El kurdo es el mayor pueblo sin Estado del mundo, compuesto por alrededor de 50 millones de personas que se distribuyen mayoritariamente dentro de las fronteras de cuatro países: Turquía, Siria, Irán e Irak.
Asentados desde hace siglos en un territorio alejado del mar que abarca aproximadamente 390.000 kilómetros cuadrados, situado al norte de Medio Oriente y al sur del Cáucaso, el pueblo kurdo comparte una historia, una cultura y una lengua común, y si bien tienen cierta autonomía en algunos lugares en los que habitan, el destino de su causa, el establecimiento de un Estado, sigue lejos de concretarse, en un contexto de dominación externa y de desconocimiento general de su lucha.
Si bien es medianamente conocida la situación de los kurdos en Turquía, donde son duramente reprimidos por las fuerzas estatales y sus organizaciones y líderes son perseguidos, en las últimas semanas ganó notoriedad en la agenda internacional el conflicto bélico del que son parte en Siria, más precisamente en la zona noreste del país árabe.
Allí está establecida una región autónoma de hecho llamada por los kurdos Rojava, cuya capital es la ciudad de Kobane, muy cerca de la frontera de Siria con Turquía. En enero, las tropas del ejército regular de Siria atacaron a las Fuerzas Democráticas Sirias, que es la denominación de la organización militar integrada principalmente por kurdos, pero también por árabes, armenios y combatientes de otros orígenes étnicos.
“Hoy lo que está pasando en Rojava en realidad es una nueva guerra. Están atacando la revolución de Rojava en nombre del ejército sirio y también del gobierno de Siria, que está liderado por Ahmed al-Shara, que era miembro de Al-Qaeda y también del Estado Islámico, y que se involucró muchísimo en la oposición yihadista que quería derrotar al presidente Bashar al-Assad con el apoyo del Estado turco y también de otros involucrados en la zona”, explicó a la diaria la socióloga kurda Azize Aslan, quien desde hace diez años vive y desarrolla su carrera académica en México.
“Durante 14 años, en el período de la guerra de Siria, los kurdos eligieron una tercera vía, que no era ni derrotar el Estado ni unirse a algunos sectores opositores que eran yihadistas. Entonces, declararon la autonomía con una revolución en Rojava, que hoy en día se encuentra bajo ataques”, agregó Aslan, que remarcó que el intento del actual gobierno de Siria, reconocido internacionalmente, es terminar con la autonomía del pueblo kurdo.
“En este momento nuestro pueblo representa la democracia, la liberación de las mujeres, y es además un movimiento anticapitalista, por lo cual no es muy bienvenido ni en Medio Oriente ni por las fuerzas que tienen intereses en la zona. La revolución de Rojava cambió la manera de ver la política, haciendo ver que una sociedad se puede organizar sin Estado, y que la ecología y la naturaleza son pensadas desde el pueblo en convivencia. Estas ideas no son bien vistas por las fuerzas imperialistas que tienen sus intereses, y por eso pretenden aniquilar esta revolución, esta experiencia kurda que ha generado también mucha esperanza, tanto para nuestro pueblo como para otras organizaciones”, agregó Aslan desde México.
La guerra con Ankara y la transformación de la resistencia
Una parte importante de los kurdos, más de 20 millones, viven dentro de Turquía y representan la mayor minoría étnica del país.
El Estado turco siempre vio con un enorme recelo a esta minoría y sobre ella se impusieron fuertes restricciones que alcanzaron todas sus manifestaciones culturales e incluso la enseñanza de la propia lengua, lo que marcó una represión a todo nivel ejercida desde el gobierno central de Ankara.
Muchos kurdos viven actualmente en Estambul, y existen otras comunidades en las grandes ciudades del país, pero la mayoría se concentra en el sureste del territorio turco, zona a la que los kurdos denominan Bakur.
Según explicó Aslan, ese lugar, por ser donde viven más kurdos, tiene una particular importancia. De hecho, la principal organización política armada de los kurdos, el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK, por sus siglas en kurdo), fundado en 1978, mantuvo durante años una lucha contra el Estado turco, en el marco de una guerra no declarada que se extendió hasta 2025, cuando el PKK, a instancias de su líder histórico, Abdullah Öcalan, decidió terminar con la lucha armada.
“El pueblo kurdo tomó bien esta decisión de su líder. Se involucró en este proceso de nuevos diálogos de paz o negociaciones que ya lleva casi un año. El PKK no estaba a favor de la guerra. Más bien ellos siempre apostaron a la paz, pero una paz digna, en la que los derechos de los kurdos fueran reconocidos. Entonces, en este proceso el PKK también hizo un acto simbólico dejando las armas y determinando su disolución en su último congreso. Hoy el PKK ya no es una organización. Existe, pero todavía está en un rumbo de transición, en un proceso de dejar las armas e incorporarse a la política turca desde otro lugar. Pero para que esto sea posible Turquía tiene que hacer un cambio constitucional o llegar a un acuerdo de paz, y ese proceso todavía está en desarrollo”, explicó Aslan.
