1.

La noticia de la muerte de Menem me llego por la red. El zócalo decía “Murió Menem”, la imagen era la de un Carlos casi momificado, como se lo podía ver en los últimos tiempos. Mi primera reacción fue un festejito de manual. Media hora después comencé a interrogarme sobre mi inesperada tristeza. Me sucede que con su sobrevida de pasa de uva se muere también el cuerpo sobrante de ese jeroglífico político único que nos sigue interrogando desde el cartel de “Síganme”. El villano imprevisto, el traidor más amable, el gran maestro de una imaginación política gozosa y siniestra: nuestro Joker peronista.

2.

La tristeza puede ser una forma del sueño. Era el 89. Menem ya era presidente. El mismo día de la repatriación de los restos de Rosas, realicé en un sótano de la calle Corrientes una performance llamada BP 280. La razón de mi vida. Primera novela plástica del realismo menemista. Consistía en la presentación de un gran libro de ejemplar único hecho con recortes de diarios que secuenciaba el período que iba desde la aparición de la primera noticia sobre saqueos en el conurbano hasta el día en que Menem jugó para la selección argentina junto a Diego Maradona.

Para mi sorpresa, la acción tuvo su repercusión. Días después, en una entrevista con una periodista de Página 12, para intentar graficar de manera que ella pudiese comprender el cambio que la perfo estaba intentando señalar, le mostré el ejemplar de Página 12 correspondiente al día de la asunción de Menem. En la portada había una foto de Menem con la banda presidencial y el título “Menem presidente”; en la primera doble página había una foto de Menem vestido de Guillermo Vilas y el título era “Detrás de la escena”. “Está al revés –recuerdo que le señalé–: la foto del tenista corresponde a la del presidente, y la foto del presidente es la que queda detrás de la escena”.

3.

Estábamos en julio de 1989. Todo lo que ocurría era vaporoso, flotante, la sociedad había recibido un shock de imágenes imprevistas, impensables. Ciertas formas de la vigilia social pueden tener la densidad de un sueño. Menem formaba aún parte de esa conjunción, había ocurrido, era un presidente de alguna manera soñado. Y aunque aún faltaba para que el mago ejecutase su truco más sintético y perfecto, su figura era imprevista, tenía algo de aparición, convocaba algo de la felicidad que siente con asombro quien presencia un gran truco. Su aparición le había arrebatado la previsible sucesión al peronismo renovador y al alfonsinismo la normalidad de la historia, su monopolio de lo correcto. Anacrónico, retro, era patilludamente nuevo.

Lo criticaban por haber nombrado ministro de Economía a un hombre de Bunge & Born, pero nuestro Joker ya sabía que el espectáculo es la máscara necesaria para las acciones de fondo. No hace falta recordar o releer completo el discurso de asunción de Menem para comprender la línea sustancial de su programa político: el presidente debe ser prenda de unidad entre los niños pobres con hambre y los niños ricos con tristeza. Fin del eslogan que curaba, educaba y daba de comer. Era el regreso de la poesía. Pura magia retórica para conseguir establecer una paridad performativa inmediata. La solución a la antinomia estaba en la frase misma. En la simetría de la frase, la reiteración de la palabra “niños” elimina la diferencia entre ricos y pobres.

El discurso anunciaba un fin de la historia vernáculo, una inspiración discepoliana: el cambalache ya no sería una visión infernal sino un sueño paradisíaco. Un Discépolo optimista prometía un horno tibio para encontrarnos, al fin sin antinomias. Pero mientras, planeaba el barro en el que todos pudiésemos manosearnos.

4.

“Gran pase de Menem para Maradona”. Recuerdo haber escuchado esa frase durante el partido y anotarla palabra por palabra porque no la podía creer. De pronto mi cabeza estallaba en restos significantes. “Gran pase de Menem para Maradona”, había dicho el relator mientras 50.000 tipos en la cancha de Vélez cantaban: “Flaco, no te vayas. Flaco, vení. Quedate a ver a Menem, te vas a divertir”. Era demasiado. No demasiado bárbaro, no demasiado horrendo, no demasiado populista ni demasiado condenable… era demasiado goce. Después de la pacata representación teatral de la política moral alfonsinista y sus tristes claudicaciones, lo que estaba pasando era un volver a vivir.

