Creada por Steven Knight, la serie _Peaky Blinders: fue un absoluto éxito televisivo durante sus seis temporadas (2013 - 2022) y se consagró como un triunfo narrativo y estético. En lo primero, por su absoluta eficacia a la hora de combinar elementos ficcionales con aspectos históricos de las primeras décadas del siglo XX.
Así, la pandilla de Birmingham compuesta por una familia de origen gitano, conocida por usar hojas de afeitar escondidas en sus gorras para cegar a sus enemigos, cobra importancia en 1919. Ordena el juego ilegal en la ciudad, crece durante la aplicación de la Ley Seca en Estados Unidos, usa a su favor la emigración de rusos tras la revolución soviética, enfrenta (e integra) a mafias italianas y judías, salta a la vida política para “defender” los derechos de los trabajadores portuarios mientras se hacen con el control de sus sindicatos, se involucra en la lucha independentista de Irlanda del Norte y es testigo del ascenso del fascismo, entre muchas otras cosas.
A nivel estético la serie resalta la ropa, los cortes de pelo y la música de Nick Cave, que sorprende al combinar tan bien con escenarios de la década de 1920 y más allá. Además, no es menor la manera de fumar de Cillian Murphy y su mirada perdida, entre melancólica y brutalmente salvaje. A partir de la serie existe un estilo Peaky Blinders que quizá haya llegado para quedarse, como reafirma la película Peaky Blinders: El hombre inmortal, que oficia de cierre para la saga de Tommy Shelby (Murphy) y su familia.
Empecemos por decir que familia queda muy poca. Tommy llega a este punto –1940, plena Segunda Guerra Mundial– bastante desequilibrado, aislado del mundo y preso de visiones cargadas de culpa. Porque él es el Hombre Inmortal del título, casi el último en pie, resultado de una interminable lucha por el poder que lo ha quemado por completo. De su núcleo duro solo queda su hermana Aida (Sophie Rundle), pero la evita por completo y pasa sus días en una casona semiderruida escribiendo sus memorias. Pero una vez más, Steven Knight –el creador de estas criaturas– hace que el diablo meta la cola o, mejor dicho, que el incidente histórico real encienda la mecha.
En esta oportunidad, lo que se cruzará en el camino de Tommy Shelby es la Operación Bernhard, con la que los nazis buscaron destruir la economía británica y planearon inundar el mercado del archipiélago con millones de billetes falsos (como registró en 2007 el drama de campo de concentración Los falsificadores, ganador del Oscar). La clave aquí es que, para la distribución de esos billetes en Birmingham, los nazis –representados por un inglés traidor a cargo de nada menos que Tim Roth– contactan al actual líder de los Peaky Blinders, el hijo bastardo de Tommy, Duke (Barry Keoghan). Obligado por las circunstancias y empujado por los fantasmas de todos los que ha dejado atrás, Tommy no tendrá otra opción más que volver una última vez a la acción.
El resultado es disfrutable, aunque pueda generar sensaciones encontradas. Un poco en la senda de su sexta y última temporada, todo parece estar al mínimo en cuanto a trama y desarrollo, y no ayuda la ausencia del elenco fuerte, principal, por mucho que Cillian esté, como siempre, magnífico. La elección de una película de poco más de dos horas en lugar de la habitual serie de seis episodios tiene también consecuencias, porque a pesar de que no se siente que haya una trama tremendamente compleja, pasan cosas importantes que no se construyen demasiado.
Nada que afecte profundamente, es cierto, pero con todo orquestado tan rápido hay personajes que se resienten, en particular los nuevos. Porque allí donde Tommy o Aida tienen más de una década de relato sobre sus espaldas, tanto Duke como Kaulo (Rebecca Ferguson, nueva aliada/interés amoroso/quién sabe qué para el protagonista) tienen poco para mostrar, incluso cuando –como pasa con Duke– se tornan francos coprotagonistas. Mejor le va a Roth, en modo full villano, así sea por el interminable carisma del actor.
Acaso lo que mejor funciona –en lo que es una constante en esta serie y en todas las producciones escritas por Knight– es el entramado con lo histórico. Si en la realidad la Operación Bernhard fue desarticulada por los ingleses de una forma tan simple como poco épica (retiraron del mercado todos los billetes de cinco libras, que era el único monto que habían falsificado los nazis), aquí en la película se necesita algo mucho más peligroso para triunfar. Otro punto alto habitual es la generación de momentos espectaculares, y aquí hay que contar el regreso de Tommy al Garrison y el primer enfrentamiento en la morgue con Roth, siempre enmarcados en la estética de la serie y su impresionante banda sonora.
Quien siguió la serie debería completar su andadura con El hombre inmortal, así sea para ver a Cillian Murphy en el personaje que quedará asociado a su carrera para toda la vida, pero es verdad que lo que debería cerrar con un bang, cierra con un pef. Si uno quiere disfrutar de lo mejor de los Peaky Blinders, la serie –las primeras temporadas, sobre todo– son una opción preferible.
Peaky Blinders: El hombre inmortal. 112 minutos. En Netflix.