A pesar de sus llamados a la pacificación y de las numerosas campañas, tanto locales como internacionales que se desarrollaron para lograr su liberación, Öcalan permanece encarcelado por el Estado turco en la isla de Imrali, en el mar de Mármara, desde 1999.
La catedrática considera que, más allá de la disolución o conversión del PKK, los kurdos que habitan en Turquía tienen una importante capacidad de organizarse, de movilizarse, y no únicamente a través de la lucha armada, que en los 45 años que duró el conflicto costó alrededor de 50.000 vidas.
A propósito de esto, Aslan plantea: “La lucha armada tuvo un rol importante durante estos 45 años, pero como yo he trabajado esa historia desde el punto de vista sociológico como la lucha de liberación de un pueblo, creo que una cosa que he visto en Kurdistán en general, pero en Bakur sobre todo, no es que haya un movimiento separado de la sociedad. Más bien el movimiento en sí es la sociedad, y la sociedad tiene muchísima capacidad de movilizarse, crear sus instituciones, sus organizaciones y abrazar cualquier proceso que la conduzca a la paz, que le asegure derechos, que le prometa un reconocimiento para poder vivir su identidad, vivir su lengua, vivir su autonomía. Entonces, los kurdos de Bakur están abrazando el proceso de paz, pero a la vez se están movilizando para pasar a ser un movimiento mucho más participativo, en el que la gente puede decidir sobre su vida”.
“Esto sucede mayormente en una zona que está muy militarizada, donde la vida cotidiana está muy militarizada, por eso, si se le da a la gente la oportunidad de movilizarse más por sus derechos, yo creo que la lucha armada ya no sería necesaria. De hecho, una de las cosas que es muy importante subrayar es que los kurdos no quieren estar armados: los kurdos quieren vivir y habitar su territorio en las condiciones de paz normales, llevar su vida, pero quieren hacerlo desde un lugar donde se establezcan relaciones democráticas, donde las mujeres sean libres, donde el pueblo pueda decidir sobre su naturaleza. Por ejemplo, todas esas guerras de más de un siglo que se están desarrollando en Kurdistán destruyeron nuestra naturaleza, nuestras montañas. Hay muchísimos lugares en los que está prohibido vivir porque son zonas militares. Por eso, sobre todo, la gente no quiere estar armada, la gente quiere vivir en paz”, insistió.
“Jin, yizad, azadi”
Una de las peculiaridades de la lucha del pueblo kurdo es que, a diferencia de lo que ocurre con otras naciones o pueblos de la región, las mujeres tienen un papel protagónico: en lo social, desde el Movimiento de las Mujeres de Kurdistán, pero también en el campo de batalla, conformando sus propios escuadrones de lucha.
Es por esta razón que el lema “Jin, yizad, azadi” (“Mujer, vida, libertad”) se convirtió en un eslogan enormemente popular dentro del movimiento nacionalista e independentista de los kurdos, que incluso se trasladó a otros ámbitos de demandas por parte de las mujeres.
Consultada al respecto, Aslan responde: “Creo que las mujeres kurdas siempre han tenido una idea de buscar su libertad, de involucrarse en los movimientos y de participar en las rebeliones populares. Yo pienso que esto tiene que ver mucho en la manera en que se concentra el patriarcado con el Estado en el territorio y en la manera en que los estados coloniales convirtieron al hombre y a las familias kurdas en una estructura muy patriarcal, en la que las mujeres habían perdido el valor y el rol que tenían dentro de la familia. Hay un dicho, dentro del Movimiento de las Mujeres de Kurdistán, que es que quien más lucha por su libertad es quien menos libertad tiene y quien sufre más opresiones. Creo que, en nuestra sociedad, en Kurdistán, el hombre está colonizado, porque vive bajo las condiciones de la guerra, pero, como pasa en otros lugares también, esta situación se acentúa mucho más en las vidas de las mujeres. Porque el patriarcado, aunque digamos que es una estructura de opresión tanto para hombres como para mujeres, termina amplificando la opresión social que existe sobre una sociedad, particularmente sobre las mujeres”.
La socióloga planteó que cuando se fundaron los movimientos de liberación de Kurdistán, cuando se hablaba de liberación de los estados que oprimían a la población kurda, con ideas contrarias al colonialismo, las mujeres se involucraron mucho porque eran las primeras interesadas en romper con esa cadena de sometimientos.
Esto al comienzo significó un choque con los líderes del movimiento, todos ellos hombres, que, arraigados a las estructuras preexistentes, trataban a las mujeres desde la misma perspectiva machista, en el entendido de la sociedad patriarcal que atravesaba la lucha por la liberación.
Aslan relata que para romper con esa lógica fue determinante el papel que jugó Öcalan, el líder del PKK.
