Como con Barrán y Nahum, Masters y Johnson, Abbott y Costello, Bonnie y Clyde, Simon y Garfunkel, etcétera, pensar simplemente en el apellido Larbanois inmediatamente trae a la mente a Carrero, y viceversa. Pero lo cierto es que Eduardo Larbanois y Mario Carrero no andan juntos todo el tiempo, y el mejor ejemplo es esta entrevista, a la que a último momento no pudo asistir Larbanois porque se le enredaron los horarios en los que da clases de guitarra. “Cuando estoy solo no tengo que repartir la charla”, dice Carrero.

El dúo se presentará este sábado en el Antel Arena para festejar sus 45 años de existencia. Hace un lustro, cuando conmemoraron las cuatro décadas, armaron un espectáculo en el que cada canción representaba un año, pero ahora volver a utilizar ese esquema les parecía “raro”, por lo tanto, para el sábado, armaron algo mucho más basado en lo musical, poniéndole otra ropa a algunas canciones, buscándole la vuelta al lado instrumental.

Además, el sábado el dúo estrenará varias canciones, como una dedicada a Julia Skorina, “una mujer olvidada en la historia”, dice Carrero. Era una inmigrante eslava de San Javier que fue asesinada por la Policía en enero de 1933, cuando se cocinaba el golpe de Estado de Gabriel Terra, en un acto de resistencia en el que la oradora fue la dirigente comunista Julia Arévalo, que más adelante sería diputada y senadora.

“Desde ese momento está en el cementerio de San Javier. Hay una lápida con la hoz y el martillo que estuvo tapada durante la dictadura. La canción es el rescate de esa mujer, jugando con el hecho histórico de las dos Julias. Soy un defensor de la memoria y de la identidad. Yo sé que a veces es raro hablar de identidad en un momento en donde todo se ha vuelto snack, pero creo que el mundo tiene que empezar a volver a sus raíces, a defender sus cosas”, dice Carrero.

Empezaron con el dúo en 1977, un año en el que hubo una efervescencia musical importante en Uruguay; de hecho, se suele hablar de la “generación del 77”. ¿Qué recordás de todo aquello?

Lo fundamental para entender la historia del dúo es comprender el momento histórico en el que arrancamos. A partir del golpe de Estado [27 de junio de 1973] fueron obligadas al exilio casi la totalidad de las expresiones culturales y artísticas de este país: Galeano, Benedetti, El Galpón, Zitarrosa, Los Olimareños, Viglietti, Numa Moraes, El Sabalero, Yamandú Palacios, [Manuel] Capella, un montón de gente; y los que no éramos tan notorios y la dictadura tampoco tenía mucho tiempo para andar persiguiendo exclusivamente a artistas todo el rato nos quedamos y empezamos a hacer algo, más que nada a impulso de la gente. Hay que ubicarse en un país en el que estaban prohibidos los partidos políticos y los sindicatos, y la huelga general había marcado a fuego a la dictadura, que no había logrado imponerse. Además, ya había caído el famoso mito de los “dos demonios”, porque en 1976 fueron asesinados Zelmar Michelini y [Héctor] Gutiérrez Ruiz, y en el mismo momento en que empezamos a ensayar y a trabajar las canciones fueron secuestrados Elena Quinteros y Julio Castro. Eso se sabía y te pesaba en el ánimo, el dolor y la preocupación cotidiana. Entonces, obviamente que ponerse a cantar en ese entorno era bastante complicado.

Hoy capaz que es difícil explicarle a alguien de este tiempo que para hacer un espectáculo tenías que pedir permiso. En los primeros años, en la comisaría; la censura era bastante aleatoria, porque eran menos “profesionales” en el aspecto represivo, pero después, en la medida en que el fenómeno del canto popular se fue haciendo más importante, se encargaron los servicios de inteligencia y se hizo sumamente “profesional”. Empezamos a cantar y apareció una veta por allí, que fue la que pudieron aprovechar los militantes clandestinos, las cooperativas de vivienda, los grupos de viajes estudiantiles, etcétera; todo era posible para generar un espectáculo de música.

La dictadura jugó un papel en cuanto a la resistencia y el contenido de las letras, pero imagino que para ustedes nunca hubo otra opción que no fuera hacer música. Es decir, va más allá de la dictadura. ¿O sin ella hubieran tenido otro oficio?

