Un detalle falsificado en la biografía del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Antonio Rubio, pone inmediatamente en duda la imagen cuidadosamente construida de “buen tipo, idealista de derecha” que tiene este político de 54 años, nacido en la comunidad cubanoamericana de Miami: sus padres y su abuelo materno llegaron de Cuba a Estados Unidos dos años y medio antes de la revolución de Fidel Castro, contradiciendo un punto fundamental en la narrativa familiar de escape y exilio forzado por la dictadura comunista que, según el propio Rubio, forjó sus convicciones políticas.
Según documentos obtenidos por el periodista español Manuel Roig-Franzia, quien publicó sus investigaciones en The Washington Post en octubre de 2011 –el primer año en el que Rubio ocupó una banca en el Senado–, los cubanos Mario y Oriales Rubio, sus padres, llegaron a Estados Unidos el 27 de mayo de 1956, acompañados por su hijo mayor, Mario, que entonces tenía seis años. Marco, el tercero de los cuatro hijos de la pareja, nació en Estados Unidos en 1971.
Pedro Víctor García, abuelo materno de Rubio, llegó poco después que los padres del actual secretario de Estado, entre 1956 y 1957, para unirse a la familia, que se venía manteniendo desempeñando trabajos modestos en Estados Unidos. Mario trabajaba como camarero y guardia de seguridad escolar, y su esposa como empleada de un hotel y cajera de un supermercado.
La fecha puede parecer un detalle, pero, como explica el periodista que reveló el engaño, “la huida de los padres de Rubio de Cuba, un punto central de la identidad política del joven senador, es mencionada en la segunda línea de su biografía oficial en el Senado”.
La información falsa fue repetida por Rubio en emotivos discursos sobre su familia durante más de diez años, desde cuando el abogado de entonces 27 años se postuló para la comisión de la ciudad de West Miami, hasta su victoriosa campaña al Senado a los 39 años, bajo los auspicios del Tea Party, el sector más conservador del Partido Republicano en 2010.
Fue entonces cuando Rubio atrajo la atención de los medios nacionales, antes restringidos a la prensa de Florida, que lo siguieron durante sus dos mandatos en la Cámara de Representantes del estado y aplaudieron cuando el primer cubanoamericano fue electo presidente de la cámara con la bendición de su mentor político, el exgobernador de Florida Jeb Bush, hermano del presidente George W Bush.
Rubio siempre se ha presentado como un anticomunista visceral desde su nacimiento, una narrativa que sustenta su autobiografía Hijo de América, publicada en 2013, en la que se describe como un niño tímido y testarudo cuyo mejor amigo era su abuelo materno, el cubano Pedro Víctor García, quien siempre tenía un habano entre los labios.
Esta sería su mayor influencia personal y política, el abuelo contrarrevolucionario que le enseñó a “amar a Estados Unidos”, a aprovechar cualquier oportunidad de ascenso social y a nunca renunciar a “liberar a Cuba de la dictadura comunista”.
Pero Pedro García, el hombre de carne y hueso, no sólo volvió a Cuba poco después de la revolución porque no encontraba la manera de subsistir en Miami, sino que también obtuvo un puesto de bajo nivel en el aparato burocrático del gobierno de Fidel Castro.
Cuando retornó a Estados Unidos en 1962, fue detenido por agentes de inmigración, pero terminó convenciendo a los funcionarios de que no era un espía comunista y así logró obtener una visa humanitaria, fundamentalmente porque tenía más de 60 años y una salud frágil.
Ante esta información, incluido el hecho previamente no revelado de que su madre pasó un tiempo en La Habana en la década de 1960 sin tener ningún tipo de problema con el gobierno cubano, Rubio admitió el “error” a The Washington Post y argumentó que conocía únicamente la “historia oral” de la familia, minimizando la importancia del detalle inventado.
La mentira dice mucho sobre el carácter de Rubio y el peso de Cuba en su carrera, y describe las dimensiones de la victoria lograda por el secretario de Estado dentro de la administración Trump al dirigir las fuerzas de la mayor potencia militar del mundo para secuestrar al presidente Nicolás Maduro e intervenir en Venezuela.
Si Trump ya consiguió extorsionar al gobierno bolivariano con al menos 30 millones de barriles de petróleo, Rubio planea el siguiente paso en su carrera: derrocar al gobierno cubano y presentarse a las próximas elecciones presidenciales de Estados Unidos.
“Si Rubio derroca a Maduro y al régimen cubano, será un héroe eterno en Miami”, declaró un político de Florida a la revista New Yorker, que publicó un perfil de Marco Rubio el 12 de enero.
Y esto es una parte importante de la “estrategia Rubio presidente”, como declaró un exembajador de Estados Unidos en América Latina al periodista Dexter Filkins.
