedó clarísimo, no hizo falta que dijera más nada. Todos entendimos lo que estaba pasando. Ese es uno de los grandes retos: lograr un lenguaje directo y que las cosas le queden claras a la gente.

En un momento tan particular como este de la pandemia, ¿cómo se hace?

Cuando se anunció la llegada del coronavirus fue un reto tremendo. Hasta hoy recuerdo cuando aparecieron los primeros cuatro casos. Estábamos todos nerviosos y asustados. No sabíamos lo que era. Y más que nada ahí apelé a la comunicación, antes que a dar noticias. Me puse en la piel de la gente que no sabía muy bien lo que estaba pasando, porque yo tampoco lo sabía. Me acuerdo de que me dije a mí mismo: “Es momento de comunicar, así que... tranquilidad”. Al poco tiempo, conversando con alguien, me dijo: “Vos me tranquilizás cuando salís al aire”; fue de las mejores cosas que me pasaron en materia de comentarios. No era mi intención, pero de alguna forma pasaba por ahí. Todos teníamos interrogantes, así que era momento de avanzar juntos. Fue lo que hicimos acá adentro, y creo que hicimos un buen trabajo en Telemundo, con un cuidado tremendo al tratar temas que nos estaban superando. Este es un punto de inflexión muy fuerte en todo, en la comunicación, en la sociedad, en el país.

Como ser humano, ¿cómo la piloteás? Vas a la radio, después al canal, hasta que te vas para tu casa. Y al otro día, igual.

Uno siempre está enganchado, y cuento con la ventaja de que lo que hago me apasiona. Lo que sí trato de hacer cuando termino aquí en Telemundo es tomarme unos minutos para desenchufarme, lo necesito. Para que no llegue a mi casa el periodista que llegó al aire. Cuido mucho a mi familia y mis relaciones humanas. Trato de llegar desenchufado, porque si no puedo ser insoportable. Me lo han dicho mis hijos y mi señora: “Estás insoportable”. Si no bajo la pelota no me banca nadie.

¿Cómo hacés con el teléfono, que es un problema de todos?

Se apaga. En un momento determinado no se atiende más. Tengo dos teléfonos que están siempre prendidos, pero llega un momento en que prefiero dejarlos en un lugar para tener otra vida. Igual están cerca los teléfonos, están incorporados a mi rutina y mi familia lo acepta. Después, como cualquiera, miro una serie, una película.

Una fuente muy allegada a vos me dijo que eras muy calentón, sobre todo ante las injusticias. ¿Te reconocés en ese retrato?

Sí, la verdad es que muchas veces se me fue el carácter con algunos temas. Me indigno mucho con algunas cosas, pero trato de no mostrarlo. Hay cosas que me ponen hasta violento. La pobreza en Uruguay es algo que me enferma. Estamos en una pandemia, pero no puedo creer que todavía no se haya solucionado el tema de la pobreza. ¿Cómo puede ser? En los últimos tiempos he atenuado algunas de esas reacciones, pero durante mucho tiempo me pasó de explotar. Dos por tres me ocurre todavía.

En la radio y en la tele sos el mismo pero tenés tareas distintas. En la radio te permitís opinar y en la tele te toca ocupar un lugar más neutro.

Soy el mismo en los dos lugares, pero una cosa es ser el conductor principal del informativo de tu canal y otra cosa es un espacio radial en el que hay otras licencias. En Telemundo estamos presentando noticias y la opinión no corresponde. En Informativos Sarandí es diferente; también presentamos noticias, pero muchas veces aparece la opinión, o un comentario sobre determinado hecho.

Luego del episodio a raíz de un comentario sobre el presidente Lacalle, que ya aclaraste, alguna gente, que tal vez no te conocía tanto, descubrió otra parte tuya. No sé si vos lo viviste así.

Ese es un episodio que no fue menor, en el que se tergiversaron mis palabras, me calumniaron, me ensuciaron, y punto. Públicamente la dejo por ahí. Fui calumniado.

Hace unos días la Asociación de la Prensa Uruguaya propuso a los partidos políticos crear una comisión legislativa para monitorear el cumplimiento de la libertad de prensa, y el jueves en la Cámara de Diputados se votó una declaración de rechazo al informe de la cadena Deutsche Welle que hablaba de la libertad de prensa en Uruguay. ¿Cómo ves esas iniciativas?

Yo no comulgo con ese tipo de cosas. No me siento cómodo cuando hay representantes políticos hablando de la libertad de prensa. Indudablemente, hay una legislación, pero la mejor ley de prensa es que no haya una ley de prensa. Me parece que no corresponde. Todas las leyes de prensa te van poner un límite en algún lado. El periodista ya está limitado por la Justicia. Si yo me equivoco y te dejo mal parado, tenés la Justicia civil para defenderte. Y está la ética, también.

En un mundo en que todo cambia de forma muy rápida, ¿en qué se sostiene el periodismo?

Hay una discusión que tengo con mis hijos: cuando hablamos del presente no puedo dejar de hablar del pasado. Para llegar a lo que hacemos hoy tenés que tener esa perspectiva. Antes competíamos con Canal 4 y con el 10, y sobrevivimos ante un tsunami de medios de comunicación. Perdés la cuenta de los rivales que tenés a la misma hora. Tenemos una tarea titánica. La base del periodismo se sostiene en la credibilidad, en la honestidad intelectual. Por eso nos fue tan bien, entre comillas. Cuando pasó lo de las Torres Gemelas la gente se fue a los canales establecidos de noticias, y ahora en la pandemia pasó lo mismo. Los ratings de los informativos centrales explotaron. La gente vino a buscarnos a nosotros, que nos dedicamos a esto todos los días del año.

Nosotros necesitamos de la tecnología y adaptarnos a los cambios. La pantalla, el movimiento de cámaras, el sonido, por supuesto, pero tiene que haber una buena historia detrás, siempre.


  1. Más tarde, por Whatsapp, Aldo Silva envió una lista para concluir la respuesta: 1. Mecánica popular, de Buitres; 2. Camino Soria, de Gabinete Caligari; 3. The Concert in Central Park, de Simon and Garfunkel; 4. The Freewheelin’, de Bob Dylan.