Su grito repentino astilló la tranquilidad habitual de un lugar lejos de la ciudad, de pocos hogares y viejos árboles, con estrellas y algún perro manso para hacer compañía lejos del estrés. Unos vecinos argentinos vivieron el momento con espanto, y a la mañana siguiente pasaron a saludar al actor, un poco para amansar con cortesía a una posible fiera y otro poco para ver de cerca al extraño sujeto y explorar su desconocida condición. Faltaban segundos para terminar el partido cuando Jesús Trindade, el jugador que vestía la camiseta 21 del Club Atlético Peñarol, revirtió un resultado adverso y abrió el camino a la última victoria para obtener el Campeonato Clausura. Nestor Guzzini me cuenta, además del grito y sus consecuencias, que en su euforia también sonaron nombres y muchos insultos, tanto que se quedó sin voz por una semana, y cuando tuvo que recibir el premio al Mejor actor protagónico concedido por la Asociación de Críticos del Cine del Uruguay, por su trabajo en Alelí, no pudo decir una palabra.

Esta tarde, en un bar del centro, nos muestra que tiene un tajo en la mano. Se lo hizo el tejido de alrededor de la obra de la casa en Santa Ana, un lugar de calma que está construyendo junto a María, su pareja, y su hijo Leandro, y que lo tiene entusiasmado. Van a la playa temprano, pasean a un labrador muy grande y miran series. Después de esta entrevista, vuelve a ensayar junto a Jorge Esmoris y Jorge Temponi para preparar el reestreno de Recuerdos de Niza (dramaturgia de Jorge Esmoris y Federico Silva), una obra de humor absurdo que conecta con un carnaval que tal vez ya no existe, en “un universo fuera del tiempo, y paradójicamente, encerrado en él”.

¿Te gusta dormir?

Siempre me pareció una pérdida de tiempo. Cuando era chico, si me mandaban a dormir la siesta era lo peor que me podían decir. Me pasa ahora que cuando me despierto me cuesta volver a dormirme. Y me duermo sentado todo el tiempo. Tengo muchos videos de Leandro y María donde se me ve dormido con un vaso en la mano, o con el celular. Nunca fue un plan para mí.

¿Viste Succession (HBO, 2018)?

Sí, estoy maravillado. En 2020, en medio de la pandemia, tenía un papel muy cortito en la serie El Reino (producción de Netflix), de diez días de rodaje; una cosa bien sencilla. Y pasaron cuatro días, arrancó la pandemia y se paró todo. La serie se tenía que filmar sí o sí ese año; entonces viajé de vuelta para filmar los días que me faltaban, pero tuve que estar un mes y medio en Argentina, y muchos días en cuarentena. Y ahí empecé a mirar series. La primera temporada de Succession la vi allá, y después la volví a ver acá con María. No sé si lo sabías, pero no van a empezar a filmar la cuarta temporada hasta mediados de 2022, porque los guionistas pidieron un descanso. Y en realidad, si te ponés a pensar, más allá de que la serie tiene unos actores impresionantes, el secreto es el guion, y los diálogos son increíbles.

¿Tenés un personaje preferido?

Shiv, la hija de Logan, me parece maravillosa. Y su marido, Tom, es una cosa... Vos decís “es imposible generar empatía con este personaje”. Te gusta tanto su trabajo que igual querés encontrarle algo de humanidad. Y en el último capítulo [de la tercera temporada] tiene un diálogo con Greg, que es otro actor, que me parece buenísimo, donde te deja ver algo.

Hace poco leí un perfil del actor Jeremy Strong (Kendall en Succession) en The New Yorker donde se menciona hasta qué punto de obsesión lleva su trabajo como actor para cada personaje. Dice, por ejemplo: “Esto me lo tomo tan en serio como me tomo mi vida”. Vos, con el paso de los años y los aprendizajes, ¿fuiste cambiando tu forma de trabajo?

Tomando como referencia lo de este actor, por ejemplo, si estás filmando en Montevideo y vas y venís a tu casa, es impracticable. De repente, por ejemplo, cuando hicimos Tanta agua, que estuve un mes y medio viviendo solo en Salto, digamos que eso sería más fácil. Sé de muchos actores que cuando entran al set prefieren mantener su personaje vivo en su tráiler. A veces en la dinámica de un rodaje es muy difícil mantenerte siempre presente con un personaje. Yo, tal vez, no me ponga hablar con otro actor del partido de Sudamérica. Llevado a ese punto, algo de eso hago, pero no al extremo. Me parece que no es necesario quedarte en un rincón hasta que te llegue tu momento de filmar; pero sí, naturalmente, cuando tenés un plan de rodaje, parte de tu trabajo es saber qué vas a hacer al otro día, y de acuerdo a eso internamente sabés qué cosas requieren que estés más concentrado y en cuáles podés estar más liberado.

También es cierto que desde que empezás a filmar hasta que terminás, nunca abandonás del todo el personaje. Hay un trabajo invisible que seguís haciendo en tu casa, y a veces es difícil para los que conviven contigo. No es que decís “llego a mi casa y me olvido cien por ciento”.

Lo mismo me pasa ahora con las funciones de teatro los fines de semana. El día que tengo función, todo lo demás queda en un segundo lugar. Por ejemplo, me siento incómodo haciendo otra cosa muy relajada, como ir a la playa, ese mismo día. No lo puedo hacer.

