“Tenemos a la juventud y exuberancia de nuestra parte”. La frase pertenece al paleoconservador Paul Gottfried, quien se atribuye a sí mismo la coautoría –junto al supremacista blanco Richard Spencer– del concepto alt-right para referirse a la nueva derecha del siglo XXI, que inunda las redes con dos ideas conocidas: la incorrección política y la batalla cultural. Ambos han participado de diversos think tanks y medios de las derechas radicales,1 y han resaltado la importancia del rol de las redes sociales y su potencial, no solo por tratarse de eficaces canales de comunicación, sino también por estar desprovistos de corrección política y moralidad, estar caracterizados por una supuesta transparencia y desfachatez, y por los que deambula una juventud desencantada y descontenta con el sistema. De aquí debería abrevar la derecha alternativa (radical y extrema) para tomar el control de la web y su potencial como canal de comunicación y espacio público, y desde allí, el de los jóvenes.
No es casual que Donald Trump y Elon Musk sean los propietarios de Truth Social y X, respectivamente. Si tomamos en cuenta los artículos, estudios y encuestas que advierten de un corrimiento ideológico de las juventudes (y dentro de estas, de los hombres) hacia la derecha radical y la extrema derecha, podríamos decir que las estrategias insinuadas por Gottfried y Spencer –y antes por Alain de Benoist– han logrado éxitos importantes. Estos cambios están vinculados a la disminución de la confianza en la democracia por parte de las juventudes y su apoyo a opciones autoritarias. Existen autoritarismos de izquierda y de derecha, pero son los segundos los que están logrando mayor adhesión en tiempos recientes.
La frase de Gottfried da cuenta de una estrategia y una realidad: el problema no está en si estas juventudes son de derechas o no, sino si se acercan a las derechas radicales o extremas. Unas porque erosionan las democracias desde dentro hasta ponerlas en riesgo desde el cuestionamiento directo de sus pilares; las otras porque directamente plantean su inutilidad. Hace unos años esta afirmación podía ser débil, hoy tenemos los casos de Estados Unidos e Israel: Trump, el ICE y Minneapolis y un genocidio en Gaza (con orden de captura internacional sobre Benjamin Netanyahu por crímenes de guerra y contra la humanidad).
Los vertiginosos cambios de esta última década dan cuenta de un aumento de las derechas radicales en todo el mundo y de un deterioro de la confianza en la democracia; a su vez, estas realidades crecen en sectores de la juventud.
¿Y por casa cómo andamos?
Julio María Sanguinetti, en La Agonía de una democracia, argumentó que el quiebre de la democracia uruguaya se explicaba por una Revolución cubana que había inspirado y contagiado de un romanticismo antidemocrático a los sindicatos, a los intelectuales y a los educadores, y que desde estos el mensaje había “bajado” a los trabajadores y a los estudiantes, en definitiva: a los jóvenes. Los tupamaros habrían aprovechado esta oportunidad para cooptar a estos sectores en pos del derrocamiento de la democracia. Los jóvenes habrían sido seducidos por la izquierda antidemocrática.
En la representación sanguinettista, la juventud es un problema, porque dejada a su libre albedrío y accionar es peligrosa, inestable e imprudente. No es casual que él mismo fuera el principal impulsor –justamente como ministro de Educación– de la Ley de Educación del gobierno de Juan María Bordaberry, que llegó a ser denominada “Ley Sanguinetti”, y que fue muy cuestionada por importantes figuras de la intelectualidad, debido a su enfoque de control ideológico y disciplinario, entre otros aspectos. Décadas después, Guido Manini Ríos argumentaba que los resultados políticos de las elecciones 2024 eran consecuencia de la influencia que ejercía una parte de los docentes sobre los estudiantes, y la senadora Graciela Bianchi afirmaba algo similar sobre el rol de la Universidad de la República: los jóvenes del Uruguay estarían siendo adoctrinados.
Si siguiéramos esta lógica, debería haber un constante predominio de las opciones de izquierda por parte de los jóvenes de nuestro país. Pero esta lógica se muestra endeble, por lo que es preferible optar por la complejidad, la diversidad y los matices, pero por sobre todo no subestimar la inteligencia de nuestra juventud, sea de derechas o de izquierdas.
Algunos artículos e investigaciones dan cuenta de percepciones diferentes, como muestran Marcela Schenck (la diaria) o Tomer Urwicz (El Observador), quienes han reflexionado sobre estos movimientos hacia la derecha, así como su relación con el descreimiento en la democracia y la diversidad por parte de nuestros jóvenes. Los resultados de las investigaciones del Latinobarómetro 2023, el Reporte 18-Aristas 2022, del Instituto Nacional de Evaluación Educativa (Ineed) o el informe Juventudes: asignatura pendiente, de la Fundación Friedrich Ebert (FES), dan cuenta de enfoques similares, que indican un aumento en el descreimiento en la democracia y una disminución de la aceptación de la diversidad.
