La diputada María José Pizarro llegó a la política desde la militancia por los derechos de las víctimas y la defensa de la memoria en Colombia. Parte de esa memoria es la de su familia y su exilio, en Ecuador, Francia y España. Su padre, Carlos Pizarro, comandante del movimiento guerrillero M-19, fue asesinado después de firmar la paz en 1990, cuando aspiraba a la presidencia colombiana.

En las elecciones legislativas del domingo 13, María José Pizarro fue la segunda candidata al Senado por la alianza de izquierda Pacto Histórico, la primera mujer en una lista paritaria. En esa votación, Pacto Histórico se convirtió por primera vez en la lista más votada al Senado y a la Cámara de Representantes. En las elecciones del 29 de mayo esa alianza, que encabeza las encuestas, apostará por la presidencia, con la fórmula integrada por Gustavo Petro y Francia Márquez.

¿El resultado de las legislativas marca un cambio en la política colombiana?

Yo creo que es un cambio absoluto. Nosotros [los movimientos de izquierda] venimos de tres, cuatro décadas, siendo una bancada de oposición. En la historia del Congreso, hemos sido una fuerza opositora y minoritaria. Ahora, por primera vez, somos la primera fuerza política en el país, en el sentido de que somos la fuerza política con el mayor número de escaños en la Cámara de Representantes y en el Senado. Si bien no nos alcanza aún para conformar mayorías en el Congreso, tenemos que abrir paso a la creación de un frente amplio con la posibilidad real de conformar esas mayorías. Pero somos la fuerza más votada de nuestro país, y ese es un cambio absoluto en la historia de nuestra vida republicana.

¿Ese frente está en proceso de conformarse?

Este proceso se ve atrasado por la campaña presidencial, pero ya estamos en ello, trabajando no sólo para constituir un frente amplio sino para que ese frente amplio nos ayude a lograr la gobernabilidad que vamos a requerir una vez que ganemos las elecciones presidenciales. Y ese es el mayor reto.

¿Este cambio político se puede atribuir en alguna medida a las recientes protestas sociales en Colombia?

Pues, sí. Por un lado, el cansancio que tiene la ciudadanía en relación con la politiquería, con dinámicas corruptas, con los clanes políticos tradicionales y regionales se expresó muchas veces en las movilizaciones sociales que vimos en 2018, 2019, 2020 y 2021, porque venimos de cuatro años de movilizaciones grandes, inéditas. El cambio pasa también por una conciencia política generacional. Estamos hablando de una mayor votación de las juventudes, que se expresaron en las urnas. Hubo un viraje del mapa político en regiones en las que nunca habíamos ganado, y esto es reflejo de la gente que se movilizó y también de la gente que no lo hizo pero está desconforme con el gobierno nacional y con 20 años de hegemonía uribista.

El uribismo perdió escaños y su candidato a la presidencia, Óscar Iván Zuluaga, abandonó su candidatura. Los resultados son un claro rechazo al oficialismo.

Fueron un castigo al uribismo que nos ha gobernado los últimos 20 años. Por supuesto, no podemos cantar victoria hasta que no ganemos las elecciones presidenciales. Pero [en ese caso] también se viene el gran reto y es ser una bancada de gobierno cuando nunca en la historia, ni nuestros parlamentarios con mayor experiencia ni nosotros como fuerzas políticas, hemos sido una bancada de gobierno. Nunca hemos tenido la posibilidad de gobernar, excepto algunas pocas alcaldías. Jamás el progresismo en Colombia había estado tan cerca como ahora de ganar, de ganar en primera vuelta, de gobernar y de ser la fuerza política más votada en el país.

“Mientras tengamos el negocio del narcotráfico y un modelo de lucha contra las drogas fracasado no vamos a poder transformar el país y, por lo tanto, desaprender la guerra y erradicar la violencia”.

Tu historia política surge en parte de la lucha y del asesinato de tu padre. ¿Cuál es el camino para terminar con la violencia política en Colombia?

Lo primero que necesitamos es un viraje en el modelo de país, y esto pasa necesariamente por un gobierno comprometido con la paz y con la vida, con la vida digna, con la posibilidad de un plan de vida con calidad. Después del conflicto más largo del continente, sabemos de sobra que esto pasa por un viraje en el modelo de país y en quiénes tienen el poder en nuestro país. Por otro lado, se requiere hoy, de manera imprescindible, no solamente darles cumplimiento a los acuerdos de paz firmados en La Habana, sino también iniciar procesos de diálogo con el ELN [Ejército de Liberación Nacional] y con otras estructuras armadas que hoy existen en el país. El punto más importante es cambiar el modelo de lucha contra las drogas en Colombia. Ahí sí se requiere casi una alianza continental; es una decisión que no es solamente colombiana sino que es el modelo que se nos impone desde los países receptores de droga. Mientras tengamos el negocio del narcotráfico y un modelo de lucha contra las drogas fracasado, no vamos a poder transformar el país y, por lo tanto, desaprender la guerra y erradicar la violencia.