Obviamente, Menem ya había mostrado algunas de sus cartas al nombrar su gabinete, seguro que ya se podía sospechar su rumbo y condenar el hecho de propaganda en un país arrasado por el terror económico; pero lo que ocurría, ocurría a pesar de eso o, mejor dicho, golpeaba en otro lugar, porque los golpes de vitalidad que convocan al común en torno a la política, eso que podríamos llamar un encuentro, no responden a pasiones tristes como la denuncia, la argumentación o los programas de gobierno, sino al aprovechamiento de oportunidades subliminales durante las cuales está abierto el portal de los nuevos posibles. “Gran pase de Menem para Maradona”. Una sociedad que puede escuchar esa frase sin detenerse, que puede incluso gozar con su ocurrencia, estaba lista para escuchar cualquier cosa.

5.

Cansado de escuchar que la primavera alfonsinista había sido una alucinación lisérgica, comencé a agitar que el verano menemista había sido un estado de resaca de merca, una alteración de conciencia más interesante que el viaje blando demodé. Una lejanía blanca y acechante, una desconfianza en el mundo propicia para el retorno de la vida en forma de farsa. Receptividad para ese verano de peronismo al fin renovador. Porque lo de Menem más que una primavera fue un verano, un verano cíclico como el de las novelas de caballería, porque a diferencia del mito germinal de los primeros días de Alfonsín, en los que el regreso del rey hacía germinar libertades civiles reprimidas, los primeros días de Menen estuvieron caracterizados por el seguimiento, asombroso y festejado, de sus andanzas personales.

El país andaba a los tumbos, la inflación seguía por las nubes y encima los ministros se morían. Sin embargo, la atención estaba concentrada en el cotidiano despliegue de facetas presidenciales: tenista, aviador, basquetbolista, policía, golfista, militar. Es decir, mientras se asentaban los descalabros económicos que fueron antecedentes para la Ley de Convertibilidad, Menem instalaba la idea de goce que sería el sustento simbólico del uno a uno. En vez de presentarse como el ciudadano ilustre, se proponía como el individuo capaz de todas las tentaciones. En lugar de restringir sus impulsos múltiples para acomodarse a su atributo recién adquirido, utilizaba sus atributos presidenciales para gozar de sus impulsos multiformes, mediatizados, modelizados, y, por lo tanto, extensibles al común, de las fantasías básicas colectivas. El efecto fue liberador.

Durante su primavera, Alfonsín, al ser el garante de la libertad de todos de gozar de sus derechos, reforzaba la figura patriarcal del presidente. Durante su verano, Menem, al concentrar todas las posibilidades de goce sobre sí mismo, democratizó la investidura presidencial. Si el presidente deseaba y hacía cosas que podía desear cualquiera –jugar con Maradona, manejar un caza bombardero o viajar en Ferrari a Pinamar–, cualquiera podía ser presidente. La democratización de la investidura presidencial se volvería después invitación a comprender, aprobar y compartir su moral: si cualquiera puede ser presidente, cualquiera en lugar del presidente desearía hacer y haría lo mismo que Menem.

5.

“Un peso, un dólar”. Es una frase mágica, imbatible. La frase es autoría de Carlos Menem, quien la sintetizó después de ejercitar distintas variantes frente a Bernardo Neustadt en el programa Tiempo nuevo. Esa noche la imaginación política menemista encontró su síntesis, su pase mágico definitivo. “Un peso, un dólar” es gráfica, común, tangible, casi diría que es objetual. Todos pueden entenderla, todos pueden habitarla, todos tienen derecho a ella. Condensación mínima de las tesis sobre el fin de la historia, es antiideológica y es antiantitética, supera las dualidades liberación-dependencia y democracia-dictadura; es una frase consensual sin necesidad de consenso, porque su poder no proviene de su significado, sino de su performatividad mágica.

