Al menos a los ojos del espectador promedio, la llegada de James Gunn al universo cinematográfico de DC Comics se dio medio de casualidad. Sus continuos ataques en Twitter a los conservadores hicieron que estos resucitaran antiguos tuits suyos con chistes de cuestionadísimo gusto, lo que le costó el empleo como director de películas del universo cinematográfico de Marvel. Poco tiempo después lo perdonaron, pero para entonces ya se había comprometido a escribir y dirigir El Escuadrón Suicida.

Su desembarco del otro lado de la grieta superheroica no podría haber sido mejor. El director de las dos entregas de Guardianes de la Galaxia se liberó de las ataduras de la acción para todo público, y le salió bien. Entre el inmenso abanico de posibilidades (de propiedades intelectuales) insistió con el grupo de villanos que es reclutado para cumplir misiones casi imposibles a cambio de una reducción en su condena, popularizado por John Ostrander en los años ochenta. Y donde David Ayer en el filme de 2016 no había logrado hacer funcionar a un montón de personajes desechables y antisociales (al menos en la versión que llegó al cine), su sucesor se sintió como pez en el agua. O como Rey Tiburón en el agua.

Antes de que la película se estrenara, Gunn ya preparaba su spin-off televisivo. Pero para protagonizarlo no eligió a alguno de los villanos queribles, que tenían alguna cualidad que los redimiera, sino que decidió contar una historia del antagonista dentro del grupo, que se cargó a uno de los personajes más queridos y no hizo más porque quedó fuera de juego.

Peacemaker es un personaje identificado con los “buenos”, pero que en su primera aparición cinematográfica se convirtió en un asesino despiadado, capaz de matar hombres, mujeres y niños con tal de lograr la paz. Detrás del colorido traje y el ridículo casco se encontraba John Cena, otro luchador profesional devenido en actor que impresiona por el tamaño de sus músculos. Y no lo hace de la mejor manera.

Peacemaker, la serie, funciona como una versión más económica del Escuadrón Suicida. Si antes Amanda Waller controlaba a una decena de villanos desde una modernísima sala de control en la prisión de Belle Reeve, ahora uno de sus subordinados controla a este luchador por la paz desde un local comercial que cerró sus puertas. No hay un presupuesto ilimitado, sino una camioneta y (eso sí) armamento suficiente como para enfrentarse al enemigo. Que puede ser tan peligroso para el planeta como aquella estrella de mar gigante que tenían escondida en la isla de Corto Maltés.

Tenemos entonces a un ser despreciable, interpretado por una mole humana, puesto a la cabeza de ocho episodios de un título disponible en HBO Max (para suscriptores o quienes tengan paquete en servicios como NS Now) en donde la acción es una copia reducida de lo anteriormente visto. Pero esta receta para el desastre se terminó convirtiendo en una de las series más entretenidas de lo que va del año.

Quizás la clave esté en un elemento (o un órgano) que James Gunn ha sabido manejar en sus diferentes ficciones de superhéroes: el corazón. La historia no desconoce que Christopher Smith, el hombre debajo de la capucha de metal, es una porquería. A partir de este punto y con los ritmos que permite la televisión, nos revela por qué actúa de esa manera y logra que empaticemos con él. Y que simpaticemos, sobre todo si del otro lado hay una potencial invasión del espacio exterior.

Cena también tiene más material con el que trabajar y demuestra sus aptitudes para la actuación, que van desde un baile en ropa interior hasta una emotiva escena en la que toca el piano. Todo eso intercalado con muchísimas muertes y chistes reprochables (pero que no le costarían la cancelación a nadie).

El otro elemento que es explotado en esta aventura de seis horas son los diálogos. Gunn no tiene tanto apuro por ir de explosión en explosión y permite que sus personajes tengan intercambios absurdos, que por momentos tienen tics tarantinescos y en otros pelean el nivel de ñoñez con los de Kevin Smith, y funcionan en su gran mayoría.

Después está la música. Si el director logró que ciertos grupos setenteros volvieran a la palestra por utilizarlos en la banda de sonido de Guardianes de la Galaxia, aquí decide que su personaje sea fanático del glam metal y este aparecerá en los más diversos momentos de la serie, empezando por la maravillosa presentación coreografiada al ritmo de “Do you wanna taste it?” de Wig Wam, y que ninguna persona en su sano juicio debería saltearse.

Para cargar con el drama, la comedia y la música, es necesario un elenco extenso. Steve Agee y Jennifer Holland regresan como operativos del Escuadrón caídos en desgracia, a los que se suman Danielle Brooks (en uno de los papeles más destacados) y ChuckwudiIwuji. Y Robert Patrick es uno de los supervillanos más odiosos de los que se tenga memoria... que además es el padre de Peacemaker. Pero es necesario nombrar a la sorpresa de la serie: Freddie Stroma como Vigilante.

Este personaje nacido en los años ochenta tiene una historia tan oscura en los cómics, que terminó suicidándose. Sin embargo, la versión de Peacemaker lo presenta como un delirante al mejor estilo Deadpool, sin romper la cuarta pared, pero sí las pelotas de todos sus compañeros. Y es quien al momento de sacar las armas y disparar, deja a Christopher como un nene de pecho.

La mejor forma de describir a la serie está condensada en la mencionada presentación. Allí, los protagonistas ejecutan una coreografía ridícula al ritmo de una canción hecha para peludear, pero lo hacen con el más duro de los rostros. Por ahí está el éxito de esta aventura, que aun en la pelea más extraña, en el plan más tonto o en la matanza más exagerada, sabe que hay suficiente humor en lo que hacen como para tomarse el resto en serio.

Peacemaker, con John Cena. Ocho episodios de 40 minutos. En HBO.