La protagonista de Vladimir ha sido profesora de escritura creativa durante 30 años en la universidad. Lleva una vida cómoda en una hermosa casa de decoración maximalista, piscina y huerta, junto a su esposo y colega en la misma universidad, con quien tiene una hija ya adulta. Ha entrado en la mediana edad con una reputación como escritora y como buena docente, siendo su curso sobre mujeres en la literatura estadounidense el más demandado del semestre. Pero su vida está a punto de entrar en un punto de inflexión: a la demanda que podría derivar en la destitución de su esposo tras haber mantenido relaciones íntimas con sus entonces alumnas, se suma la deliciosa tentación de un colega más joven, Vladimir, quien acaba de ingresar a la cátedra y con quien fluye una afinidad que detona las fantasías más jugadas de la experimentada profesora.
Todo esto, que podría ser el caldo de cultivo para un buen drama sobre la compleja arquitectura vital de una mujer entrando a la mediana edad, se presenta por el contrario como una divertidísima comedia no exenta de jugosos apuntes sobre género, creación literaria y choque intergeneracional en el aula. Espacio que, en tiempos de cancelación y neopuritanismo, pone en riesgo la fuente laboral de la protagonista cuando parece interpretar de un modo incomprensible para las nuevas sensibilidades un pasaje de contenido erótico de Edith Wharton, o cuando su marido le palmea un poco más allá de la espalda baja en el estacionamiento público. Uno de sus objetores, por ejemplo, se define como ginesexual, es decir, alguien que siente afinidad por lo femenino en personas con o sin miembro viril, categoría que, en tono de comedia, ilustra la complejidad que, para las viejas generaciones, supone lidiar con la diversidad en términos de autopercepción de género.
No obstante, sí existe un punto de contacto o un puente, y esto ocurre cuando la docente decide abrirse en canal en el aula para evacuar las dudas de los estudiantes sobre su pensamiento y vida privada. Ocurre en el momento exacto en el que, al confesar el acuerdo abierto de su matrimonio, un estudiante lo relaciona conceptualmente con el poliamor, abriendo así el flujo de comunicación.
Nada de este clima convulso perturba demasiado a nuestra heroína, que ha encontrado en la novedad de su apetecible colega, un verdadero objeto de deseo. Joven promesa literaria, con horas de gimnasio cincelando sus músculos y un matrimonio un poco más complicado de lo habitual tras la llegada de su bebé, Vladimir enciende todos los sentidos de la protagonista, quien ha caído sin remedio en la trampa de Eros, fantaseando despierta, y no despierta también, con su nuevo colega (y, valga el detalle, canalizando esa experiencia en un nuevo libro).
Las irrupciones eróticas de estos pensamientos asaltan a su víctima en las más diversas situaciones, y es graciosa la gestualidad de Rachel Weisz (The Fountain) encarando a esa mujer que se derrite ante la presencia del nuevo profesor y se pierde en pensamientos rumiantes ante los más mínimos detalles, como por ejemplo, la decodificación de un emoji en un intercambio de Whatsapp. Narradora poco confiable (capaz de declarar que su ensalada fue devorada con éxito en una reunión, mientras la cámara se detiene en la presentación intacta de la preparación), sus repentinos apuntes sobre la trama mirando a la cámara al estilo de la protagonista de Fleabag, tensionando la diégesis o mejor dicho, vulnerando la cuarta pared, enriquecen el perfil de comedia y hacen del personaje uno con la suficiente complejidad y encanto como para escapar del estereotipo, cuando no del destierro, de los personajes femeninos maduros e interesantes en la pantalla, algo que el streaming parece estar revirtiendo en su necesidad insaciable de cautivar la mayor cantidad y pluralidad de públicos posible.
Que Weisz oficie como productora ejecutiva de la serie, siguiendo así el camino de otras actrices volcadas a la producción a la hora de llevar proyectos transgresores o medianamente interesantes a la pantalla, colabora en ese sentido.
Cuestión aparte, y si como de una clase de literatura se tratara, esta nota debería haber comenzado su análisis por el título, dados los evidentes puntos de contacto entre la serie y el clásico de Nabokov, Lolita. Hay, en ese sentido, una suerte de relación especular o invertida, dado que en la serie es una mujer madura la que desea a un varón joven, dando vuelta así las cosas respecto a la novela. Cierto es que, si bien esto no supone la incomodidad moral que sí puede propiciar hoy, para algunos, la lectura de Lolita, la laxitud moral transita toda la serie punzando al espectador en sus convicciones o tolerancias.
La relación con el universo Nabokov no se agota allí, y reverbera en ese profesor veterano que tiene relaciones inapropiadas con sus alumnas (mayores que Lolita, claro, pero igualmente implicadas en una relación asimétrica de poder), en la nacionalidad rusa del protagonista y hasta en su nombre de pila. Lo mismo en esa ambigüedad moral que vertebra la obra y en ese narrador poco confiable que, hacia el final de la serie, dinamita las expectativas del espectador con algún apunte de género vinculado a la creación literaria.
Ocho capítulos entonces, que bucean con gracia e ironía en la experiencia del deseo, su sublimación literaria y sus fronteras problemáticas en tiempos de literalidad y cancelación.
Vladimir. Ocho capítulos de media hora. En Netflix.