¿Por qué adoramos los dramas médicos y por qué son tan exitosos? La clave es sencilla: tratan temas universales y cuestiones profundas como la muerte, los dilemas morales, la salud mental, la pérdida, el aislamiento y el dolor físico, a la vez que abren debates sociales y legales (como la eutanasia o el aborto) y funcionan como educación en salud.

Este tipo de series, con ER, sala de urgencias como la más emblemática del género y con buenos exponentes como Grey’s Anathomy y Dr. House, crea una conexión intensa e instantánea con el público porque nos enfrenta a situaciones posibles y reconocibles sin perder entretenimiento. Si a todo eso se le suma un ritmo vertiginoso y la adrenalina constante de una sala de emergencias y la denuncia social del perjuicio sobre las políticas públicas en salud, tendremos como resultado la brillante The Pitt.

La serie creada por R Scott Gemmill (quien fue parte de ER) arrasó en las últimas dos ediciones de los premios Emmy: ganó en las categorías mejor serie dramática, mejor actor en drama (Noah Wyle) y mejor actriz de reparto en drama (Katherine LaNasa), además de recibir muchísimas nominaciones (alrededor de 50) y otras distinciones de críticos y asociaciones de prensa. Aunque no se acerca a los números del fenómeno de ER, la serie médica más premiada de la historia, The Pitt marca un antes y un después en el subgénero porque combina varios elementos difíciles de reunir: expone la dinámica de las agotadoras guardias hospitalarias, retrata el riesgo de cada decisión técnica y denuncia el poco cuidado a la salud mental del personal médico.

Hay dos puntos que hacen a The Pitt única: la narración en tiempo real de cámara en mano intensifica el sentido de urgencia, y sus personajes son construidos como humanos falibles, en lugar de semidioses. Vemos a médicos y enfermeros que intuyen, aciertan y salvan vidas, pero que también cargan con culpas, angustias y conflictos íntimos que atraviesan su rol profesional.

En esta segunda temporada volvemos a vivir el agotador turno de la emergencia del Pittsburgh Trauma Medical Center de Pennsylvania, un hospital modelo pero saturado de pacientes y exigencias inalcanzables. Nuestro antihéroe vuelve a ser Michael Robby Rabinavitch (Wyle), líder firme y emocional de este grupo entregado a ganarle al tiempo, pero tensionado por la urgencia constante y las fracturas personales. Aunque la estructura hospitalaria tiene jerarquías definidas, la presión extrema diluye formalidades y los obliga a trabajar juntos y sin egos.

La historia continúa diez meses después del final de la primera temporada y está ambientada durante el fin de semana del 4 de julio, uno de los más convulsionados para las urgencias por las típicas lesiones de festejos (quemaduras por fuegos artificiales, accidentes, intoxicaciones), que coincide con el último turno de Robby antes de un receso de tres meses. Con su lenguaje cinematográfico vertiginoso e hiperrealista ya instalado, los nuevos episodios refuerzan la sensación de inmediatez y desgaste físico, mental y emocional que atraviesan sus protagonistas y explora, con su clásico humor negro, el drama de los pacientes hipocondríacos, el peligroso avance de la medicina alternativa, la violencia intrafamiliar, las adicciones, el racismo, el abandono, la discapacidad y la débil seguridad social y las deudas por atención médica en Estados Unidos.

Esta segunda temporada de The Pitt roza la excelencia técnica. Llena de tensión ininterrumpida, profundiza el desarrollo de las microhistorias y renueva la apuesta por la claridad y la inteligencia, lejos de los grandes efectos y la épica desmedida. Su eficacia se basa en temporadas largas, rodajes consecutivos y concatenados y un formato clásico. Ya convertida en un fenómeno de la cultura pop, nos recuerda a la época dorada de la televisión.

The Pitt, temporada 2. 15 capítulos de aproximadamente 45 minutos. En HBO.