La deriva autoritaria de Donald Trump en su segundo mandato como presidente de Estados Unidos no sólo pone arriba de la mesa un camino hacia un capitalismo más autoritario o a un declive de la democracia del país del norte, sino que también pone en el centro de la cuestión a una corriente o movimiento que en el pasado causó problemas por sus desbordes e implicancias políticas. Me refiero al Romanticismo o, más bien, a lo romántico, porque el Romanticismo representó una época concreta.
Definir el Romanticismo, que tuvo sus inicios en el siglo XVIII, “es una trampa”, como dijo Isaiah Berlin en su libro Las raíces del Romanticismo. Sin embargo, sus implicancias y características fueron claras, sobre todo en su versión alemana: una noción del sujeto como unidad que vive, experimenta, siente y al que el mundo lo atraviesa por completo, y para el que en muchos casos la realidad no es suficiente; y una noción de vacío y disconformidad con respecto a lo existente, con una centralidad de lo propio como verdad ante lo objetivo como algo externo.
El Romanticismo fue una respuesta a la Ilustración, a la que acusaban de ser demasiado racional. Al decir de Rüdiger Safranski en su libro Romanticismo, la Ilustración “había escrito en su bandera la previsibilidad y la calculabilidad del mundo”. El orden explicativo que imponía la Ilustración desde su lado racional hizo que lo emocional quedara en un segundo orden. El Romanticismo fue una respuesta a ello, como bien dice Berlin: la centralidad de la ciencia y de la razón “fue tan lejos que el sentimiento humano, al encontrarse bloqueado por un racionalismo de este tipo, buscó una salida por otras direcciones”.
La época inicial del Romanticismo fue más bien producto de una necesidad estética y no agresiva; es decir, había que encontrar sentido en algo que estuviera más allá de la razón y de lo real, porque Dios estaba empezando a quedar atrás. Así, el arte, la literatura, los sentimientos, la imaginación, que estaban en un segundo plano, ganaron preponderancia. El Romanticismo fue, como dice Safranski, una continuación de lo religioso por medios estéticos.
Norbert Elias, en El proceso de la civilización, explica que Occidente tuvo varias etapas románticas a lo largo de su historia, que especialmente se dan en momentos de incertidumbre, cuando surge una cierta necesidad o voluntad de volver a un pasado idealizado, donde los individuos podrán encontrarse con aquello que ya no está, con esa falta. En el caso de Trump es volver a hacer grande a Estados Unidos.
Para que haya necesidad de volver, tiene que haber algo que dejar atrás. Y lo que Trump busca dejar atrás es lo que él entiende como corrección política, encarnada por lo woke y sintetizada en la batalla cultural, para suplantarlo por aquello que fue mejor, que en su caso es un nacionalismo que está caracterizado por una cultura blanca y masculina de lo estadounidense. No en vano Trump se ha rodeado, y jactado, del nuevo poder económico que engendró su país: los líderes de las tecnológicas, que representan muy bien estas características.
Paul Tillich, en La decisión socialista, sostiene que el Romanticismo como tal es conservador y quiere volver a lógicas que ya no existen, poderes originarios como el linaje, el suelo, la sangre. Como estos poderes ya no existen, Tillich considera que el nacionalismo romántico busca revivirlos, hacerlos rebrotar. La representación de una oligarquía económica, con los tech-bro de Tesla, Meta, Amazon o Google, viene a reconfigurar esa idea aristocrática: esta es la nueva élite, los nuevos integrantes de sangre especial. Honestamente, tiene un triste sentido si uno piensa en toda la lógica cultural que ha creado el capitalismo con la idolatría al millonario como estándar al que dirigirse.
A tono con esa noción aristocrática, no en vano Trump publicó, el pasado 19 de febrero en la cuenta de Instagram de la Casa Blanca, una imagen suya con una corona en la cabeza, con el mensaje: “Long live the King!” (Larga vida al rey). Además, se ha rodeado de la imagen de Dios, ya sea para representarlo a su lado como para él mismo identificarse como una figura religiosa. Han sido varias las publicaciones en redes sociales en las que se lo puede ver con imágenes o dibujos de Jesús de Nazaret tocándole la espalda en señal de apoyo o sentado a su lado cuando se enfrentó a un juicio en 2024. También Trump se ha glorificado a sí mismo: el pasado 19 de marzo publicó una imagen en su cuenta de Instagram en la que se lo puede ver rodeado de personas que le tocan los hombros mientras tienen los ojos cerrados, como alcanzando una especie de éxtasis religioso o conectando con algo místico que está más allá.
Obviamente, al asociarse a una religión de manera tan fuerte, se asocia a la moral. Trump se presenta como el bien. Y el bien lucha contra el mal. Esto recuerda a la frase de Peter Sloterdijk en su libro En el mismo barco: ensayo sobre la hiperpolítica, cuando se refiere a diversas figuras históricas, como Iósif Stalin o Adolf Hitler: “A los individuos de ese tipo les parece que el anuncio de que ‘Dios ha muerto’ tampoco es tan terrible mientras ellos estén allí para ocupar el puesto de Dios”. Trump, claro, no ha ido tan lejos como esas otras figuras, pero lo relevante aquí es la representación que le da aval, que permite construir su imagen, para llevar a cabo sus políticas a base de leyes ejecutivas, amenazas e imposición de autocensura.
