Poco antes de subirse a un escenario junto con una orquesta sinfónica y de recibir la ovación de 60.000 personas con su versión de “El triste” –una de las canciones más emblemáticas de su tierra–, el músico mexicano Emmanuel Meme del Real seguía pensando que cantar no era lo suyo.
De igual manera, confiesa, desconocía su capacidad para moverse alocadamente hasta que el director de un videoclip le sugirió que improvisara unos pasos delante de un fondo de color blanco en el comienzo de “Tumbos”, una de sus más recientes composiciones.
“Entraste a aquel lugar / te seguí / no pensé, no pensaste / Nos quedamos toda la noche / bailé, bailaste”, canta Meme en un estribillo de formulación extraña, que suena perfectamente musical y pegadizo.
El tema adelanta la tónica de su primer disco como solista (coproducido con Gustavo Santaolalla), cuya presentación completa y en sociedad tendrá lugar el martes 2 de setiembre en el Grammy Museum de Los Ángeles, California.
Amante de las matemáticas, la física y la electrónica, Meme adhiere al pensamiento probabilístico y lo pone en práctica la mayoría de las veces experimentando en la incertidumbre del cruce entre las melodías más simples y las más intrincadas. En su juventud estudió ingeniería electrónica y sólo la grabación del primer disco de Café Tacvba se le interpuso en el tramo final de la carrera universitaria.
Veinte años antes de que Bad Bunny descubriera la pólvora en su sangre, el pianista y productor musical les extrajo a sus teclados una síntesis de folclore mexicano y rock anglosajón de grupos como The Cure y XTC.
Junto con sus compañeros Rubén Albarrán, Joselo y Enrique Rangel y el productor Gustavo Santaolalla, compuso las canciones de Re (1994), el segundo álbum de la extensa carrera de Café Tacvba, elegido por la revista estadounidense Rolling Stone como el mejor disco de la historia del rock latino.
Su voz es la del rotundo suceso radiofónico conocido como “Eres”. Alguna vez fue DJ Angustias y, además de producir músicas para los tacvbos, trabajó en discos de las mexicanas Julieta Venegas, Natalia Lafourcade y los chilenos Los Bunkers y Los Tres.
El último de los avances de su flamante disco lleva como nombre “Embeces”. En el atrapante videoclip, el músico se ve rodeado de espejos y canta una de las serenatas robóticas con las que se suma a la tradición mariachi. “Es que al final uno encuentra, o no, el medio, en este caso la música, para traducirte en algo”, reflexiona en una charla con su colega, el compositor y productor José Paniagua, en el comienzo de su gira de prensa en esta nueva etapa de su carrera.
“Hola, Fede. ¿Cómo estás? Encantado de charlar contigo”, responde Meme desde las oficinas de un sello discográfico instaladas en Ciudad de México. Lo que sigue transcribe una amable y generosa videollamada con la diaria.
Compusiste tu disco solista en Valle de Bravo. ¿Cómo es ese lugar?
Nos mudamos con mi familia en 2020, unos meses después de que arrancó la pandemia. Es un lugar montañoso, un bosque húmedo que está a dos horas de la Ciudad de México. Nos movimos porque encontramos un lugar donde mis hijos podían seguir cursando la escuela de manera presencial. En ese momento nos hizo la diferencia y apostamos a eso.
¿Fue fácil adaptarse?
Es un lugar muy lindo. Puedes estar en contacto con la naturaleza, que es lo mejor que te puede pasar. De eso recién me doy cuenta ahora. Sin embargo, como toda mi vida viví en la ciudad, de pronto me di cuenta de que había algo que no estaba cuadrando en la vida por allá y dije: “¿Qué es? ¿Por qué no me siento tan cómodo?”. Y claro, era la ciudad lo que sentía que me estaba faltando. Comprendí el protagonismo que toma la ciudad, y una tan efervescente, además, donde pasan muchas cosas buenas y malas, donde habemos tantas personas en un mismo espacio. La ciudad se vuelve tu compañera.
Por ejemplo, ahora mismo está pasando por aquí muy cerca un helicóptero. Todo el tiempo hay un bullicio, pero a su vez todo el tiempo hay actividades interesantes, cosas moviéndose y experiencias que adquieres. Hay mucha tensión, mucha fricción, mucha desigualdad, y todo eso genera reacciones, expresiones creativas que se gestan a partir de toda esa disconformidad, y la ciudad te da la oportunidad de estar cerca de esa movida. Además, a dos pasos, estás en conversación con el vecino, el que vende la fruta, el pan, el herrero y el carpintero.
A su vez, entrar en el ritmo de los ciclos de la naturaleza y de toda la sabiduría que hay en ello: los ciclos de sequía, de lluvias, de humedad, frío, calor; la oscuridad en la noche, las estrellas, las nubes...
Todos esos fenómenos se viven más intensamente en un lugar así, ¿no?