Te mentiría si te dijera que ensayo mucho las escenas en mi casa. Juan Minujín, con el que trabajamos en Los Últimos románticos y es un divino, tiene un coach con el que ensaya sus escenas, además de lo que luego hace con el director. Eso me agota un poco.

Foto del artículo '“El brillo que un actor le puede dar a un personaje está en las cosas mínimas que conectan con la memoria de la gente”'

Foto: Mauricio Zina

¿Y vos encontraste tu fórmula?

Y... Lo vas construyendo a partir del trabajo de tus colegas. No deja de ser un oficio. Vas viendo lo que te funciona más. Es un tema de práctica. Y hay una variable que siempre hay que tener en cuenta, y que el cine te la recuerda todo el tiempo: vos sos una parte de una cosa mucho más grande, aunque seas el protagonista de la película. El set te lo deja en claro enseguida. Entonces ese método que vos encontrás tiene que convivir con todo lo demás.

Otra cosa a la que hay que estar atento es que a los actores nos cuidan mucho. O te puede pasar como en Todos detrás de Momo, que filmamos en diez semanas con cámara en mano, de una forma muy guerrera. Entonces era “vamos a este bar” y vos tenés que encontrar tu lugar, te vas ubicando. A mí me gusta estar muy pegado al sonido, miro el monitor; estoy tranquilo ahí.

Y en definitiva, y volviendo a lo de este actor, vos no podés estar totalmente distendido. Siempre es mejor no ir y volver a tu casa. Es mucho más cómodo que entrar y salir de la realidad cotidiana de tu casa.

¿La actuación, después de tantos años, te cambia la vida?

Sin dudas. Te voy a poner un ejemplo un poco extraño. En una situación límite tuve que contarle una noticia espantosa a un familiar; un segundo antes de decirla, yo estaba en el ascensor, y la noticia era muy inesperada; antes de que se abriera la puerta yo me imaginé lo que venía como una escena, y me adelanté a lo que suponía que venía, y me funcionó. Yo tenía miedo de que a mi madre le pasara algo.

Exacto. Pensé qué decirle que no había pasado, para después decirle lo terrible que pasó.

Y eso me dio cierta... La palabra no es tranquilidad, pero manejé la situación con cierto oficio. Es horrible. Después lo analicé y me pareció una cosa fría, pero en realidad, nada más lejos de eso; yo también estaba muy dolorido. No es que ando la vida con mi visión de actor, pero sin dudas que te modifica. A veces es difícil establecer si es algo que ya venía contigo o es una consecuencia de haberte convertido en un actor. No lo sé.

Siempre fui muy observador, y con frecuencia hago un ejercicio sin proponérmelo: con base en una mínima conducta, ya te podés hacer una idea de cómo puede ser una persona. Entonces después, actuando, hacés ese trabajo al revés.

Un día, con Cristina Morán, nos invitaron a una escuela técnica, y estuvimos hablando un rato largo de nuestra relación madre-hijo en Alelí. Y en realidad no es una película en la que se profundiza en esa relación. ¿En cuántos momentos se muestra? En muy pocos. Y para nosotros, en nuestro trabajo, esa relación se definió en la escena en la que yo le pongo los zapatos.

Obviamente, hay muchas cosas previas para que eso pase. En este caso, el excelente guion de Leticia Jorge y Ana Guevara, pero en definitiva, el brillo que un actor le puede dar a un personaje está en las cosas mínimas que conectan con la memoria de la gente.

Jorge Esmoris dijo que le resultaba difícil imaginar un proyecto suyo sin que vos estuvieras a su lado. Y pasan los años, y es verdad que siguen trabajando juntos.

Es que si yo soy actor es por el Flaco. A mí lo que me gustaba era cantar, y en la Antimurga BCG me encontré con él y con otro montón de gente muy talentosa. Y ese vínculo lo mantuve durante mucho tiempo. Su manera de dirigir, con obras de seis, siete meses, eran como talleres para nosotros. Y después me llevó para hacer radio, y después tele. Y lo que me pasa a mí es que Esmoris es un tipo que siempre elegiría para estar arriba del escenario.

Cuando él me llamó para hacer Recuerdos de Niza, antes de saber nada de la obra le iba a decir que sí.

¿Y quién es tu personaje?

Yo soy Lucien, el Flaco es Américo, y Jorge Temponi es Ferrón. Y esta obra, en medio de la pandemia, nos rescató. Estábamos sin hacer nada. Y el Flaco, además, te pone al límite. Cada ensayo con él es una exigencia, porque también se exige él mismo.

La obra tiene algo de carnaval, ¿no?

Mirá, mi hijo fue un día a un ensayo, y cuando llegó a casa María le preguntó “¿Y, qué tal?”.

Él le dijo: “Son unos soldados que están en un pozo”. No estábamos vestidos de guerra ni nada, pero hay algo de eso. Son tres tipos metidos en un lugar y están construyendo un carro alegórico. Y Lucien tiene un vínculo con el carnaval, porque una vez logró cantar sobre un escenario. Y no deja de ser una historia de tres tipos que no son perdedores pero, claramente, tampoco son exitosos, y cuyo único objetivo es hacer ese carro. Algo parecido a lo que pasa con el cine: durante un mes y medio es una manada para la que no existe otra cosa que terminar una película; en este caso, terminar ese carro.

Lo que no se sabe acá es si se trata de un sueño o de otra cosa.

Recuerdos de Niza va en la Sala Zitarrosa todos los viernes, sábados y domingos desde el 28 de enero hasta el 27 de febrero.