En Budapest, los candidatos en las elecciones del domingo parecen ser tres: el actual primer ministro, Viktor Orbán, el opositor que lidera las encuestas, Péter Magyar, y el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. El partido de gobierno, Fidesz, tiene como eje central de campaña la oposición a la guerra de Ucrania: solo con Orbán en el gobierno se puede evitar que las políticas de la Unión Europea (UE) arrastren a Hungría a la guerra.

Pero Hungría está harta de Orbán. Las generaciones jóvenes no han conocido otro gobierno en su vida que el del actual primer ministro, que se aferra al poder desde hace 16 años, y ya no le temen más.

En el atiborrado centro cultural Manyi se citan decenas de imitadores de Orbán. La media de edad es de 20 años y se mofan abiertamente del actual primer ministro por sus escándalos de corrupción, por las campañas de fake news en los medios favorables al gobierno o por su afán de responsabilizar a Ucrania por todos los males de Hungría. Fue tal el éxito de la convocatoria que han tenido que limitar la entrada y se forma una larga fila en la vereda: chicos con el pelo pintado de colores, zapatos de plataforma o camperas de cuero compradas en las populares second hand por las que Budapest se ha hecho famosa.

El público excede largamente la capacidad del pequeño patio por el que se accede al escenario. Subiendo una escalera angosta repleta de grafitis se llega al segundo piso, donde hay un trash bar. Al final del pasillo hay otro local donde ayer encontré una feria de ropa de segunda mano y hoy han instalado el centro de operaciones para la transmisión en vivo del evento. En las paredes pegaron afiches con la silueta de la cara de Orbán, que los asistentes intervienen con marcadores: bigotes de Hitler, nariz de cerdo y todo tipo de referencias sexuales.

Alice y Zoe tienen un canal de Youtube al que suben noticias de las elecciones, y recorren el pasillo haciendo entrevistas con su teléfono. “Podemos reírnos y decir lo que queremos porque lo hacemos para divertirnos; no ganamos dinero con esto, pero la prensa no puede hacerlo. Perderían el financiamiento estatal o pueden ser incluso acusados de espías”. Según Reporteros sin Fronteras, Fidesz, el partido de Orbán, controla el 80% de los medios de comunicación húngaros. La UE ha sancionado al gobierno por estas prácticas, sin moverle un pelo a Orbán.

Zoe votará a Tisza, el partido opositor liderado por Péter Magyar: “Estamos hartos de Orbán. No es que me guste Magyar, pero es el candidato de la oposición y votaremos por él porque no hay otro que pueda derrotarlo”. El propio Magyar (que significa literalmente “húngaro”) fue parte del partido de gobierno, Fidesz, hasta 2024, cuando renunció por los escándalos de corrupción y se convirtió en su máximo opositor.

Sin proponer, ni mucho menos, un cambio radical en la orientación política, Magyar ha capitalizado el descontento por la corrupción y el estancamiento económico: promete desbloquear miles de millones de euros en fondos de la UE, congelados por las sanciones impuestas al gobierno por incumplir con la legislación comunitaria.

En una campaña relámpago, en dos años pasó de ser un casi desconocido para la mayoría de los húngaros a encabezar las encuestas para suceder a Orbán. La cuestión de la edad es decisiva en esta campaña: según las encuestas, el 60% de los jóvenes votarán a Magyar. La brecha generacional juega a favor de la oposición, pero el sistema electoral lo hace a favor del oficialismo: las elecciones se definen en las pequeñas localidades de menos de 5.000 habitantes, con población más pobre y mayor, donde Orbán tiene su fuerte.

Alice cuenta, y después me manda las fotos por Instagram, que en los pueblos pequeños, como el que vive su abuela, Fidesz entrega bolsas de papas o leña a cambio de votos. Y en esos pueblos el temor a la guerra es grande. Entonces su abuela votará por Fidesz, porque teme que envíen a sus nietos a la guerra. En Budapest se ríen de las campañas fake o de terror de Orbán, pero en los pueblos pequeños, no.