Luigi De Magistris es uno de los políticos e intelectuales emergentes de la izquierda europea y visitó Brasil para participar en un encuentro con la izquierda brasileña y los movimientos sociales.

De Magistris fue alcalde de Nápoles por dos mandatos y durante más de diez años trabajó reuniendo movimientos de base, asociaciones populares, listas cívicas. Con él reflexionamos sobre la situación internacional y la necesidad de construir un frente popular internacional contra las sistemáticas agresiones del capital, las guerras, las desigualdades sociales.

Se habla más de un frente pacifista en Europa. ¿Qué significado le da usted como intelectual y político de izquierda a la palabra “paz”?

Creo que la mayor parte de Europa tiene una posición muy profunda y atenta sobre la paz. Me gustaría compartir aquí mi experiencia como alcalde de Nápoles. Creo que la paz debe construirse sobre la base de los movimientos populares: en la ciudad de Nápoles trabajamos mucho con la diplomacia desde abajo, creando una serie de relaciones, colaboraciones, cooperación para la paz: amistades entre ciudades del Mediterráneo europeo, el Medio Oriente y África que hicieron de Nápoles un punto de encuentro entre territorios devastados por la guerra como los kurdos, los palestinos y los saharauis. Con una resolución aprobada por el Ayuntamiento, fue declarada “Nápoles ciudad de la paz”; declaramos el puerto de Nápoles libre de armas nucleares: los barcos, los submarinos, los portaaviones de propulsión nuclear y las bombas atómicas no eran bienvenidos.

Con asociaciones y movimientos pacifistas, creamos comités civiles de paz, reemplazando una militarización cada vez más ampulosa; otorgamos la ciudadanía honoraria a [el presidente del Partido de los Trabajadores del Kurdistán, Abdullah] Öcalan y [al presidente palestino Mahmud Abbas, también conocido como] Abu Mazen, organizamos la recepción de niños saharauis, la apertura de puertos a refugiados políticos de otras guerras. Todos estos actos no fueron contra nadie, sino a favor de la autodeterminación de los pueblos, del reconocimiento comunitario. Aquí está mi experiencia para la cual el pacifismo no es una palabra vacía, sino hecha de experiencia. De lo contrario, “paz” y “guerra” se vuelven como “mafia” y “corrupción”, palabras vacías, sin lucha política real. Nadie dice estar a favor de la mafia, pero con actitudes de violencia y opresión reproducen el mismo sistema.

Con la economía de guerra, sin embargo, el capitalismo triunfa y se burla de los pueblos inocentes.

El capitalismo está en crisis y muestra senilidad, agresión y brutalidad. Por lo tanto, se encuentra en una fase muy peligrosa. Basta leer el discurso del primer ministro de Italia, [Mario] Draghi –obviamente uno de los guardianes del sistema capitalista–, según el cual, para relanzar la economía y afrontar las crisis energéticas es necesario reactivar los combustibles fósiles, las incineradoras, la energía nuclear, eliminar los límites a los venenos en la atmósfera. Estamos ante “doctores de la política” que, para curar las enfermedades que ellos mismos han producido, utilizan medicamentos aún peores, haciendo incurable al planeta. Nos oprime una concepción oligárquica, verticalista y cada vez más privatizada de todos los bienes comunes y públicos: estamos ante una agresión del sistema capitalista con un peligroso entrelazamiento entre economía de guerra, economía criminal, economía depredadora.

Guerra y mafias: las mismas estrategias de uso de las emergencias y el estado de excepción

El sistema capitalista necesita emergencias, un estado de excepción, y quiere que esto se convierta en normalidad. Pensamos en las emergencias ambientales con las cuales el sistema criminal lucra: lo que llamamos ecomafia. El sistema criminal formado por la mafia, la política y el agronegocio no quiere que termine la emergencia. Cuanto más haya emergencia, más dinero fácil les llega: líneas de crédito directas, se saltan todas las reglas, se privatiza y la gente lo acepta porque hay una emergencia. Ya no podemos sacar petróleo y gas de Rusia y se relanza el carbón olvidándonos del cambio climático. La guerra y las mafias tienen mucho en común, en cuanto a actitudes militares, pero también culturales: la opresión de los poderosos sobre los débiles, la masacre, la estrategia de intimidación.

Tenemos un trabajo ético, político, social, económico complejo y fascinante por construir. El punto de inflexión puede darse precisamente en el momento más dramático de la crisis del sistema capitalista: guerra, pandemia, desigualdad, medioambiente, delincuencia. Y no hablo de representantes del sistema, de hombres y mujeres, sino de un sistema en el que no hay muchas alternativas: o logramos llegar al corazón de este sistema de forma pacífica, democrática y constitucionalmente orientada, sustituyéndolo por otro modelo, o nos encontraremos en un punto de no retorno. Las próximas guerras, que serán por bienes esenciales como el agua y el trigo, marcan el fracaso extremo del capitalismo. La democracia no es sólo votar, sino otros valores, principios, comportamientos, personas que deben tener un perfil ético acorde con la Constitución italiana, nacida de la resistencia al nazifascismo, que debe ser defendida con todas sus fuerzas. El artículo primero de la Constitución italiana sitúa la soberanía popular como fundamento de la República.

Creo que la política, incluida la de representación, de las instituciones, debe conectar con las masas populares. Popular es estar con la gente, escucharla, tomar decisiones junto con las comunidades, con las muchas realidades que animan la vida democrática, todo lo contrario de populista que –en sentido peyorativo– explota a la gente, alimenta miedos, angustias y sufrimientos con los medios tambor para homologar a un solo pensamiento. La palabra “popular” tiene un fuerte significado para mí. Me refiero sobre todo a los grupos populares más afligidos, con menos derechos, más oprimidos. Mi experiencia como alcalde fue anómala para el sistema, porque gobernamos Nápoles fuera del sistema: un gobierno popular autónomo que tenía a todos los principales partidos presentes en el Parlamento en oposición. Es más fácil realizar “grandes obras” que cambiar la mentalidad, el sentimiento, los estados de ánimo de un pueblo, trabajando por la justicia, la armonía, la paz, la escuela y la cultura. En ese sentido, lo “popular” es incómodo, porque está desvinculado del sistema, y la esencia ética y el ideal político por el cual debemos organizarnos están claramente fuera y en contra del sistema del capital.