Hace una semana comenzamos el día con noticias sobre bombardeos estadounidenses contra ciudades venezolanas, el secuestro de Nicolás Maduro junto con su esposa, Cilia Flores, y anuncios de Donald Trump sobre su decisión de consolidar por la fuerza el dominio, económico y político, de Estados Unidos sobre Venezuela y el resto de nuestra región. Fueron noticias pésimas y no hay contexto que las pueda convertir en buenas.
El futuro del pueblo venezolano y su postergado derecho a vivir en paz, con libertad, prosperidad y justicia, no dependían de la presencia de Maduro en el Palacio de Miraflores. Esto no es como una película de superhéroes o un videojuego, donde la derrota individual de un personaje les pone fin a todos los conflictos. Maduro no era una figura indispensable dentro del régimen que presidía, y la continuidad de ese régimen es hasta hoy un hecho en lo referido al control interno, aunque ahora bajo la amenaza militar y la voluntad tutelar del gobierno estadounidense.
Venezuela sigue necesitando una salida democrática soberana y sustentable, mediante amplios acuerdos políticos de su propia ciudadanía. Facilitarlos sigue siendo una prioridad para la región y el resto de la comunidad internacional. Los resultados deseables no llegarán por dádivas de Trump, quien ya ha dicho cuán poco tiene que ver la democratización con su arremetida. El argumento de que vale la pena entregar el petróleo a cambio de la libertad es tan indigno como falaz, mientras el pueblo venezolano es privado de ambos bienes.
Importa saber si hubo pactos y traiciones, pero no nos engañemos pensando que la agresión habría sido inviable sin complicidades internas. También es muy relevante comprender las cuestiones geopolíticas en juego, y el interés estadounidense en defender el asediado predominio del dólar. Pero nada de eso debería empañar la percepción del peligro claro y presente que implica este uso desenfrenado de la fuerza para el mundo, y muy especialmente para América Latina y el Caribe.
Ese peligro es independiente de que estemos ante un paso firme hacia la restauración del dominio imperial, como proclama Trump, o ante un síntoma revelador de su creciente decadencia, como señalan numerosos analistas.
Los acontecimientos futuros dependerán en buena parte de la política interna estadounidense, pero el resto del planeta tiene mucho que hacer en defensa propia. Esta coyuntura propicia la aceleración de decisiones estratégicas que contrapesen y amortigüen los nuevos riesgos, recuperando espacios para la diversidad y la autonomía.
Esta semana el Estado uruguayo adoptó una posición consecuente con sus definiciones históricas, suscribió un pronunciamiento firme junto con Brasil, Chile, Colombia, España y México, y dijo lo que había que decir en la Organización de los Estados Americanos. En la Comisión Permanente del Poder Legislativo, sin embargo, pesaron intereses menores y se perdió la oportunidad de afirmar que todo el sistema partidario coincide sobre principios básicos. A nuestro futuro le conviene, sin duda, el primer camino.