No es casualidad que una de las primeras declaraciones de Rubio tras la invasión de Venezuela fuera: “Si viviera en La Habana y estuviera en el gobierno, estaría muy preocupado”.
Antes de todo, un gran lobista
Al contrario de lo que afirmaba Rubio, sus padres se fueron de Cuba antes de la revolución que llevó a Fidel Castro al poder, y esta mentira lo benefició políticamente.
Para entender el porqué del cuento sobre la fecha en que la familia Rubio llegó a Estados Unidos, es necesario adentrarse en la comunidad cubana en Florida, que hoy está compuesta por alrededor de 1,8 millones de personas –más de la mitad de la población cubana residente en Estados Unidos– y tener en cuenta las diferentes características de las oleadas migratorias que llegaron desde la isla a Estados Unidos desde 1959.
La carrera política del niño mimado de la humilde familia Rubio se construyó sobre el odio anticomunista cultivado desde la revolución por los 400.000 cubanos que llegaron en las dos primeras oleadas migratorias: una más adinerada vinculada al dictador Fulgencio Batista, que desembarcó en Florida entre 1959 y 1962, y otra también integrada por gente de clase media, que llegó a través de los vuelos de la libertad, patrocinados por Estados Unidos, entre 1965 y 1973.
Los hermanos Fanjul, los financistas políticos más importantes de Marco Rubio, por ejemplo, llegaron a Miami en 1959, trayendo consigo suficiente dinero para reconstruir en Estados Unidos el emporio azucarero que habían perdido en Cuba. Fue esta élite la que se alió con el gobierno estadounidense en los diversos intentos de derrocar o asesinar a Fidel Castro desde la invasión de Bahía de Cochinos en 1962, y la que se aseguró privilegios que hasta hace poco disfrutaban exclusivamente los inmigrantes cubanos, como visas especiales de residencia y tarjetas de residencia permanente.
“Rubio mintió sobre la llegada de su familia porque quería hacerse un tatuaje que le hiciera ganar puntos en la comunidad cubana de Miami”, explica el periodista y escritor Fernando de Morais, quien vivió durante décadas entre cubanos, tanto dentro como fuera de la isla.
Con la llegada de nuevas oleadas de inmigrantes, esta vez cubanos más pobres, como los 128.000 “marielitos” que llegaron por mar en la década de 1980, seguidos por los aproximadamente 30.000 “balseros” tras la caída de la Unión Soviética, la élite cubanoamericana buscó diferenciarse de los recién llegados mientras seguía presionando a Estados Unidos para que no desistiera de derrocar a Fidel.
Durante este período la extrema derecha cubana en Florida, agrupada en organizaciones clandestinas, intensificó sus incursiones en el espacio aéreo de Cuba con el pretexto de rescatar balseros y llevó a cabo una serie de atentados terroristas contra hoteles y otras atracciones de la isla para perjudicar el turismo, una de las únicas fuentes de ingresos de la isla tras la caída del bloque socialista.
Este es el contexto del libro Los últimos soldados de la Guerra Fría, del brasileño Fernando de Morais, publicado en 2011, que narra la historia de los espías cubanos que se infiltraron en estos grupos terroristas de Miami y en los servicios de inteligencia estadounidenses en la década de 1990.
Morais, quien realizó varias visitas a la comunidad cubanoamericana durante la investigación para el libro, relata que, “hasta el 11 de setiembre [de 2001], Miami era un importante punto de venta de armas, incluyendo armamento pesado. No es casualidad que todos los pilotos que estrellaron sus aviones contra las Torres Gemelas y el Pentágono se hayan formado en Florida”, remarcó.
Fue en este entorno donde nació el político Marco Rubio, quien fue elegido por primera vez para la Cámara de Representantes de Florida en 1999, recién casado con Jeanette Dousdebes, hija de inmigrantes colombianos, cristiana devota y conservadora como él. Ambos continuaron viviendo en West Miami hasta que él se mudó a Washington como senador electo, y tuvieron cuatro hijos.
Rubio forma parte de esta comunidad contrarrevolucionaria; apoyó a los brujos de extrema derecha, pero nunca participó en los grupos que perpetraron los atentados.
Los asesores “bushistas” de Rubio
Si la mentira demostraba que el joven senador era menos confiable de lo que sus “ojos honestos y su sonrisa de boy scout” hacían creer, a la comunidad cubana ni siquiera le importaba la biografía “embellecida” del senador, que para entonces se había convertido en una pieza clave para llevar sus ambiciones a los círculos de poder, desde la reducción de impuestos, la eterna queja de la familia Fanjul, hasta la garantía de los derechos exclusivos de los inmigrantes cubanos.
Más aún, Rubio también se había convertido en una figura estratégica para el Partido Republicano, que perdió las elecciones de 2012 ante Barack Obama, en su segundo mandato, en parte debido al rechazo de los latinos, indignados con las soluciones presentadas por la derecha para la crisis migratoria, que incluían desde el uso de caimanes para bloquear la entrada a Florida hasta la “autodeportación” de 11 millones de inmigrantes.
