Laura (cosmetóloga): “Vivo en Barcelona. Cuando vengo en verano siempre voy a un tablado para recordar la cantidad de cosas lindas que tiene haberse ido”.
Fabiola (maratonista): “Las murgas son propaganda de izquierda. Me encantaría que haya una murga de derecha que defienda las bondades del libre mercado, la meritocracia y los valores católicos. Para mí, sería un batacazo”.
Jenny (vendedora a comisión): “Me gustan todos los conjuntos, menos los lubolos. Pero ojo, no soy racista. De hecho, tengo un amigo que toca el tambor”.
Sergio (internauta): “Desde hace años sigo a Zíngaros porque estoy seguro de que en algún momento la intelectualidad va a revalorizar el parodismo, pero se está demorando mucho la cosa. Sufro bastante”.
Mauro (influencer): “Quise ir a ver la murga antisemita pero me confundí de día y terminé fumándome a unos humoristas. Supongo que me lo merezco por nazi”.
Lucas (candidato a alcalde): “Por suerte el carnaval está saliendo de Montevideo y en el interior hay murgas que hacen exactamente lo mismo que las de Montevideo, pero allá”.
Marcos (cocinero): “Yo soy más del carnaval de antes. Los corsos barriales me encantaban, pero se dejaron de hacer más o menos por la misma época en que me mudé a Pocitos”.
Gabriel (profesor de Literatura): “Vi un espectáculo sobre la realidad de los hogares del Inisa que me conmovió muchísimo. Me erizó la piel, fue como una puñalada en el pecho. Por suerte en los tablados venden alcohol”.
Ignacio (periodista deportivo partidario): “Me sé de memoria los espectáculos de la Falta, los Diablos, Caballeros y todos los conjuntos que se presentan en el tablado que está frente a casa y tiene el sonido tan alto que es imposible no escuchar”.
Andrés (Ph. D. en Economía): “La corrección política mató al carnaval. Antes se podía hacer chistes de cualquier cosa. En general, eran chistes verdes nomás, pero igual estaba bueno que existiera la posibilidad de meterse con todo”.