La deriva autoritaria de Donald Trump pone en el centro de la cuestión a una corriente o movimiento que en el pasado generó problemas por sus desbordes e implicancias políticas. Me refiero al Romanticismo.
En 2022, Trump se refirió a su primera presidencia como un período “glamoroso” y “romántico” porque, según él, a Estados Unidos le iba bien. De este modo, no hay sólo una relación con el sueño, la ambición de ser algo mejor, sino también delirio, frenesí, extremismo, irracionalidad. Y es que no importa si a Estados Unidos efectivamente le iba mejor con Trump, lo que importa es la retórica del líder, su construcción narrativa que establece la verdad. El sueño se alcanza a toda costa, porque profiere identidad, da razón y sentido a la existencia. Por ejemplo, Trump ordenó cerrar la oficina estatal que publicaba estadísticas económicas como la inflación. ¿Qué importa un dato externo cuando se tiene por bueno lo que dice el líder?
De hecho, en el Romanticismo la verdad se construye a partir de lo propio, de la experiencia sensorial, de establecer un vínculo con lo real que tenga en cuenta la subjetividad de quien experimenta el acontecimiento. Eso está muy bien en términos artísticos, pero muy mal en términos políticos. La política de Trump, sobre todo la migratoria pero también la económica, se da en detrimento del otro, que es el inmigrante, lo extranjero, y que es lo que el mandatario en su narrativa representa como el mal, como lo que hay que rechazar para constituir y purificar el bien, que es lo nacional.
La problemática de lo romántico es que entra en juego “cuando hay desazón por lo real y acostumbrado y se buscan salidas, cambios y posibilidades de superación”, como dice Safranski. El filósofo alemán agrega que lo romántico “busca la intensidad hasta llegar al sufrimiento y la tragedia”, y sostiene que con esos rasgos “no es particularmente apropiado para la política”, porque el romanticismo “ama los extremos”.
El caso más triste y paradigmático de unión de lo romántico y lo político es el nazismo, no tanto por las ideas nazis en sí, que no eran estrictamente románticas, sino más bien por la encarnación de la figura de Hitler, que envolvió a una sociedad entera bajo su hechizo, como dice Safranski. Lo romántico del nazismo, continúa el filósofo alemán, estuvo en el desplazamiento “desde el individuo creador al pueblo, en el que se descubrió una sustancia poética, una facultad poética del pueblo”.
Se buscaba una creación no de una noción plural, sino de un gran singular: el pueblo, el alemán, el espíritu. Hoy en Trump vemos la creación de un gran singular, pero desde un punto de vista de contraposición: el inmigrante latino, lo extranjero, lo chino. Todo eso representa para Trump una invasión a lo identitario, que es lo real, lo verdadero. Lo propio ya estaría dado y, en este caso, no hay que construirlo, sino recuperarlo: por eso hay que hacer grande a Estados Unidos (de nuevo).
Berlin, por su parte, cree que el fascismo debe mucho al Romanticismo, debido a la imprevisibilidad de la noción de voluntad “tanto del hombre como de un grupo que avanza a grandes pasos, de un modo que no puede sistematizarse, predecirse ni racionalizarse. [...] Lo que dirá el líder mañana, hacia dónde nos llevará el espíritu, adónde iremos, qué haremos; no puede pronosticarse”.
Son varios los referentes de la ultraderecha que utilizan la imprevisibilidad como parte de su “lógica” espiritual: Trump, claramente, es uno de ellos, pero también el presidente de Argentina, Javier Milei. Hay una sensación de que prácticamente cualquier cosa que hagan estos líderes, en el marco de su concepción del bien, será bienvenida por sus seguidores porque ellos vienen a arreglar el país, a recuperar algo que se perdió porque tienen una verdad que sólo ellos poseen: es “el lema de que si la realidad no corresponde a mis representaciones, tanto peor para la realidad”, dice Safranski.
Este ultraderechismo de la actualidad bebe mucho de la herencia romántica del Romanticismo. Obviamente, porque nada es lineal, no lo hace con la plenitud de sus características y tampoco es una copia de otras representaciones políticas de ese espíritu. Por el contrario, se adapta a los tiempos que corren, toma ideas, emociones y las reproduce en el marco de nuevas lógicas. Resiste en él, eso sí, la sensación antipolítica, el rechazo a una noción de los seres humanos como sujetos políticos por excelencia. “Un hombre político me resulta repugnante”, había escrito Richard Wagner.
En definitiva, la tensión que nos ocupa hoy entre lo romántico y lo político es aquella que tiene que ver con lo que puede representarse y lo que puede concretamente vivirse, entendiendo a la política como el arte de lo posible. Esto no debe obviar el potencial de lo romántico en la vida en general (ni el aporte que el Romanticismo hizo al conocimiento), sino que debe mantenernos alerta ante sueños febriles y soluciones mágicas amparadas en el odio.
Es, finalmente, como señala Safranski: “Aunque lo romántico forma parte de una cultura viva, una política romántica es peligrosa. [...] Por otra parte, no podemos perder el romanticismo, pues la razón política y el sentido de la realidad no son suficientes para vivir”.
Martín Aguirregaray es politólogo.