La semana pasada hablábamos de los desafíos que implican los cambios recientes en las relaciones internacionales para nuestro país. Por estos días, el ministro de Economía y Finanzas, Gabriel Oddone, explicitó las políticas que deberían sostenerse al respecto como un sistema de equilibrios geopolíticos en el que intervienen el mayor socio comercial en bienes de Uruguay –China–, el mayor consumidor de servicios uruguayos –Estados Unidos–, la zona desde la que ingresan las mayores inversiones –Europa– y el destino de las exportaciones con mayor valor agregado –los países vecinos–.

En ese esquema se ubica la actual misión uruguaya en China. Encabezada por el presidente Yamandú Orsi, estuvo integrada por empresarios, sindicalistas, representantes de instituciones públicas y, por supuesto, gobernantes. Esta semana surgieron desde la oposición críticas referidas a la amplitud de la delegación, pasando por alto lo que implica desde el punto de vista simbólico –no es poca cosa la reunión de trabajadores y patrones, por ejemplo– y también el hecho de que buena parte de la comitiva costeó su propio viaje.

Se trata, con todo, de una observación menor, más próxima a un ejercicio para mantener en forma la función de contralor de la oposición que a un verdadero cuestionamiento político. Por ese carácter casi ritual tal vez podría comparársela, ya que de China se trata, con la que lanzaban hace pocos años dirigentes del actual gobierno cuando el entonces oficialismo se manifestaba ante las violaciones de los derechos humanos en países de la región y se le reclamaban declaraciones similares respecto al país asiático. Tanto en la administración pasada como en esta, China es el principal socio comercial de Uruguay y nadie, ni entonces ni ahora, ignora el lugar del pragmatismo económico en el ámbito de la diplomacia.

Más compleja, en cambio, es la insistencia en exponer a la misión en China como una señal peligrosa de política exterior. Bajo el actual mandato de Donald Trump, el comportamiento de Estados Unidos en el plano internacional se ha vuelto más difícil de prever, pero ciertamente no necesita de figuras locales que le llamen la atención sobre dónde actuar con más dureza. Hacerlo puede tener, como consecuencia de menor magnitud, resultados perjudiciales para quien busca beneficios a corto plazo acudiendo a la intervención extranjera; fue lo que les ocurrió a los Bolsonaro en Brasil, que instaron a Trump a imponer sanciones económicas a su propio país y terminaron, lógicamente, del lado contrario al patriotismo.

Pero sobre todo, ese tipo de maniobra política genera deterioros en toda la comunidad, aun cuando el reclamo sea desoído por su supuesto destinatario internacional. Los tiempos exigen atención constante al movedizo panorama internacional y acumulación reflexiva para ir elaborando rutas de corto, mediano y largo plazo. Exponer discrepancias internas como si fueran divisiones tajantes, especialmente en temas en los que hay un generalizado acuerdo tácito, implica lo contrario de lo que se necesita: es una desinteligencia.