Todo es más transparente e inmediato, y te provoca una conexión o un viaje introspectivo para el cual no estaba preparado. Una cosa es irte unos días a un retiro, donde hay silencio. Esto era diferente. Además, estábamos en medio de la pandemia, donde había una incertidumbre gigantesca y tragedias humanas cercanas. Cuando estás en la ciudad puede hacer mucho frío o calor, puede llover, pero se resuelve fácil porque entras al trabajo, a tu casa y todo está bien. Cuando estás más expuesto, un poco te mueves en relación con lo que decide la naturaleza: llega una tormenta y se corta la luz y no puedes hacer nada, o se cae un árbol y se corta la comunicación, o no puedes pasar por ahí, o se desborda un río.
Foto: Difusión
Me tomó tiempo entender que así eran las cosas y que lo que me estaba pasando era que ahora tenía más tiempo para observar el entorno, la geografía y la naturaleza. Eso te lleva a una cuestión profunda tuya, y ese proceso fue un aprendizaje que, si bien no lo busqué, lo acogí con mucho cariño, y ahora creo que parte del proyecto solista tiene que ver con esta experiencia, sin duda.
¿Qué comentarios has recibido de tu canción “Incomprensible”, uno de los adelantos de tu disco solista?
Hace un rato hice otra entrevista para un medio local gestionado por gente joven, chavitos les decimos acá. Y esta chica me decía: “Escuché tu canción, vi el video, y es como si no la estuvieras narrando tú, sino la propia vida”. Y le dije: “Mira, qué interesante”. Al final de la canción se manifiesta más claramente de qué va, pero esa manera de describirla también me gustó.
La canción es un bolero al que se le van sumando capas y tiene un toque psicodélico. Da la sensación de que se va deformando.
Sin duda. Ahora lo puedo racionalizar. En el momento en que la compuse fue una cuestión instintiva. La canción manifiesta la búsqueda que siempre he tenido: tratar de que lo que ya tiene un lugar claro o que da sentido pueda existir en otro contexto o se combine con otra cuestión. Creo que en mayor o menor medida eso aparece en cada canción, y en el álbum en general.
Además de la composición, lo que a mí me gusta es experimentar con sonoridades. Y con esta canción pensaba: “¿Qué pasaría si siendo un bolero –una canción antigua y tradicional que a nivel cinematográfico se la puede ubicar en la época de oro del cine, con las películas de Tin-Tan, Pedro Infante, Jorge Negrete y María Félix–, de pronto viajara a través del tiempo y el espacio en un disco o una sonda con música de diferentes partes del mundo? ¿Cómo cambiaría esta canción en otro lugar y en otro tiempo, sin saber exactamente hasta dónde podría llegar? ¿Cómo sonaría eso al final del trayecto?”.
La canción tiene una reflexión musical al respecto y también tiene que ver con una cosa existencial o más filosófica, que se manifiesta en el disco de diferentes formas. Entonces esto es como un pequeño gesto a eso.
¿Cómo llegaste a tu primera caja de ritmos o sintetizador?
Mi papá era músico. Desde que yo nací él tocaba en un grupo [Pepe González] con dos de sus hermanos y dos primos. Era una orquesta de bailes que empezó a finales de los 50. Al principio era un divertimento y al final acabó siendo lo que le entusiasmó, lo que lo relacionó con el mundo y le dio sustento a él y a mi familia.
En los años 70 ellos compraron un Minimoog [sintetizador]. Hubo un gran conflicto porque el sindicato de músicos acá decía: “Es que estás tocando una flauta con ese instrumento, estás desplazando a un músico”, y entonces tenían que pagar el desplazamiento de ese músico que estaban reemplazando.
Si bien yo no lo tocaba, tuve mucha relación con ese instrumento. Estaba en los ensayos del grupo y me fijaba en las cuestiones acústicas y demás. Ese fue mi primer acercamiento. Más adelante, en los 80, un día mi papá llegó a la casa con un instrumento, el Yamaha DX7, y me dijo: “Mira, ¿qué te parece?”. Lo probé y me sorprendió. En ese momento yo ya estudiaba piano. Esa fue mi primera interacción real con algún sintetizador.
¿Qué papel ocupa en tus influencias el grupo británico XTC?
Es una de las bandas en las que el grupo Café Tacvba está como... no quiero decir que sustentado, está vinculado musicalmente. Escuchamos mucho algunos de sus discos en nuestros inicios. Nos reunieron a nivel emocional, a nivel también de amistad, en una conversación que derivó después en algunas otras cosas. Sin dudas es una de las influencias o de las referencias que musicalmente, para el grupo y también en lo individual, han existido y existirán siempre.
¿Tu vínculo con la música fue cambiando con los años, con el trabajo?