No, éramos músicos, pero dentro de lo que fue esa generación de los 60. Yo andaba cantando de todo un poco cuando un día descubrí “De cojinillo” [canción de Rubén Lena interpretada por Los Olimareños] y me despertó una sensibilidad particular a mí, artista, cantor, para encontrar por qué cantás. ¿Para hacerte famoso, para ganar plata, para firmar autógrafos, para que la gente te aplauda? A partir de esa generación entendí que la canción era un vehículo para interpretar el mundo y el tiempo en el que vivías, esa era la regla general de la época. El maestro Lena decía: “¿Para qué le vamos a cantar a la luna tucumana y a los paisajes de Catamarca si nosotros tenemos lunas y paisajes acá?”. A mí, que por imperio de las circunstancias soy el que más escribe [del dúo], me siguen moviendo las mismas cosas que cuando empecé a cantar. No me considero -ni me consideré jamás- un “melódico internacional”, que no se sabe mucho de dónde es: yo soy de acá, con todo lo que pasa acá y con todas las referencias que tengo de acá.

Decís que cuando empezaron a cantar ya había caído el mito de los “dos demonios”, pero aún hoy hay personas, incluso políticos de fuste, que siguen abonando esa “teoría”.

Claro, pero esas son formas de justificar actitudes, por qué estuviste de tal lado o de tal otro. Lo que yo digo -y no como politólogo sino como quien vivió esa época- es que en 1977, cuando secuestraron a Elena Quinteros -que no apareció más- y a Julio Castro -que apareció con un tiro en la cabeza-, dos maestros, no había ningún tupamaro armado en la calle. Y cuando asesinaron a Michelini y a Gutiérrez Ruiz, ninguno estaba armado en una tatucera: eran senadores de la patria, y Wilson Ferreira Aldunate se salvó porque le avisaron. Los presos, los detenidos, los perseguidos y los que teníamos que presentar las letras éramos gente común y corriente que nunca anduvo con armas en la mano.

Mario Carrero, durante la entrevista con _la diaria_.

Mario Carrero, durante la entrevista con la diaria.

Foto: Ernesto Ryan

¿Cómo se dio el ida y vuelta con Washington Benavides? Fue muy importante para la obra de ustedes.

Benavides tuvo que venirse de Tacuarembó porque no podía ejercer como profesor. Empezó a trabajar en la radio CX30, con un programa que se llamaba Canto Popular, en el que obviamente nosotros éramos habitués, nos reuníamos ahí o en la casa del Bocha y se buscaban canciones. Él nos dio “Cuando cante el gallo azul”, una canción que no creo que le hiciera correr peligro a ningún régimen, y también “Zumba que zumba”; nos dio un montón de canciones propias. Recuerdo una charla con el Bocha, cuando ya estábamos en la radio y nos enteramos de varios secuestros y detenciones. “¿Qué hacemos?”, preguntamos. Él nos contestó con una muletilla que tenía: “Hay que cantar, calandrias”. Entonces, cantábamos lo que nos dejaban cantar. Pedíamos permiso para cantar, pero no para militar. El ser humano es político por naturaleza, por omisión o asunción. Cuando te importa tres carajos lo que pasa, estás asumiendo una actitud política. En este momento tenés dos locos desafiándose por Twitter que pueden hacer volar el mundo si se despiertan mal, y podés seguir así, que no te importe nada, pero a mí me preocupa.

Ahora hay una moda de gente que se queja de que se “politiza” equis cosa, como si politizar fuera teñirla de intenciones oscuras o la política no fuera inherente a la civilización.

Sí, pero aparte, a través de las redes -que yo no tengo-, se ha instalado toda una forma de descalificación, de odio exacerbado y del culto del anti. Cuando alguien me dice que es “anticomunista”, por ejemplo, me causa gracia. Yo no soy anti nada, por naturaleza. Me afilio, porque soy profundamente artiguista, a aquello que decía Artigas: “No tengo más enemigos que los que se oponen a la pública felicidad”.

Pero anticapitalista sos.

Y... no me gusta este sistema. Sueño con un mundo más lindo, más solidario, más justo, donde no se siga agrandado la brecha inhumana de gente deambulando muriéndose de hambre, sin tener qué hacer; que no se siga agrandando la brecha cultural y educativa, en donde hay algunos que estudian para ser pilotos de la NASA y otros que van a estudiar lo que precise el sistema, el mercado; no es el mundo que me gusta.

En la canción “Conclusiones”, que es de 2015, planteaste alguna de estas cosas, y la situación no parece haber mejorado.