¿Eso requiere una legalización de las drogas?

Así es. Nosotros somos el mayor productor de coca en el mundo. Y ahora no estamos hablando de los grandes cárteles de la droga solamente, sino casi que de una corporación del narcotráfico, porque tenemos los mexicanos, el clan de Sinaloa opera en nuestro país, hay toda una red internacional de tráfico de droga. A veces pensamos que sólo los países productores tenemos el problema, pero resulta que los países de tránsito o los países consumidores definitivamente tienen que meterse a fondo, porque a nosotros no nos puede quedar la violencia y la guerra, y eso es realmente lo que nos queda en Colombia. Nosotros tenemos las estructuras armadas, hemos vivido las consecuencias del negocio del narcotráfico los últimos 40 o 50 años de nuestra historia, sobre todo los últimos 30. Y definitivamente creo que Colombia ya ha puesto demasiados muertos. El costo en término de vidas humanas, pero también en la degradación que implica la guerra, es enorme. Para que Colombia pueda sanarse vamos a necesitar tres o cuatro generaciones. Y para eso la paz tiene que empezar ya. Ya hemos perdido, en realidad, 30 años desde que fue asesinado mi padre en 1990. Cuando había la posibilidad de iniciar el camino de la paz, Colombia siguió el camino de la guerra. Y lo que tenemos en los últimos cuatro años, después del proceso de negociación con [el expresidente Juan Manuel] Santos y la firma en 2016 de los acuerdos de paz de La Habana es un retorno dramático a las dinámicas violentas y a la guerra en Colombia.

En ese camino a la paz, ¿cuáles son las mayores resistencias?

Pues el narcotráfico es una ecuación multimillonaria, y yo creo que todos aquellos poderes involucrados en todo el negocio de las drogas, desde la producción de coca en una vereda [una población rural] colombiana hasta el que expende droga en una calle norteamericana, europea o de cualquier lugar del mundo, van a ser opositores de este modelo, porque es un negocio multimillonario.

En las protestas sociales colombianas de los últimos años hubo varios reclamos, entre ellos el de transformar a la Policía y pasarla de la órbita del Ministerio de Defensa a la del Ministerio del Interior. ¿Es posible hacer esos cambios?

Yo creo que necesitamos dos cosas: en términos de la intervención rural nosotros hablamos de no avanzar en una erradicación forzada de cultivos sino en una sustitución voluntaria de cultivos, tal como se había negociado en los acuerdos de paz de La Habana; esto es importante resaltarlo. Ahora, en lo urbano también es necesario un cambio en leyes que nos parecen profundamente preocupantes, como el Código de Policía, que fue aprobado hace ya varios años, en 2016 o 2017, o la reciente Ley de Seguridad Ciudadana, que se aprobó en diciembre. Nosotros creemos que son modelos que tienen que revisarse y la misma Policía tiene que reforzarse. Tiene que poder pasar del Ministerio de Defensa al Ministerio del Interior. Pasar de esas doctrinas militares que prevalecen en la Policía a convertirse en una Policía que esté en el Ministerio del Interior, con un carácter cívico, acerca inmediatamente a la Policía a la ciudadanía. Pero además es necesario regular el armamento menos letal, estamos hablando de todas las municiones del armamento de las órdenes operativas del Escuadrón Móvil Antidisturbios.

Mucho de tu trabajo apunta a la igualdad de género. ¿Cuáles serían las principales medidas que adoptaría un gobierno de Pacto Histórico en esa área y cómo sería el Ministerio de la Mujer que se propone para Colombia?

Yo creo que en ese sentido tenemos muchísimo que aprender de los países en el continente que tienen un ministerio de género, de las mujeres, de diversidades o de igualdad. Depende del país el nombre del ministerio y su carácter. Tenemos mucho que aprender. Pero lo que sabemos es que las mujeres no solamente somos la mitad de la población, sino que hemos sido el soporte moral y ético de la sociedad colombiana en los años más duros del conflicto armado. Por lo tanto, tiene que existir un ministerio para que la sociedad colombiana sea viable, para que realmente exista equidad. Nosotros hoy estamos construyendo las bases programáticas, estamos echando mano también de las experiencias de los países hermanos de América Latina para poder construir el mejor modelo para Colombia. Entendemos que tenemos nuestra propia realidad, pero sabemos que tenemos que aprender, tomar las lecciones aprendidas, lo que ha funcionado, lo que se podría haber mejorado, de manera que podamos tener un ministerio que realmente nos permita equilibrar la balanza y romper las brechas de desigualdad tan enormes que hay en nuestro país.