Sí, yo creo que uno podría pensar en la música como el fuego que está encendido, que no se ha apagado y que va calentando algo que está cerca o algo que se aleja. A veces quema o incendia, y a partir de eso renace algo, pero ese fuego está ahí. Yo he estado cerca de ese fuego de diferentes formas. Pienso en lo que estoy haciendo y, sin duda, está muy relacionado con eso.
Siempre escuché música en mi casa. Estudié ingeniería electrónica, pero acabé dedicándome a la música. Entonces sí, tengo una relación ahora profesional, artística, pero también de disfrute, pasional. Sigue siendo un ingrediente de la vida. No me puedo imaginar sin ella.
Hace unos años habías mostrado algunas canciones sueltas en tu formato solista. Lo de esta vez parece ir mucho más en serio. Da la sensación de que abriste una puerta nueva como cantante y protagonista de un proyecto musical que te liga a una gran tradición de artistas mexicanos. Muchas veces resulta difícil volver atrás después de ese tipo de decisiones. ¿Cómo vivís esa dimensión del asunto?
No lo había visto así. Sin dudas, este proyecto tiene que ver con las canciones que fueron capaces de persuadirme para que yo tomara la responsabilidad de hacer esta aventura en solitario. Creo que las canciones se nutren de la expresión vocal, de cómo están cantadas, y de cómo en este momento resultó ser así. No pensé: “Ahora tengo que cantar de tal forma para poder salir a defender unas canciones”. Todo lo contrario.
Foto: Difusión
Sin duda hay una intención desde hace años, no tan consciente, y una ilusión, tal vez. He tomado clases con la misma maestra desde hace ya casi dos décadas, pero recién ahora he incorporado una suerte de conciencia de la forma y de la capacidad del instrumento del que puedo hacer uso para interpretar, para provocar y para traducir, no solamente lo que en una composición ya puede existir. La combinación de esas cosas es la que está empujándome a estar aquí. Creo, como dices, que se abrió una puerta hacia un camino que no se ve claro, que es desconocido, pero cada tramo que avanzo me está mostrando algo que es muy agradable y muy placentero, y que es novedoso, renovador, me revitaliza. Y, sin duda, creo que es difícil dar un paso atrás.
En este momento siento que esta puerta va a abrir más puertas y que, a la vez de este camino, tengo otro camino que es el del grupo y el del vínculo que me ha dado con el público, y que nos ha dado a nosotros esa relación fraternal tan profunda. Por eso también espero poder compartir esta experiencia personal cuando el grupo esté activo de nuevo.
Esto nunca me había pasado en mi vida, y es extremadamente excitante como para renunciar a ello.
¿Quién dirías, tal vez no literalmente, que te enseñó a escribir los textos de tus canciones? ¿De dónde viene tu pluma?
Las composiciones más o menos tienen que ver con traducciones de algo muy personal, emocional, existencial. Cuando obtengo la capacidad de traducir alguna reflexión al respecto es cuando mejor me puedo expresar.
Este disco tiene algo que me dejó muy claro: la libertad de poder sentirme de alguna manera emocionado, triste, alegre, dudoso de algo, enamorado, y poderlo decir así nada más, sin buscarle mucha explicación o mucha ornamentación alrededor. Cuando puedo decir algo así, que para mí es importante, asociado a una melodía y rítmicamente seductor para mí, es el momento donde sé que soy bien traducido y me puedo conectar con lo que está ahí.
Si lo llevo a términos visuales, a un video o algunas cuestiones gráficas, estoy probando y sigue dentro de esa misma conexión. A veces tienen sentido, a veces no, y a veces lo que se ve queda más cercano o resuena mejor hacia afuera o no, pero estoy en esa búsqueda.
Tratando de responder tu pregunta, me doy cuenta de que es algo que tal vez venía practicando desde siempre, y ahora de manera más libre pero en otra magnitud, porque con el grupo yo hago esto pero en una cuarta parte, y es más lo que yo puedo sumar a las otras tres cuartas partes. Lo de este proyecto es otro tipo de expresión. Es como tratar de resolver un acertijo desde lo individual, y eso me da la posibilidad de buscar o de rebotar en otros lugares y de rascar tal vez en espacios donde no había llegado.
¿Cómo recordás el primer concierto de Café Tacvba en Solymar en 1997?
Lo recuerdo claramente. Estuvimos varios días en Montevideo haciendo promoción. Tenía las tardes libres e iba a pasear por la ciudad y descubrir, de alguna manera, la genética de Uruguay, que siempre me ha dado curiosidad, siendo un lugar tan pequeño que ha dado tanto a la música, al fútbol y la literatura. Tengo grandes amigas y amigos uruguayos. Entonces fue un bonito comienzo.
Recuerdo que amanecimos e hicimos una recorrida por la playa. Fue como tocar, para después bajar y conversar con los asistentes, con los que nos hicimos amigos, y era como que nosotros habíamos ido a ver ese concierto. No hubo una diferenciación entre el artista o el público: fue un happening, como dicen en inglés, una especie de ceremonia sin haberla planeado.