Lo más sorprendente de Nadie quiere esto (Nobody Wants This) no es la química entre sus protagonistas ni el buen manejo del humor, sino que apenas hayan pasado 13 meses entre el estreno de la primera temporada y el de la segunda. En el último tramo de 2025 llegó una segunda tanda de diez episodios (podrían ser más, pero a esta altura es un montón) de la comedia romántica protagonizada por Kristen Bell y Adam Brody que había debutado en Netflix en 2024.

Todo comenzó, 20 episodios atrás, cuando Joanne (Bell), la conductora de podcast sobre sexo, conocía a Noah (Brody) en una reunión social. A partir de ese momento, y siguiendo los clichés de la comedia romántica, comenzaba una relación entre dos personas bastante distintas (¿acaso no lo somos todas?), con hitos esperables en el camino compartido, desde las relaciones sexuales hasta conocer a los amigos de la otra parte y finalmente sus familias.

Aquí no hay grandes giros respecto del género, como aquel ida y vuelta que por algo pasó a la historia de Cuando Harry conoció a Sally. La calidad de los creadores (y del notable elenco) está en hacerte sentir como que estás viendo esta historia por primera vez, cuando seguramente la viste desde que se popularizaron los videoclubes. O menos, dependiendo de tu edad.

Algo de único tiene que tener un producto audiovisual, más allá de los ladrillos que lo componen, y en este caso desde la primera temporada la religión estuvo en el medio. Noah no solamente es un rabino, sino que está haciendo carrera y para eso sería fundamental casarse con una mujer judía; Joanne está bastante alejada de cualquier religión organizada, así que el famoso “¿lo harán o no lo harán?” (will they or won’t they?) se centra en la pregunta: “¿Se convertirá Joanne o no?”.

La segunda temporada es la consecuencia lógica (y narrativa) de la primera. La pareja continúa unida, pero los mojones en el camino se van renovando, como en cualquier experiencia compartida. Los personajes secundarios, empezando por la hermana de ella (Justine Lupe como Morgan) y el hermano de él (Timothy Simons como Sasha), tienen tiempo para crecer y permitir subtramas fuera de lo estrictamente relacional, con nuevos personajes que se suman y aportan interacciones refrescantes (Arian Moayed de Succession como el doctor Andy es el ejemplo perfecto).

El humor se mantiene como el gran atractivo de la serie incluso para aquellos que le tengan fobia a lo telenovelesco (vaya uno a saber por qué). La dupla protagónica lo da todo, pero es Kristen Bell, por su capacidad para la comedia (verbal y no verbal) y por el rol en la pareja, quien se destaca. Cada uno de los actores y las actrices que se cruzan con ellos hacen todo lo posible para que la risa no falte.

Si algo se le puede achacar a Nadie quiere esto es que no ha sabido renovar su conflicto principal y eso continúa dejando a Joanne como la gran responsable de que la relación siga (o no) a flote, lo cual no es justo para su personaje en la búsqueda de un equilibrio narrativo. La serie tiene a la espiritualidad como tema, pero siempre termina volviendo al judaísmo como gran ejemplo, en otra forma típica de mostrar la “experiencia judía” de Hollywood. Eso incluye a la madre controladora de la culpa ajena que interpreta Tovah Feldshuh, que sigue brillando pero se sigue pareciendo demasiado a otros personajes similares, como la madre de Long Story Short.

Con una tercera temporada confirmada (debería llegar este año si siguen haciendo las cosas bien), es de esperar que continúe siendo un entretenimiento superior a la media de las “nuevas comedias”, que su pequeño universo siga creciendo y que finalmente se corte de un espadazo el nudo gordiano sobre el que gira todo. Veremos si los guionistas son capaces de ofrecer una resolución más allá de lo obvio.

Nadie quiere esto. Dos temporadas de diez episodios cada una. En Netflix.