Era necesario encontrar soluciones más aceptables para ganarse al electorado latino sin suavizar la retórica contra Obama, que Rubio había endurecido para ganarse la simpatía del Tea Party.
Siempre atento a su electorado, ahora extendido a comunidades latinas de diferentes orígenes en todo el país, Rubio intentó articular una política migratoria bipartidista en un grupo conocido como la “banda de los ocho”, formado por él mismo, tres representantes republicanos y cuatro senadores demócratas.
La idea de Rubio era expulsar a los inmigrantes ilegales, que no contaban con los privilegios de los cubanos –rechazando las políticas de tolerancia y regularización de Obama–, a la vez que favorecía a quienes tenían estatus legal o posibilidad de regularización, siempre que fueran sometidos a un riguroso escrutinio.
Cuando esta iniciativa fracasó, Rubio hizo lo que siempre hace: no se rindió, sino que decidió usar esta plataforma para su propia campaña presidencial, lanzada en 2015. Además de los magnates del azúcar y otros empresarios cubanos, ahora contaba con nuevos financistas, provenientes del Tea Party, así como con republicanos más cercanos a George W Bush, como la mayoría de sus asesores.
A pesar de haber traicionado a su antiguo mentor, Jeb Bush, para postularse a la presidencia –traicionar a quienes lo ayudaron cuando se convirtieron en un obstáculo es otra de las características que lo identifican con Trump–, el exgobernador de Florida eventualmente reconectaría con el “hijo pródigo”. Rubio, a su vez, nunca ocultó su admiración por George W Bush y los “halcones” de la política exterior estadounidense, los defensores de la “paz a través de la fuerza”, un lema que retomó al asumir el cargo de secretario de Estado en el segundo mandato de Trump.
Pero en 2015 Rubio y Trump fueron rivales en las primarias republicanas y se atacaron abiertamente en los debates.
Rubio se burló de la fortuna heredada del candidato, de sus apariciones en programas de televisión y ridiculizó el bronceado anaranjado de Trump. Por otro lado, para menospreciar a su oponente, 25 años menor, menos rico y también más bajo –un detalle que le impidió convertirse en jugador de fútbol americano, como soñaba–, Trump lo llamó “pequeño Marco”.
Trump, como es sabido, ganó las primarias, y Rubio se retiró justo a tiempo para redirigir su campaña hacia su victoriosa reelección al Senado. A pesar de los insultos intercambiados durante la carrera por la nominación republicana, ambos estrecharon lazos durante el primer mandato de Trump, y Rubio incluso se disculpó públicamente por los insultos a Trump.
Ambos además comparten otras afinidades. Tras el hombre que se presenta como alguien con principios rígidos y la disciplina de un atleta, reside un político flexible, capaz de dar marcha atrás según su conveniencia.
Aunque más mesurado y menos impredecible que Trump, Rubio comparte la misma falta de pudor al contradecirse sin siquiera admitir que cambió de opinión.
Cuando Trump afirmó que las elecciones de 2020 habían sido robadas, tras la victoria del demócrata Joe Biden, Rubio defendió la legitimidad de las elecciones, para luego cuestionar las elecciones en Wisconsin y Arizona, alineándose con el discurso de su futuro jefe.
La dupla Trump-Rubio
Hay otras razones por las que, en su segundo mandato, Trump ubicó a su antiguo adversario en el Departamento de Estado y posteriormente lo nombró también asesor de Seguridad Nacional. Antes de Rubio, únicamente Henry Kissinger había ocupado ambos cargos, en las administraciones de Richard Nixon y Gerald Ford (1969-1977).
Rubio afirma ser admirador de Kissinger, el diplomático e ideólogo de la política exterior estadounidense durante la Guerra Fría, a quien conoció personalmente. Kissinger falleció a los 100 años en 2023.
Pero Rubio sabe muy bien que no tiene el prestigio ni el poder del diplomático que forjó la guerra de Vietnam y las dictaduras promovidas por Estados Unidos en América Latina. Y esta aparente modestia le cae bien a Trump.
De hecho, una de las mayores virtudes de Rubio parece ser su capacidad para posicionarse y sacar el máximo provecho de cualquier situación, incluso si eso implica susurrarle al oído al presidente.
Su estrategia para influir en Trump abarca desde una postura servil y aduladora, hasta su innegable aire sensato que le ayuda a explicar las decisiones erráticas de Trump, haciéndolas parecer razonables.
Otro punto importante que hace soñar a Rubio con la presidencia es el surgimiento de la inmigración como un tema central en la política estadounidense y la injerencia en América Latina como parte de la solución, que ya está detrás de la reciente invasión a Venezuela.
