Reflexionar a partir del documental Cómo ser feliz, de Ofelia Fernández, implica también pensar en quién lo protagoniza. Fernández, legisladora porteña y una de las figuras más jóvenes de la política argentina, se hizo conocida como referente feminista y militante del Frente Patria Grande. En el film, dirigido por Agustina Grasso, Ofelia no habla desde la tribuna sino desde la intimidad: una joven que se pregunta cómo encontrar bienestar en un mundo donde todo –la política, la identidad, los vínculos– pasa por la pantalla.

La película se apoya en una pregunta sencilla pero incómoda: ¿es posible ser feliz cuando se vive permanentemente observado? Lo que empieza como una reflexión personal se convierte en el retrato de una generación. La infancia con redes sociales, la adolescencia mediada por pantallas y la adultez construida entre algoritmos que producen una subjetividad particular: la de quienes nacieron conectados y ya no pueden imaginar la desconexión.

Esta generación nativa digital –la primera que creció frente a la cámara frontal– experimenta la vida como un flujo continuo de exposición. La imagen se vuelve biografía y la biografía, contenido. Lo que antes se escribía en un diario íntimo hoy se comparte en historias de Instagram o se confiesa en un tuit. En ese contexto, Cómo ser feliz muestra a la narradora como una figura que encarna esa paradoja: militante y celebridad, política y usuaria, activista y a la vez contenido de internet.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han describe este fenómeno como propio de la “sociedad de la transparencia”: una época que elimina toda zona de sombra, donde todo debe mostrarse, compartirse, exhibirse. Lo transparente, dice Han, ya no permite la distancia ni el misterio: sólo la visibilidad absoluta.

Esa exigencia de mostrarse se combina con otra, que él mismo desarrolla en La sociedad del cansancio: el mandato del rendimiento. No hay coerción externa, sino una autoexplotación constante. Cada uno es su propio jefe, su propio producto y algoritmo. El resultado, según este autor, es un sujeto agotado que vive en una fatiga silenciosa. Y Cómo ser feliz podría ser leído justamente como la puesta en escena de ese cansancio digital: el intento de seguir siendo auténtico mientras todo se vuelve espectáculo.

El insomnio, la ansiedad o la imposibilidad de “desconectarse sin culpa”

Esta generación Z (centennials) no sufre tanto por falta de libertad sino por exceso de estímulos. Varias investigaciones recientes, desde la psicología a la sociología, coinciden con esta lectura. El psicólogo británico Jonathan Haidt, por ejemplo, advierte que la exposición temprana a las redes sociales genera “una ecología emocional frágil”, marcada por la comparación permanente y la pérdida de concentración.

¿Cómo se habita un mundo donde todo se vuelve contenido? ¿Qué lugar queda para la intimidad, para el error, para la desconexión real?

Desde la sociología contemporánea, autores como Zygmunt Bauman o Sherry Turkle también han señalado el reemplazo del encuentro por la conexión: vínculos más amplios, pero más débiles; más visibles, pero menos sólidos.

Desde la mirada, el documental y sus preguntas exceden el caso particular. Hablan de una generación y de muchas que vienen después: la de quienes aprendimos a construir identidad frente a una cámara y pensar en clave de trending topic. Pero también la de quienes empiezan a intuir el costo de esa hiperconexión.

Ser feliz, en este contexto, no es alcanzar una plenitud constante, sino permitirse cierta opacidad, cierto silencio, cierta distancia frente al brillo de la pantalla. Quizás la búsqueda de felicidad que plantea el documental no sea una utopía individual sino una invitación colectiva: reaprender a mirar sin necesidad de publicar, compartir sin necesidad de exhibir, participar sin agotarse.

Si el siglo XXI nos enseñó a estar siempre disponibles, tal vez el desafío sea recuperar la capacidad de ausentarnos un rato –de no responder, de no mostrarnos, de volver a estar fuera del feed– sin sentir que nos desaparecemos.

Y ahí surgen las preguntas que quedan flotando: ¿cómo se habita un mundo donde todo se vuelve contenido? ¿Qué lugar queda para la intimidad, para el error, para la desconexión real? ¿Podremos imaginar una forma de comunidad que no dependa del algoritmo?, ¿o la vida sin registro ya nos resulta impensable?

Joaquín Andrade Irisity es estudiante de Historia en el Instituto de Profesores Artigas.