Esta semana Donald Trump avanzó en su intento de convertirse en el dueño del mundo mediante el lanzamiento de una Junta de Paz (JdP), con la potestad autodeclarada de intervenir en cualquier parte del planeta. La preside el propio Trump y depende totalmente de sus decisiones, empezando por la selección de quiénes pueden integrarla. Parece la corte de un emperador.

La JdP, que según Trump “podría” sustituir a la Organización de las Naciones Unidas (ONU), es una organización privada transnacional, cuya dirección no le corresponde al presidente de turno en Estados Unidos, sino, con nombre y apellido, a Trump. La palabra que se traduce como “junta” es board, el nombre habitual en inglés del directorio de una empresa, y Trump preside por tiempo indeterminado como chairman of the board.

En la JdP pueden participar quienes ocupan hoy jefaturas de Estado y de gobierno en otros países, si aceptan la invitación del chairman, pero ni ellos ni sus sucesores tendrán asegurado un lugar en el directorio. Allí estará Tony Blair, ex primer ministro de Reino Unido, pero en principio no estará el actual titular de ese cargo, Keir Starmer, preocupado porque Trump invitó al presidente de Rusia, Vladimir Putin. Este no ha respondido aún y está requerido por la Corte Penal Internacional para ser juzgado por crímenes de guerra, al igual que el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, quien fue invitado y ya aceptó.

Por otra parte, también integrarán el organismo personas que nunca han ocupado cargos electivos de gobierno, como los magnates Marc Rowan, director ejecutivo del fondo de inversiones Apollo Global Management, y Jared Kushner, yerno de Trump.

A fines de setiembre del año pasado, cuando el presidente de Estados Unidos anunció su plan para Gaza, señaló que sería supervisado por una junta de paz presidida por él, pero no dijo que sus actividades pudieran abarcar el resto del mundo.

En noviembre, el Consejo de Seguridad de la ONU decidió respaldar el plan y “darle la bienvenida” a la formación de la junta. La definió como un organismo de transición para coordinar la reconstrucción de Gaza, autorizado a establecer una “fuerza internacional de estabilización” transitoria bajo un comando que considerara aceptable.

Se abstuvieron de votar quienes representaban a China y Rusia, dos de los cinco países que integran el Consejo de Seguridad en forma permanente y con derecho a veto. El fundamento de la posición china fue que las referencias a la junta y a la fuerza militar no establecían con claridad sus estructuras, sus mandatos, quiénes las integrarían y con qué criterios serían elegidos. El embajador ruso fue más al grano y señaló que la resolución le otorgaba a la junta el “control completo” de Gaza. Esto es lo que puede ocurrir ahora en cualquier otro lugar controlado por la JdP, o sea, por su chairman.

Trump puede imponer su voluntad en tanto se cumplan tres condiciones. La primera y más obvia es que ejerza la presidencia estadounidense, que asumió hace un año con un mandato que se extenderá por otros tres. La segunda, que el sistema institucional de su país le siga permitiendo utilizar el poder económico y militar sin frenos ni contrapesos. La tercera, que no enfrente una oposición externa capaz de frenarlo.

Es posible que muchos gobernantes actuales asuman que los desmanes de Trump llegarán a su fin cuando Estados Unidos elija a un nuevo presidente, y eviten por eso los riesgos de la confrontación. Sin embargo, quizá Trump intente ser reelegido en forma inconstitucional, y, aunque tiene ya 79 años, quizá detrás de él hay quienes no están dispuestos a retroceder. Por ejemplo, los ultrarricos, los productores de armas, los totalitarios, los depredadores del ambiente. Quizá varios de sus actos tengan consecuencias muy difíciles de revertir si se aceptan como hechos consumados. Si la paciencia prudente se vuelve sumisión resignada, los costos serán enormes.