Rubio ya se reunió en varias ocasiones con el presidente salvadoreño Nayib Bukele para llevar a cabo la deportación de inmigrantes, especialmente venezolanos acusados de participar en facciones criminales. Sin embargo, “liberar” a Venezuela y Cuba podría ser, en su opinión, una solución más duradera.
Desde el año 2000, un año después de la llegada al poder de Hugo Chávez, la inmigración venezolana a Estados Unidos aumentó 600% según el Pew Research Center, superando las 700.000 personas en 2024. Mientras tanto, la población inmigrante cubana volvió a crecer entre 2021 y 2024, cuando más de 600.000 cubanos emigraron a Estados Unidos, la mayor oleada migratoria en la historia de ambos países.
Según el politólogo Guilherme Casarões, experto en política exterior y profesor de la Fundación Getúlio Vargas, actualmente en la Universidad Internacional de Florida, el anticomunismo y la inmigración –en especial las recientes oleadas de migrantes cubanos y venezolanos– se encuentran entre los principales problemas internos que contribuyen a la centralidad de América Latina en la actual política exterior de la Casa Blanca.
“En el contexto posterior a la Segunda Guerra Mundial, la preocupación por América Latina era mucho más un reflejo de la disputa de la Guerra Fría; existía el temor de que la Unión Soviética ocupara espacios políticos y dominara regiones estrechamente asociadas con este patio trasero natural de Estados Unidos, en lugar de una prioridad absoluta, como lo es ahora”, explicó Casarões.
La acción en Venezuela rescató la popularidad de Rubio en la comunidad latinoamericana
A mediados de 2025, la administración Trump puso fin a un programa de visas humanitarias para cubanos, que se había extendido a haitianos, nicaragüenses y venezolanos durante las administraciones de Obama y Biden.
Además, por primera vez desde la revolución, impuso restricciones a las visas de inmigración, turismo y negocios para los cubanos. Este cambio expuso a más de 350.000 venezolanos y 300.000 cubanos al riesgo de deportación.
Esto dio lugar a la aparición de grafitis con la palabra “traidor” bajo el nombre de Rubio en su base electoral, el condado de Miami-Dade, que antaño había sido un bastión demócrata.
Menos de dos meses después, la administración Trump comenzó a bombardear buques venezolanos, bajo el pretexto de la lucha contra el narcoterrorismo encarnado, según el republicano, en los gobiernos de Nicolás Maduro y el colombiano Gustavo Petro.
El secuestro de Maduro fue fundamental para restaurar la popularidad de Rubio entre su base. Además, reforzó el cerco en torno a Cuba, que depende del petróleo de Venezuela y es el único país que mantiene intensas relaciones con la isla.
Ni siquiera la prensa estadounidense ha podido determinar todavía dónde termina Trump y dónde empieza Rubio a la hora de definir la política exterior de la actual administración.
Según Ross Douthat, columnista de The New York Times, Rubio deja la retórica de la política internacional en manos de Trump, mientras toma medidas.
Publicada en diciembre, días antes de la invasión de Venezuela, la columna de Douthat ofrece algunos ejemplos de las victorias de Rubio dentro de la administración Trump, como la política hacia Ucrania (Trump quería poner fin a la guerra entregando la región a Vladimir Putin, pero sigue prestando apoyo militar a Volodímir Zelenski, como quería Rubio); las acciones militares en Medio Oriente (deseadas desde hace tiempo por los halcones republicanos), y el bombardeo de buques venezolanos.
Y concluye: “Mientras las justificaciones para el intento de cambio de gobierno en Venezuela aparecían por doquier –¡drogas!, ¡petróleo!, ¡el corolario de Trump de la doctrina Monroe!–, estamos claramente inmersos en el viejo tipo de acción anticomunista que uno esperaría de un hijo de Miami como secretario de Estado”.
Ahora sólo queda que Rubio derroque definitivamente a los chavistas y también a los cubanos, dos proyectos que fracasarán en opinión de Fernando de Morais, un profundo conocedor de Venezuela –donde ha sido observador electoral en dos ocasiones– y autor de La isla, el primer libro brasileño de periodismo de investigación sobre Cuba, publicado en 1976.
“La administración Trump ya aprendió que Venezuela no es Irak, por eso tuvo que conformarse con derrocar a Maduro y mantener el chavismo. Quizás no se ha dado cuenta de que Cuba podría ser el nuevo Vietnam, que sobrevivió a los japoneses, chinos, franceses y estadounidenses. Otro paralelo, con el polo invertido, es Israel. Estas son las únicas dos poblaciones del planeta que se pueden movilizar con las armas en la mano en 24 horas. Los cubanos ya han sufrido más que eso. No pasarán”, expresó en tono desafiante Morais.
Este artículo fue publicado originalmente por Agência Pública.