El asesinato de Rob Reiner sobre finales de 2025, a manos de su hijo, nos dejó a todos atónitos y tristes: figura clave del cine y la televisión estadounidense, fue actor, director, productor, guionista y activista político. Saltó a la fama en los años 1970 con el personaje Michael Meathead Stivic en All in the Family, papel con el que ganó dos premios Emmy, para más tarde consolidarse como uno de los directores más versátiles y exitosos de Hollywood, con una filmografía que va desde la comedia romántica Cuando Harry conoció a Sally (plataforma de lanzamiento de Meg Ryan y Billy Crystal) y el brillante drama judicial Cuestión de honor (Tom Cruise, Jack Nicholson y Demi Moore) hasta el thriller psicológico Misery (Katy Bates, James Caan), el drama juvenil Cuenta conmigo (basada en la novela de Stephen King, con River Phoenix y Richard Dreyfuss) y la sátira musical This Is Spinal Tap.

Cuando se estrenó This Is Spinal Tap, en 1984, quizá ni siquiera Reiner sabía a ciencia cierta que estaba creando un nuevo género audiovisual, el del mockumentary o “falso documental”, es decir, el formato que imita la forma del documental pero con una historia ficcionada. La simulación de entrevistas, el uso cámara en mano y otros recursos superrealistas contribuyen –como en la serie The Office– a generar risas y, en algún caso, cierta crítica social.

A finales de 2025 se estrenó la secuela de aquella película fundacional. Spinal Tap II: el final continúa retoma la historia de la mítica y desastrosa banda británica de heavy metal Spinal Tap 40 años después de los hechos ocurridos en la original.

Creada, dirigida y protagonizada nuevamente por Reiner y por los reyes de la improvisación Michael McKean, Harry Shearer y Christopher Guest, la película se centra en un forzado reencuentro de la banda: sus miembros, ya septuagenarios, distanciados entre sí y con carreras irregulares, son empujados por su exmánager Ian Faith a volver a tocar juntos para cumplir con un último contrato pendiente y cerrar definitivamente su historia en la música. Ese compromiso se transformará en la excusa para intentar el gran regreso o, por lo menos, algo digno.

El relato se vuelve a sostener en el mockumentary para seguir los caóticos ensayos, los intocables egos de los músicos, sus absurdas peleas y erráticas decisiones artísticas que evidencian por qué el éxito esquivó a la banda Spinal Tap. El reencuentro será el disparador de viejas rivalidades, complicadas por la absoluta torpeza de la banda para adaptarse al presente. Un mánager incompetente, giras mal armadas, tecnología incomprensible para sus desactualizados conocimientos y conflictos con la corrección política de la industria musical actual suman al combo caótico. Mientras componen su nuevo disco y organizan el esperado show final, los Spinal Tap lidian con un pasado que parece siempre querer volver, mientras la línea entre la épica de las estrellas de rock y el ridículo se vuelve cada vez más estrecha.

La película está repleta de un humor absurdo que suele hilar fino. Una tiene que estar bien despierta para entender los gags y el sarcasmo. La película se ríe de los berretines de la fama, del empecinamiento comercial en sostener bandas por lo que alguna vez fueron y ya no son, de la resistencia a la vejez, de la notoriedad tardía y de la obsesión de la industria por preservar el pasado como si fuera algo intocable, en una especie de culto exacerbado al legado que idealiza la nostalgia y que impide a las viejas estrellas (o las que no lo fueron tanto) retirarse con dignidad.

Spinal Tap II: el final continúa no se siente como un refrito más, sino que es genuinamente divertida, funciona como un tierno homenaje a la película de culto original e incluye brillantes pasajes con estrellas reales como Paul McCartney, Lars Ulrich (de Metallica) y Elton John. De algún modo, también explora profundos y oscuros lugares humanos como la mezquindad, el egoísmo, los celos, la inseguridad, el miedo a ser olvidados y la constante necesidad de trascender. Su crítica no se dirige hacia la banda ficticia, sino hacia un aparato cultural siniestro que no deja morir en paz a los artistas aun cuando ya no tienen mucho más para ofrecer.

This is Spinal Tap II: The End Continues. 85 minutos. En Google Play.