“Es imprescindible no solamente darles cumplimiento a los acuerdos de paz firmados en La Habana, sino también iniciar procesos de diálogo con el ELN y con otras estructuras armadas que hoy existen en el país”.

¿Qué medidas prevén para garantizar el sustento de las mujeres o su acceso a ciertos ámbitos?

Yo te puedo hablar de algunas que estoy promoviendo. Obviamente que eso está en discusión y en construcción con otras colegas y con la campaña presidencial y vicepresidencial. Estamos hablando no sólo de un ministerio de género, sino de una ley de paridad, una ley para eliminar la violencia política y el acoso político en contra de las mujeres; estamos hablando de una renta básica con un enfoque de género para las mujeres cabeza de hogar; estamos proponiendo también toda una política integral de atención a las mujeres que han sido víctimas de violencia basada en género, que es uno de los grandes flagelos, y sobre todo tenemos que avanzar muy fuertemente en un sistema nacional de cuidados. Existen las bases legales, pero ningún gobierno se ha comprometido a fondo en desarrollar las estrategias, las políticas para que entre en funcionamiento el sistema nacional de cuidados. Nos hemos quedado en borradores, aunque la legislación existe.

También tenemos que trabajar en toda una serie de políticas públicas de acceso a la educación, de acceso, por ejemplo, al primer empleo, que es muy importante para las mujeres jóvenes; una ley de los 1.000 días nos parece importante [de apoyo durante el embarazo y a los primeros años de vida de niñas y niños]. Recordemos que Colombia acaba de aprobar la despenalización del aborto hasta la semana 24, pero esto en un país como el nuestro debe estar acompañado de una ley de los 1.000 días tal vez muy similar a la que fue aprobada recientemente en Argentina. Y todas aquellas medidas que nos ayuden a equiparar la cancha.

Otro de los problemas inmensos que tenemos en materia de género es la tenencia de la tierra. La mayoría de las mujeres, sobre todo las mujeres campesinas, no son dueñas de sus parcelas, de sus predios. Necesitamos avanzar en que las mujeres puedan ser titulares de esto, como parte de la justicia agraria que tenemos que desarrollar. Este es un tema importantísimo porque es uno de los factores de mayor desigualdad, sobre todo de las mujeres rurales.

¿Cuál es tu evaluación de la decisión de Pacto Histórico de llevar una lista cerrada paritaria al Senado o la decisión de Petro de llevar una mujer como Francia Márquez como compañera de fórmula?

Lo primero es positivo porque pasamos de una representación de 17% o 19% de mujeres a una de 33% o 34%, y eso básicamente se da porque hubo una decisión de los partidos progresistas, que hoy son la fuerza política más votada, que trajeron bancadas paritarias, con representación equitativa, sobre todo en el Senado de la República. Es un balance positivo. No alcanzamos el 50%, por eso la ley de paridad es el segundo paso. En cuanto a la fórmula, teníamos claro que así como se había dado paridad en la composición del Congreso, lo mismo tenía que suceder con la fórmula presidencial. En este caso estamos hablando de una mujer [Francia Márquez] que tuvo una votación inmensa [en las primarias para elegir candidato presidencial], muy superior a la de políticos tradicionales de nuestro país, y que además es una mujer con características que son inéditas en este tipo de contiendas en nuestro país: estamos hablando de una mujer rural, ganadora del Nobel ambiental [el premio Goldman], una mujer afrocolombiana, y una mujer que tiene una historia de vida de resistencia y de lucha en la defensa de sus comunidades y sus territorios. Estamos muy felices con el trabajo que ella hizo en la consulta presidencial y, por supuesto, con su designación como candidata presidencial.

¿Cuáles serían las primeras medidas que debería tomar un gobierno de Pacto Histórico?

Tenemos que avanzar en reformas de fondo: la reforma de la educación, la reforma a las pensiones, la reforma a la Justicia, la reforma política y la reforma rural. Si sacamos adelante eso, yo creo que empezamos a construir un nuevo modelo de país.

¿Es necesario ganar en primera vuelta o hay posibilidades también en la segunda?

Hay posibilidades en la segunda, pero por la experiencia, no solamente la que tuvimos nosotros en 2018, sino también por la experiencia ecuatoriana y otras recientes, definitivamente se complica el camino. Lo ideal, y en donde nos enfocamos, es en ganar en primera vuelta.