La erosión democrática no es exclusiva de las derechas radicales y extremas, pero tampoco se puede explicar sin el crecimiento electoral de éstas en la actualidad. Las victorias electorales de actores que han erosionado la propia democracia dan cuenta de un deterioro desde adentro del propio sistema, que se explica –parcialmente– por el creciente apoyo por parte de numerosos jóvenes, a tal punto de que un aspecto identitario de estos durante décadas, como la rebeldía, habría mutado hasta volverse “de derecha”, como señala Pablo Stefanoni.
Es verdad que la democracia uruguaya es una de las pocas categorizada como “plena” y que muestra los índices más altos respecto a esta categorización (Latinobarómetro y The Economist, entre otros). Pero el vaso tiene su parte vacía: nuestros jóvenes confían menos en la democracia y se muestran menos tolerantes frente a la diversidad como respuesta a los avances de una agenda de derechos que es percibida por algunos sectores como amenazante.
De los informes mencionados se desprende que hay un incremento en la aceptación del autoritarismo en desmedro de la democracia. Si a esto agregamos que psicólogos y educadores advierten de una dificultad cada vez mayor para frustrarse por parte de nuestros niños, niñas y jóvenes, que la misoginia y la homofobia se incrementan con base a la sensación de amenaza (que es respondida con violencia e intolerancia frente a la alteridad), entonces nos encontramos con el riesgo de minar los pilares mismos de la democracia: si no aceptamos la alteridad y lo diverso, ni saber perder y ceder, entonces lo que no estamos aceptando son sus bases.
La afirmación de Gottfried pone en duda los argumentos de Sanguinetti, Manini y Bianchi. Para bajar a tierra y trabajar sobre datos, y no solo sobre relatos, tenemos el informe del Ineed, que señala que alrededor de uno de cada cuatro estudiantes muestra acuerdo con que “los varones son mejores líderes políticos que las mujeres” y que estas “son las principales responsables de la crianza de los hijos”; uno de cada cinco está de acuerdo con que “en un hogar, el que debe salir a trabajar es el varón y no la mujer” y que “las mujeres son las que deben ocuparse de limpiar y cocinar”. Las mayores diferencias se observan entre géneros: el 63,2% de las mujeres manifestó estar muy en desacuerdo con la idea de que “los hombres son mejores líderes políticos que las mujeres”, frente al 30,6% de los varones; y el 66,3% de las mujeres está de acuerdo con que “hombres y mujeres deben recibir el mismo salario por el mismo trabajo”, en comparación con el 41,3% de los varones.
Además, los informes del Latinobarómetro 2023 y de la FES muestran una caída de la confianza en la democracia y una aceptación cada vez mayor de opciones que la erosionan (aceptación del autoritarismo y opciones dictatoriales): cerca del 82% de los ciudadanos uruguayos mayores de 60 años opina que “la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno”, frente a tan solo 58% de los jóvenes entre 16 y 25 años, y casi el 30% de estos está de acuerdo en que “un gobierno militar puede ser una opción viable en caso de crisis”, mientras que un porcentaje similar está de acuerdo en que “bajo ciertas circunstancias, un gobierno autoritario puede ser preferible a un gobierno democrático”.
Los números no respaldan la afirmación de que el progresismo o las izquierdas y su “agenda woke” estén ganando la mentada batalla cultural.
Se manifiesta un creciente desencanto con la democracia y sus instituciones, sustentado en una percepción de exclusión de un sistema que no los contempla: el 57% manifestó que “nunca o raramente conversan o discuten sobre política”, el 26% dijo que no lo hace porque “es un tema muy conflictivo” y el 13% porque lo “estresa”. Un 54% dijo “no tener interés en la política” y el 41% siente que “no sirve para nada”. Son mensajes y representaciones preocupantes sobre las perspectivas y la necesidad de debatir, intercambiar, negociar y reflexionar, y da cuenta de la percepción y representación sobre la democracia y el mundo de lo político, así como de las formas y la calidad de nuestros diálogos y debates, tanto en la esfera pública como privada, manifestándose una sensación de exclusión de la participación política.