Es notable la similitud con el programa lanzado en julio. Si el rico y el pobre eran iguales en tanto niños, el peso y el dólar también pueden ser iguales en tanto monedas. Pero a diferencia de lo que sucedía en el invierno, hacia el fin del verano ya no era necesario que el presidente fuese la amalgama, el que venía a unir. El pase mágico funcionaba por sí solo. La democratización de la figura presidencial se había desplazado a lo económico encontrando su fórmula exacta; el truco no necesitaba mago, cualquiera podía ejecutarlo, era tan simple que hasta el conector era innecesario: el Estado desaparecía ahí dejando el truco en manos de los individuos.

En el análisis de ADN de los hechos políticos, a Alfonsín se adosa la democracia como hija; sin embargo, el padre de la convertibilidad, se piensa, es Domingo Cavallo. Creo haber despejado esta injusticia. La autoría de ese registro sólo puede provenir de un político experimentado, formado en la diversidad tensional del peronismo, capaz de leer las oportunidades tanto como los ánimos de las multitudes, no de un mero técnico quien, seguramente, en lugar de optar por el efecto mágico de la convertibilidad hubiese preferido el pragmatismo desanimado de una dolarización.

6.

El “uno a uno” comenzó a fines de marzo de 1991. Para entones Menem ya había gobernado más de un año y durante ese año había establecido condiciones simbólicas para la instalación de un nuevo pacto de representación. Ese pacto, lejos de la idealidad republicana, hundía sus raíces no sólo en el suelo fértil de un presente arrasado por el terror económico, sino también tradiciones fundantes de la resistencia plebeya en Argentina, desconfianza en la razón estatal, preponderancia del individuo sobre el ciudadano. Esas condiciones simbólicas son previas a la Ley de Convertibilidad y estuvieron relacionadas fuertemente con las características del liderazgo de Menem, quien traicionó su mandato de origen, pero lo hizo dialogando de manera lateral, si se quiere perversa, con sus fundamentos más resistentes.

El señalamiento de estas virtudes no denigra a las condiciones materiales necesarias para un nuevo avance en la opresión y el saqueo, sino que reclama su lugar dentro de sus condiciones de posibilidad. Menem no es un agregado ni un accidente. El salto depredador que se realizó durante los años 90 es impensable sin su talento político, sin su capacidad de ir más allá del impulso y del rasgo personal para transformar ese potencial en acción simbólica, concreta, en modo de perforar las condiciones de lo posible. Me explico: Perón daba puntapiés iniciales en los partidos de futbol; eso era propaganda. Menem jugó un partido entero con Maradona vestido de futbolista y con la camiseta de la selección; eso es ir más allá. En ese ir más allá –y la serie sucesiva y frenética de los más allá que desató– salió de la esfera de lo propagandístico para perforar el registro simbólico de su época abriendo un portal de sustentabilidad libidinal para el desastre.

Negar el protagonismo excluyente de Carlos Menem en ese proceso es lo mismo que aceptar una versión domesticada de la política, sin instinto, sin valentía, sin audacia, sin capacidad de ir más allá de los propios límites, sin avanzar sobre lo que no sabemos pero puede ser; es como querer un tigre, pero sin ojos ni bigotes, sin colmillos, sin garras, sin manchas en la piel.

7.

Cuando el Guasón ríe, la escena monstruosa desaparece, y lo siniestro no es la escena sino el Guasón en sí. Menem fue reelecto en 1995 a pesar de su primer plano, o mejor dicho, gracias a él. Creo haber por lo menos establecido una molestia en el argumento de que ganó gracias a la convertibilidad: en todo caso, ganó con ella. Es imposible pensar la simpatía que Menem conservó entre aquellos a quienes traicionó, incluso entre aquellos a los que hundió, sin comprender ese inicio tan fatalmente argentino y peronista, en el que se estableció un pacto extraño de democratización del goce en una sociedad vapuleada en sus capacidades de registro, hastiada y aburrida de representación teatral, preparada para aceptar el regreso de lo vivo bajo la forma espectacular de la farsa y la irrupción de su Jocker nacional desplegando, a modo de baile mediático, su cualidad de Mandinga.

