Una de las cosas que han quedado en evidencia en los últimos debates es que tenemos diferencias sobre lo que entendemos que el feminismo es, lo que representa en nuestras vidas y las certezas que tenemos sobre lo que debería ser.
Para mí el feminismo es central en la construcción de mi pensamiento político. Tanto la perspectiva de clase como la noción colonial y racial del funcionamiento social se convierten en perspectivas imprescindibles para mirar la realidad. Ser mujer, ser travesti, ser pobre, ser negra, latina, migrante, vivir en la periferia o en el Sur global hace necesariamente que tu vida sea distinta.
No obstante, creo que una de las cosas que más me resuenan es que, si bien en todos los sistemas existe un sujeto político oprimido, eso varía en relación con los contextos y es necesariamente relacional. Pensar en un feminismo para el 99% implica mirar desde las mujeres, pero no solo a las mujeres. Y este es un desafío cada vez más imprescindible en este contexto.
La violencia política gobierna Argentina. Inicia un gobierno que promete grandes retrocesos en derechos en Chile. Brasil está en medio de intensos debates electorales que traen a otro Bolsonaro a la escena. El presidente de Estados Unidos invade países los sábados, es acusado sin consecuencias de pedofilia y persigue y mata migrantes latinos. Un genocidio transmitido en vivo y en directo, acompañado por relatos validados de violencia contra niños y niñas en medios públicos. Una invasión en territorio latino frente a un gobierno que expulsó a millones de personas. El narcotráfico se ha convertido en un eje central de las economías latinoamericanas, dominando grandes territorios empobrecidos.
El sistema de dominación y violencia de la masculinidad blanca parece estar en su auge. En este contexto, tiene más sentido que nunca mirar el mundo desde el feminismo. En estos últimos años, en el marco de mis estudios de maestría, he estado leyendo, entrevistando y estudiando las nociones feministas sobre el poder. ¿Qué es ejercer o tener poder para el feminismo? ¿Se trata de contar mujeres en lugares de poder y considerar que eso alcanza para construir un mundo nuevo? ¿Qué sería un poder con verdadera capacidad de transformación?
Tengo la sensación de que, en tiempos de crisis de sentido, de sujetas solas, deprimidas y medicadas, de generaciones que no le encuentran la vuelta a la vida, la tarea más importante que tenemos desde la política es recuperar sentido: ponerles política a las ganas de vivir o devolverle un sentido transformador a la política. Imaginar un Estado y una política al servicio de vivir mejor requiere pensar en transformaciones profundas. No solo en cosas simples.
No obstante, esa sensación de estar perdidas, desahuciadas y solas, heridas y contusas –como dice Benedetti– es también una complejidad para el activismo. En un momento de baja de la ola, de avance desmedido del fascismo y de vidas cada vez más precarias, se vuelven difíciles las síntesis y los acuerdos. Durante este tiempo nos han pasado cosas. No solo nos pasamos nosotras, la guerra, la derecha y los derechistas; también nos pasaron los compañeros.
Fue y es muy difícil ser feminista dentro de la izquierda. Y aunque esto lo supimos siempre, en momentos en que “las cosas se ponen difíciles”, el feminismo y las feministas aparecen como un chivo expiatorio. Una de las operaciones más exitosas de la derecha global ha sido redirigir su violencia hacia los sujetos subalternos: las mujeres, las personas trans, las migrantes y las pobres. Y es justamente exitosa porque gana terreno en los relatos de la izquierda que plantean la necesidad de volver a las agendas centrales, anulando nuestras reivindicaciones concretas y acusándonos de haber ido demasiado lejos.
Sostener un feminismo anticapitalista y antirracista requiere mostrar qué significa eso en la vida. Frente a este mundo violento, el feminismo propone también otra forma de pensar el poder y poner en escena el cuidado como una forma de acción.
Ni nosotras hicimos todo bien ni siempre tuvimos razón. Nunca me gustó el feminismo moralista que pretende explicarnos cómo vivir como si se tratara de un nuevo dogma, como si pudiéramos ignorar lo que somos, lo que sentimos, lo que nos duele, lo que nos erotiza o lo que somos capaces –o no– de sostener con el cuerpo. Un feminismo sin contradicciones, compuesto de verdades indiscutibles. Siempre creí, en cambio, que la disputa era cultural: armar un sistema amoroso, empático, político y de sentido. Si el feminismo tenía una tarea, era incomodar los sistemas, resquebrajarse y abrir grietas que hicieran sentir otras cosas, que disputaran otras ideas, y que contaran historias de otras vidas.
Sostener un feminismo anticapitalista y antirracista requiere mostrar qué significa eso en la vida. Frente a este mundo violento, el feminismo propone también otra forma de pensar el poder y poner en escena el cuidado como una forma de acción.
La idea del cuidado como una perspectiva de poder me cambió profundamente la manera de pensar. Repensar el poder desde una noción de cuidado –y no desde la violencia– implica imaginar el mundo desde un lugar radicalmente distinto. Las corrientes feministas que cuestionan la idea de sujetos racionales escindidos de emociones y valores proponen transformaciones profundas en la manera en que pensamos a los sujetos y las relaciones sociales. La economía feminista propone justamente eso: entender que el cuidado de la vida, de las personas, de los animales, del ambiente y de todo aquello que sostiene la supervivencia de la especie es lo que hace posible la existencia humana. Sin embargo, cuidar, criar, sostener y hacer crecer no tiene valor en la escala productiva del capitalismo. Y son justamente las mujeres quienes realizan mayoritariamente estas tareas, muchas veces en condiciones de empobrecimiento y precariedad.
En un momento en que el modelo de organización del mundo basado en el empleo se vuelve cada vez más incierto y empieza a resquebrajarse, esta mirada adquiere un nuevo sentido. Asumir que somos interdependientes implica disputar el sentido mismo del modelo del capital, incluso en una era dominada por las plataformas digitales, por la inteligencia artificial y los algoritmos. Hay una transformación radical en el tiempo y en el espacio de la humanidad y también en su relación con las tecnologías. Empezamos a ser otra humanidad. Pero otra humanidad profundamente desigual.
El feminismo tiene cientos de años. Las feministas encarnamos nuevas y viejas luchas en cada generación, y muchas veces es poco lo que podemos transformar en el tramo corto de nuestro tiempo vital. Es entonces cuando la acción colectiva y de largo plazo adquiere tanto sentido. De todo lo que podemos perder, creo que el pluralismo, el valor genuino de las diferencias políticas y la movilización masiva es lo que no podemos resignar. La energía colectiva, la potencia de estar juntas, esa idea de que compartimos un sentido más allá de todas las consignas y las diferencias constituye una forma de acción política profundamente significativa.
Patricia González es politóloga y militante feminista. La autora agradece a las compañeras del Movimiento en Común por el pensamiento colectivo.