Pausa y fogueo, de Alfonsina

Desde que la cantautora y guitarrista Alfonsina hizo su debut discográfico, allá por el ya lejano 2014, cada uno de sus siguientes álbumes implicó un quiebre con el anterior, ya sea por el enfoque de la producción –la estética, el sonido, la mezcla y afines– o por la música per se –la composición, la interpretación, ejecución, etcétera–, al punto de que cuando lanzó Pactos (2017), su segundo disco, este parecía ser de una artista distinta.(https://ladiaria.com.uy/cultura/articulo/2019/4/esa-sensibilidad-alfonsina-cierra-la-gira-de-pactos-en-la-trastienda/). En 2024 lanzó La terrible fe, con el que otra vez pateó el tablero y se despachó con canciones más volcadas al electropop de pulso bailable.

Así las cosas, el 20 de marzo en plataformas digitales vio la luz Pausa y fogueo –editado por el sello Bizarro–, el cuarto disco de Alfonsina. Y, claro está, es un giro copernicano con lo inmediatamente anterior, porque en esencia es un disco de estética sonora acústica, y con varios invitados, que en algunos casos la acompañan para reversionar sus canciones.

“E que na verdade, estou cansado, / não tem como explicar o sentimento, / queria menos foto e mais momento”, entona nada menos que el cantautor brasileño Paulinho Moska, al arrancar el disco, con una versión acústica de “Perder algo de tiempo” (original del disco anterior de Alfonsina, que grabó junto con Juan Campodónico). Antes de que se deslice la primera nota por la guitarra acústica se escucha el fluir del mar, y ese mero detalle desprende la semiosis del paisaje natural y la idea de volver a las raíces, ya sean las musicales como las de las personas, eso de hacer una pausa en este mundo que nos corre. En esta versión, tan distinta a la anterior, las voces de Moska y Alfonsina se entrelazan, suman fuerzas e impulsan la letra mucho más alto.

La pausa es el leitmotiv del disco. Tan es así que, intercaladas entre las canciones, incluye dos pequeños soliloquios –a cargo de Alfonsina, obvio– titulados “Pausa I” y “Pausa II”, que la cantante recita sobre el canto de los pájaros como paisaje sonoro de fondo (reforzando de forma denotada la atmósfera de la naturaleza).“A menudo cuesta entender el rol de la pausa, / el silencio es una madre que ríe, / crecemos en su regazo”, dice en la primera “Pausa”.

Los pájaros siguen de fondo cuando arranca “Casas unidas”, en una versión más calma y acústica, con guitarras que por momentos disparan un arreglo milonguero que nos abraza por ambos lados del estéreo. La original es del disco Pactos, pero esta versión es dueña de arreglos tan distintos que parece otra, sobre todo por las melodías de chelo y la voz, siempre cálida, de Laura Canoura.

“Los contratos del pasado antes me convencían, / ahora sé que no”, canta Alfonsina en “Ruido” –grabada junto con Nicolás Ibarburu–, una de las mejores canciones del disco, llena de pequeños detalles guitarreros esparcidos por aquí y por allá, además de los breves arreglos corales. En el verso “y ganarle un instante a los relojes que antes me corrían” se termina de cerrar la obsesión por la pausa que atraviesa todo el disco, pero sin olvidar el fogueo, sea lo que sea que signifique en este contexto.

Foto del artículo 'Nuevo disco de Alfonsina, y el regreso de Mónica Navarro, luego de siete años de silencio'

El enojo del gusto, de Mónica Navarro

Hace siete años Mónica Navarro editó Maldigo, un álbum de versiones en clave rock de canciones de música popular y folclore latinoamericano. Hace pocos días, luego de siete años de silencio discográfico, Navarro lanzó El enojo del gusto, su sexto disco como solista. A diferencia del anterior, se trata de un álbum con ocho canciones originales, compuestas por Navarro y Diego Varela (que también se encargó del bajo, la guitarra, los arreglos y de la producción, en esto último, junto con la cantante), pero sigue la misma línea rockera de Maldigo.

El álbum arranca con “Cueros”, una canción tranquila, que se va construyendo a base de pequeños arreglos que funcionan como destellos atmosféricos. “Desarmarse, deshacerse, / construir, fortalecerse, / quitarle drama al enredo, / atravesarlo con miedo”, canta Navarro. En “Mi casa”, una canción de pulso rock-pop más hecha y derecha, con solo expresivo de guitarra eléctrica incluido –algo que cada vez hace más falta–, arropada por las guitarras, la cantante subraya que “no es solamente calma / lo que enciende la luz”.

“A veces”, otra canción tranquila del disco, es una especie de balada pop con tintes folk. En ella resalta la producción, por el sonido brilloso y abrazador de las guitarras acústicas, y los arreglos de eléctrica terminan de pintar el paisaje para que la cantante deslice que a veces su esperanza se traslada a lugares oscuros, pero entre los vaivenes de la melodía y la letra se vislumbra un rayito de luz. La calma de “A veces” choca de lleno con la que sigue, “Pucarara”, con su riff de guitarra podrida y el aporreo denso y seco de la batería. Fue el primer corte de difusión del disco, con videoclip y todo, en el que Navarro desafía a la serpiente que le da el título: “Pucarara, muéstrame tus dientes”.

Pero la canción central del disco es “Hormiga en fila”, que aparece en dos versiones, etiquetadas entre paréntesis como “la escena” y “el origen”. En la primera, la guitarra eléctrica arma una línea serpenteante y misteriosa y Navarro canta que es “una insecta atrapada”; parece tener un destino fatal: “Hormiga en fila del tiempo, / la historia me habrá borrado”. La primera versión mantiene todo el tiempo un ritmo agazapado, pero la segunda versión, que está separada de la primera por cuatro canciones, estalla desde el arranque, más rockera, como una fiera que pasa del acecho al ataque. Mantiene la misma letra, pero la música la tiñe de bronca, y por algo en la tapa del disco Navarro aparece, hacha en mano, golpeando una superficie con expresión de enojo.

Pausa y fogueo, de Alfonsina. Bizarro, 2026. En plataformas. El enojo del gusto, de Mónica Navarro. 2026. En plataformas.