Esa canción la hice, para ser más claros, en un gobierno de izquierda. Llegamos tarde, asumiéndome en un gobierno al que voté. Es lo que decía el padre Cacho allá por los 70, “llegamos tarde”. Yo me apropié de esa frase para plantearla en ese momento, en que éramos gobierno, y ahora lo siento más aún. Se requiere de mucha grandeza para zafar de esta situación, no va por el camino del odio ni del enfrentamiento barato de insultar a cualquiera de cualquier manera, ni va por el camino de los politólogos y de los opinólogos. Creo que el periodismo tiene mucho que ver en esto, porque en estos momentos está en una disyuntiva, cuando tenés las redes metiendo cualquier cosa. A veces se habla de democracia como de una cosa muy etérea, por allá arriba, pero la democracia está en juego mientras ocurra todo esto, que desde las redes podés manipular elecciones; no me vengas a hablar de democracias ideales.

¿Cómo lo tomaron cuando se viralizó en internet, hace como una década, que la canción “Ocho letras”, de ustedes, tiene un ritmo y una progresión armónica similar a la de “Hallowed Be Thy Name”, de Iron Maiden? Ambas son del mismo año, 1982.

Me calenté, porque se ve que me escucharon... Es que está todo ahí, desde el principio de la humanidad haciendo música. Si te proponés buscar cosas parecidas a cualquier éxito que quieras, las encontrás. Ahora que se puede googlear... Porque mirá que yo escribí “Santamarta” pero googleo, escribo en la computadora y todo, no estoy en una caverna.

¿Cómo ves la música del mainstream actual, lo que escuchan los jóvenes, el trap y todo eso?

Donde está sonando determinado tipo de música es porque hay condiciones objetivas y subjetivas que generan que eso se escuche. Si quiero que suene lo que yo hago, tendré que esforzarme más y encontrar la manera de entreverarme en eso. Pero, por ejemplo, el carnaval de Artigas no es el carnaval del Teatro de Verano. ¿Por qué? Por la misma razón por la que no le podés regalar un mueble esquinero a un esquimal...

Pero las condiciones de arranque no son las mismas para todos. Si hay alguien en Artigas que quiere hacer determinado tipo de música, no va a tener una empresa discográfica multinacional atrás que le haga todo el bombo de difusión como a Tini, por ejemplo, para hablar de extremos.

No, claro, pero cuando hablo de música trato de salir de los grandes circuitos y los grandes formatos que imponen cosas. Nuestro principal referente folclórico, si vas a una cuestión lírica y sentimental, es Bartolomé Hidalgo, que cantaba “Cielito patriótico”, contando la gesta artiguista -hasta cierto punto, después medio que se cambió- en un caballo traído por los españoles, con una guitarra traída por los españoles y en español. Desde ahí arranco, y me gusta las milanesas que vienen de Milán, el tango que tiene el bandoneón alemán, la murga que viene de Cádiz -o no-, la música afro que llegó con los esclavos... O sea, yo no me pongo en un lado puro en donde somos los inventores de una cosa exclusivamente propia, porque somos una consecuencia de un proceso que no va a terminar acá. Después, como decía el maestro Lena: hay canciones y artistas resistentes al paso del tiempo, y otros que no. Hay cosas que hoy aparecen, tienen millones de visualizaciones, y después no te acordás nunca más ni de quién era ni cómo era. Ese es el mundo que no me gusta.

¿Cómo ves el gobierno de Lacalle Pou?

Y... yo no lo voté. No me sorprende para nada. Quiero ser claro: no lo voté, pero no me interesa que le vaya mal, no parto de esa base. No lo voté porque el mundo al que aspiro no tiene nada que ver con lo que se plantea a nivel de economías de mercado; no podemos hablar de la pública felicidad si todo es privado.

No te veo haciendo una canción para los malla oro.

Me encanta el ciclismo, pero no, porque no creo en eso. No creo en que cuando a los malla oro les vaya bien repartan, porque en la historia no ha pasado. Y creo que hay que ingeniarse cada vez más para ver cómo conservamos este planeta, porque el capitalismo no sólo se está llevando puesto a la gente sino también al mundo, y se lo va a llevar cueste lo que cueste. Entonces, se impone ponerle un freno. No tiene nada que ver con tu pregunta, pero me cuesta entender que vamos a tener un avatar. Esa quizás sería la próxima “Santamarta”, hablando de los avatares. Aparte, ¿te imaginás el lío que sería Larbanois y Carrero con dos avatares? Nadie sabría quién es Larbanois y Carrero ni quién es el avatar. El metaverso y todo eso me preocupa, me asusta. Ya me complica tener que ir al supermercado a pesarme la fruta y trabajar para otros que no me preguntaron si yo quería trabajar.

Larbanois y Carrero en el Antel Arena, este sábado a las 21.00. Entradas por Tickantel. Todavía quedan varias a $700.