¿Por qué puede ser importante dilucidar su poder más allá de cualquier tristeza? Porque sólo desprendiéndonos de los restos del hechizo podemos ir al hueso del programa de la carcajada siniestra: un mundo donde pueden explotar edificios y ciudades, entregarse a la infamia de la traición, sembrar hambre de pan y miseria de espíritu, destruir las redes de solidaridad y dilapidar recursos naturales, liberar asesinos y aplastar esperanzas, atrapando con la plenitud del goce toda la atención y el peso siniestro de la escena. El Guasón es un escenógrafo a gran escala, sus revueltas dementes devienen grandes coreografías; el arte de Menem fue más bien el de un productor meticuloso de un dispositivo mágico, que no aceptó el límite de lo imaginario y avanzó sobre el la matrix simbólica de lo nacional haciendo allí también el desastre necesario. Como la del Jocker, su imaginación política era gozosa y siniestra, sí, pero, sobre todo, tal vez en la historia reciente, su verano es el único ciclo que basó su performatividad brutal en la imaginación política.

8.

La imaginación política no nos pertenece, pero a diferencia de lo que ocurre con los opresores, para nosotrxs es indispensable. Ellos tienen otros modos de producir posibles; nosotrxs, tal vez no. Quizás la tristeza que aún me asiste a pesar de estas notas no tenga tanto que ver con la esperada muerte de Menem como con la falta que su ruinoso final señala. En definitiva, el programa libidinal y vitalista del verano menemista tiene más que ver con un impulso político transformador capaz de imaginar nuevos posibles y de crear nuevos comunes que con el disciplinamiento posibilista, el ejercicio permanente de la racionalidad de lo correcto, el regreso de una normalidad institucionalizada que garantice como techo el calamitoso estado de cosas en el que estamos. La multiplicidad pícara de caras, la danza de máscaras y fugas, el sentido del humor sagaz asaltando los lugares comunes de la moral, la conspiración para el goce corriendo los límites de la pacatería institucional, incluso el impulso de destruirla en una fiesta abyecta, nos provoca más que los despliegues morales de la grieta entre desigualdad artera o desigualdad con caridad cristiana.

En 2003 fuimos a un programa de radio con mi hermano Sergio Lánger. Ahí uno de los periodistas se refirió a Carlos Menem como una marioneta de su tiempo y de las fuerzas del mal corporativo; lo dio por muerto, “cadáver político”, dijo. Y nos preguntó qué era Menem para nosotros. Yo contesté que para mí Menem era una supernova, que allá lejos en el espacio había muerto, pero que acá seguiríamos viendo su luz por mucho tiempo. Entonces creí haber encontrado una buena metáfora para explicar la prolongación nefasta y vulgar de la herencia del mal de los 90 en la Argentina post 2001 sin renunciar a mi reconocimiento por su impulso jocker, su capacidad villana para bailar revoleando billetes de 100 dólares para que el desenfreno del goce inyecte más y más energía al desastre de muerte y destrucción.

Ahora siento, con dolor por lo que hay y sin ninguna tristeza por lo que Menem se lleva, que en la noche cerrada del presente que nos toca, aún aquello que es más aborrecible puede habernos enviado una lucecita efímera, una agonía con capacidad de alumbrar.

Rubén Mira es ensayista, humorista, comunicador, editor, coautor junto a Sergio Lánger de la tira La Nelly (diario _Clarín), autor de la novela Guerrilleros (una salida al mar para Bolivia) . Publicó Burroughs para principiantes y Cervantes para principiantes (junto a Sergio Lánger). Codirector de Red Editorial y la revista_ Ignorantes.

_Este artículo fue publicado originalmente por la revista Ignorantes.