Cine y paternidad: un campo minado. Cuando uno es cinéfilo, tiende a inculcar en sus hijos la misma pasión por las películas, series, etcétera. Pero, claro, a medida que crecen y desarrollan su propio gusto, pronto uno se encuentra en una situación en la que no siempre es el que propone y saca de la manga aquel clásico que disfrutó cuando era niño –Los Goonies, mi ancho de espadas–, sino que tiene que aceptar las propuestas de los hijos, que van desarrollando su propio criterio de manera acorde a los tiempos que corren. No pocas veces resulta en una hora y media de personajes espantosos en tramas recontra trilladas y animaciones baratas. “¡Papá, vamos a ver esta de barbies submarinas y ponys multicolor!” puede ser la terrorífica propuesta, y allá va uno, entregado, y queda aturdido por el despliegue catódico que perfora directamente su cerebro.

Imaginarán que viene un pero. Ocurre que a veces la recomendación filial –de mi hija menor, en este caso– funciona perfecto y nos propone mirar algo que normalmente no hubiéramos visto motu proprio. Es el caso de Las Guerreras K-Pop, que tan sólo por el título –y mi prejuicio, claro– no hubiera mirado jamás, y me hubiera perdido de algo muy muy divertido.

Las del título son Huntr/x, un trío de cantantes coreanas –de pop, obviamente– integrado por Rumi, Mira y Zoey, quienes conforman la banda más popular del mundo. Pero su condición de banda musical esconde la verdadera función del trío: son cazadoras de demonios y la razón primordial por la que la Tierra no haya sido subyugada. Resulta que desde tiempos remotos existen las cazadoras de demonios –siempre de a tres– y son ellas las que con sus voces alejan a los malvados seres del ultramundo. Por eso, es lógico que sean cantantes y, además, muy populares. Aparte de sus voces, cuentan con diferente tipo de armas cortantes y excelentes talentos para las artes marciales.

Este statu quo se rompe cuando desde el averno surge un plan para derrocar a las cazadoras/cantantes: armar una boy band pop (integrada por demonios, obviamente) para robarles popularidad. Se desencadenará, entonces, una guerra musical entre ambas bandas, que también tendrá enfrentamientos físicos, siempre disimulados, porque la gente de a pie no sabe de la existencia ni de demonios ni de sus cazadoras. Para más inri, habrá un romance (algo platónico, pero romance al fin) a lo Romeo y Julieta entre Rumi, la principal de las cazadoras, y Jinu, el trágico demonio promotor de la idea de la boy band.

Para que este planteo funcione –si se lo mira con seriedad, resulta ridículo–, está aderezado con un humor tremendo y con un uso de la animación que juega no pocas veces con los recursos absurdos del animé (las expresiones de los personajes se tornan exageradas o caricaturescas de repente). Las estupendas escenas de acción, que están al nivel de las de Spider Verse y la reciente entrega de las Tortugas Ninja, no dan respiro. Además, hay una trepidante banda sonora tremendamente pegadiza, con canciones que se tornan inolvidables inmediatamente después de ser escuchadas (“oh, mi sodapop, eres mi sodapop”).

Estamos, sin lugar a dudas, frente a un exitazo que se ha transformado en un tsunami arrollador que sorprendió a la propia Netflix y la obligó a preparar una inesperada secuela. Se vienen un verdadero universo alrededor de las Guerreras K-Pop y una posible remake en live-action, un musical para Broadway e incluso una serie animada que oficiará de precuela.

Antes de que nos desborde por tantos lados que terminemos hartos, Las Guerreras K-Pop es una afortunada propuesta original, no una secuela, remake ni nada de esos refritos que tanto abundan hoy. Es muy divertida, dueña de una animación excelente y con una banda sonora memorable (aunque uno no lo quiera). Hay que aprovechar la recomendación de la hija y disfrutarla.

Las Guerreras K-Pop. 95 minutos. En Netflix.