“En ese momento él todavía no estaba encarcelado, y después de muchas conversaciones que se tuvieron con él se llegó al entendimiento de que el patriarcado es la primera capa de la opresión, y si no se lograba romper eso, no se podría avanzar. Esto comenzó a tomar fuerza en 1989, hasta que en 1992 sí se declara un movimiento autónomo de las mujeres dentro del movimiento de liberación de Kurdistán”, explica la activista kurda.
“Entonces, las mujeres kurdas empiezan a llevar una doble lucha. Participan en la liberación de su pueblo y al mismo tiempo se perciben como un cuerpo colectivo que se organiza a través de su movimiento propio, su movimiento autónomo. En ese momento comienza esta lucha de liberación y empiezan a romper el patriarcado desde adentro, y este rompimiento con el patriarcado implica un cambio de visión en la liberación también. Porque la liberación, que originalmente levantaba banderas como la liberación de los presos kurdos o de poder hablar la lengua kurda, no tenía horizontes mucho más amplios, de una emancipación, de una transformación social”, afirma Aslan. “Las mujeres empiezan a organizarse autónomamente y a impulsar una lucha antipatriarcal. Eso es lo que hace que en general el movimiento se convierta en un movimiento en el que se lucha por los derechos de los kurdos, pero plantea ir más allá y crear una emancipación mucho más social y real”, agrega.
“Creo que ha dado resultados muy importantes, y los compañeros hombres no vieron esta postura como un ataque a sus privilegios, sino que más bien entendieron que su relación con la mujer, si sigue siendo como un colonizador, no lograría tampoco descolonizarse, por eso se han unido a la lucha antipatriarcal, y esto ha generado que el movimiento de liberación se convierta primero en el movimiento de las mujeres y luego en el movimiento de toda la sociedad. Por eso muchas veces se dice que si la mujer no está libre, la sociedad tampoco”, afirma Aslan.
“Una de las cosas muy importantes que ha hecho durante todos estos años el Movimiento de las Mujeres de Kurdistán es que ha generado también su filosofía. Hay un montón de trabajo, de reflexión colectiva que han hecho las mujeres kurdas sobre la liberación, acerca de qué significa la libertad, qué significa vivir libre, qué significa luchar, qué significa, por ejemplo, tener autodefensa”, dice. “Todas estas reflexiones colectivas le han dado una gran fuerza a todo el movimiento en este sentido, y gracias a todo ese proceso actualmente las mujeres se convirtieron en un sujeto muy importante como dirigentes de vanguardias de la lucha, no solo para la lucha en sí, sino para la sociedad”, concluye.
“La sociedad ha vivido también este cambio muy acelerado, que viene desde 1989, casi 40 años. Las mujeres kurdas sí han tenido una recuperación de su rol en la sociedad y también de su filosofía, sus saberes en la sociedad, y la sociedad sí ha aceptado de buena manera estos cambios”, afirma Aslan.
Uno de los símbolos de las mujeres combatientes kurdas es que lucen una trenza, que representa su lucha nacional y su lucha dentro de su sociedad. Este símbolo femenino fue noticia también en las últimas semanas, porque en el marco de los combates en Rojava, cuando las fuerzas del Estado sirio capturaban mujeres kurdas, les cortaban la trenza como primera señal de sometimiento.
Aslan relató a la diaria que las reacciones ante estos hechos fueron unánimes dentro de la resistencia kurda. No solamente las mujeres salieron a protestar por estos acontecimientos, sino también los hombres, argumentando que respaldaban la lucha de las mujeres de Kurdistán.
“Estas situaciones que se han dado creo que tienen que ver mucho con este trabajo que se hizo desde adentro, que nunca deja de ser parte de una liberación social, pero que se convierte en el corazón de esta liberación, y esa filosofía le ha dado mucho valor al movimiento. Más todavía teniendo en cuenta el contexto en el que se está dando esta lucha, en un mundo islámico donde en muchos lugares la mujer simplemente es vista como una servidora del hombre y no tiene ningún valor por sí misma”, afirma.
“Hoy en día las kurdas sí han generado un oasis dentro de Medio Oriente, donde la mujer kurda está armada, la mujer kurda está participando, la mujer kurda tiene autonomía, tiene su sistema, tiene su teoría, tiene sus escuelas, tiene sus academias, tiene sus comunas, tiene toda una vida. Y todo este proceso ha sido aceptado y finalmente entendido por los hombres, que lograron captar que esta liberación también significa la liberación de ellos. Este diálogo, que hemos generado en la sociedad entre hombre y mujer sobre una convivencia libre, creo que ha sido una de las virtudes más importantes de este movimiento y de las mujeres kurdas, y está dando un pie muy importante a esa revolución en Rojava y en otras partes de Kurdistán también”.
“Por ejemplo, en todas las prácticas opresivas que se dieron en todos los territorios de Kurdistán, lo único que no han logrado oprimir o vencer fue a las mujeres kurdas y sus luchas y sus organizaciones”, dice Aslan. “Creo es por eso que los compañeros hombres confían tanto en las mujeres, y eso hace que ante todo este sea un movimiento antipatriarcal”.