Los números no respaldan la afirmación de que el progresismo o las izquierdas y su “agenda woke” estén ganando la mentada batalla cultural. Tanto los estudiantes de inicios de los 70 como los de hoy se vuelcan hacia la izquierda y hacia la derecha, pasando por el centro. La juventud fue y es diversa, compleja y cambiante, por lo que caer en simplismos o planteos dicotómicos sobre su realidad genera el riesgo de fortalecer prejuicios y estereotipos (que habitualmente se utilizan con fines discursivos a nivel del sistema político) y nos aleja de la posibilidad de interiorizarnos de forma empática con su realidad. Presentar a la juventud como influenciable e ingenua o infantilizar sus opiniones y posturas no hace otra cosa que alejarnos de explicaciones más inteligentes y fructíferas.
El medio vaso lleno: el sistema educativo
Al sistema educativo le cabe reflexionar sobre estas situaciones y sus causas, pero también responder a ellas. No hay agente educativo sin optimismo y proposición.
Partiendo de que la democracia es lo único no negociable, tampoco lo son sus pilares: empatía, tolerancia, negociación y aceptación de la alteridad. Es verdad que –como dice José Antonio Marina– no todas las ideas son respetables: el fascismo y sus versiones no lo son. Nuestra Ley de Educación define como uno de los objetivos de la política educativa el “formar personas reflexivas, autónomas, solidarias, no discriminatorias y protagonistas de la construcción de su comunidad”. Si la democracia implica, sí o sí, la alteridad y la diversidad, entonces los menores índices de aceptación de las diversidades (cualquiera sea su forma) y de empatía (como habilidad socioemocional) erosionan el único sistema político aceptado en nuestro contrato social. Las instituciones educativas tienen una tarea y una responsabilidad.
El informe del Ineed nos permite ver el medio vaso lleno, no todo son nubarrones: sus datos dan cuenta de cómo las instituciones educativas pueden mejorar estos aspectos. Por otro lado, el informe de la FES evidencia el interés de los jóvenes por ser incluidos y contemplados dentro del sistema político y el mundo de las decisiones.
Cuatro aspectos iluminan posibles estrategias: 1) cuando se evidencian altos índices de vínculos positivos de los estudiantes con sus docentes y adscriptos, esto repercute en los índices de aceptación de las creencias y actitudes de igualdad y apertura hacia la diversidad por parte de los estudiantes; 2) tener un mayor sentido de pertenencia con la institución educativa a la que asisten también se asocia positivamente con las creencias sobre la igualdad de género y apertura hacia la diversidad; 3) el abordaje del conflicto dentro de los centros educativos constituye otro factor positivo asociado a las actitudes de los estudiantes hacia la diversidad y la tolerancia; 4) y se confirma una asociación entre las actitudes positivas de los estudiantes hacia la igualdad y la diversidad y la sensación de seguridad contextual, existiendo una relación positiva entre la percepción de seguridad de los adolescentes con su apertura hacia la diversidad e igualdad de género.
Con base en lo anterior podríamos pensar una posible hoja de ruta: a) problematizar la desigualdad; b) fomentar una educación afectivo sexual basada en la empatía, el diálogo y la escucha; c) entender la educación ciudadana y democrática como una necesidad transversal que implique el abordaje interdisciplinar de forma explícita y no solo implícita; d) asumir –sin prejuicios– la necesidad de una educación financiera que aporte contra el mensaje hegemónico del self-made man y el individualismo, y que también ilumine sobre el rol de las finanzas en una comunidad: una ciudadanía que desconoce cómo funciona el sistema financiero es más vulnerable como comunidad, una comunidad que no piensa el sistema financiero (que es la actividad económica que genera mayor capital a nivel global) es más propensa a la dependencia y un sector financiero integrado por actores que piensen la actividad económica con responsabilidad social será más justo y seguro para la propia sociedad (basta recordar los fondos ganaderos); e) aprender y problematizar sobre la tecnología y la comunicación desde una óptica que implique el concepto de ciudadanía digital y la reflexión ética, que logre advertir riesgos y oportunidades, y que sea una herramienta para fortalecer los pensamientos creativo, científico y crítico, permitiendo crear y manipular la tecnología no solo para el fomento del desarrollo, sino también de la democracia.
En definitiva, la educación plantea oportunidades: acercarnos en el diálogo con nuestros jóvenes, generar un lugar seguro y contenido, y por sobre todo no callar y ofrecer nuestros espacios de aula para conversar, conversar y conversar, o mejor aún: debatir, debatir y debatir.
Juan Pablo Demaría es magíster en Historia Política y doctorando en Historia.
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El National Policy Institute, el Institut des sciences sociales, économiques et politiques (fundado por Marion Maréchal, nieta de Jean Marie Le Pen), la Nouvelle École (revista del Nouvelle Droit francesa) y The American Conservative (revista fundada por el político y periodista paleoconservador estadounidense Pat Buchanan). ↩