Los grupos anticomunistas que operaron en Uruguay en las décadas de 1960 y 1970 tienen elementos en común desde el punto de vista ideológico con sectores políticos y sociales en la actualidad. Estas similitudes pueden encontrarse en los discursos de dirigentes de partidos políticos como Cabildo Abierto, pero también de movimientos sociales tan dispares como Un Solo Uruguay y A mis Hijos no los Tocan. En esta segunda nota sobre el anticomunismo en Uruguay mostraremos algunas de estas continuidades, y ahondaremos en los vínculos religiosos de los sectores anticomunistas, en particular con la iglesia Moon.

El anticomunismo tuvo dos matrices diferenciadas en Uruguay, según la historiadora Magdalena Broquetas. Por un lado, la matriz de extrema derecha nacionalista, filofascista, con simpatías falangistas y fuertemente católica. Por el otro, la matriz liberal-conservadora. Mientras que la primera entiende que el comunismo es la antiesencia de la nación, la segunda lo cuestiona porque “corta la libertad de trabajo, la libre empresa, y atenta contra la propiedad privada”. “Para quienes tienen esta perspectiva, los ‘comunistas’ no son personas que son la antinación, el anticristo, sino que son personas que van a hacer que nuestras vidas sean mucho más desdichadas, porque no se va a poder trabajar libremente, no se va a poder tener derecho a la propiedad, y también se te van a meter en la casa y en la familia, en la cabeza de los niños, y los van a adoctrinar”, ejemplifica Broquetas.

La separación de los grupos representantes de ambas matrices en Uruguay fue muy marcada en la década de 1950 y hasta mediados de la década de 1960, pero a partir de entonces los contornos se vuelven más difusos. Antes de 1965, los grupos de la matriz nacionalista y filofascista –como Cruzada Patriótica Revolucionaria, Montonera, el Frente Estudiantil de Acción Nacionalista–, grupos pequeños desde el punto de vista numérico pero con acciones bastante impactantes porque agredían físicamente a militantes de izquierda, de vez en cuando lucían banderas nazis y tiraban alguna bomba, eran tildados de extremistas por los grupos de la matriz liberal-conservadora, que se autodenominaban “demócratas”. Dentro de estos últimos estaban la Juventud Uruguaya de Pie (JUP), el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y el Movimiento Nueva Generación. Pero sobre todo a partir de 1965, “estas diferencias que hay, sobre todo en lo discursivo, en la generación de una identidad” empiezan a difuminarse en la práctica, apunta Broquetas. “Fue lo que pude ver con el archivo de la Policía: estos grupos aparecen juntos, a veces tienen reuniones. Y muchas veces la financiación [de sus acciones] es compartida”, añade. Explica que en general sucede que las derechas, en tiempos de crisis, “se juntan, y cuando se juntan tienden a adoptar formas de acción de las derechas más extremas”. “Yo encuentro un trasvase de discursos y definiciones de la primera época, más asociados al nacionalismo anticomunista, que empieza a permear y a hacerse generalizado en la segunda época”, afirma la historiadora.

Este trasvase es notorio en el cambio discursivo que tuvo la JUP, que a partir de 1971 empieza a acercarse más a los grupos de extrema derecha y a la matriz nacionalista y filofascista: “Dicen que ellos son antiliberales, que quieren instaurar un nuevo orden, antiliberal, cristiano y sin marxismo. Son mucho más del estilo del fascismo falangista”, sostiene Broquetas. El historiador Gabriel Bucheli incluso encontró en la prensa referencias directas de la JUP al falangismo.

Los cabildos abiertos

El término “cabildo abierto” no sólo nos retrotrae a las instancias deliberativas abiertas del siglo XIX. También era un término con el que el dirigente ruralista Benito Nardone –declarado anticomunista– designaba a los actos políticos que realizaba, y que luego fue tomado por la JUP y, casi 50 años más tarde, por Un Solo Uruguay.

“La JUP ponía en su prensa, cuando hablaba de sus actos: hemos realizado otro cabildo abierto. Hay un tomar explícitamente trayectorias de Nardone por parte de la JUP”, asegura Bucheli, y cuenta que el propio Hugo Manini Ríos, dirigente de la JUP y hermano del líder de Cabildo Abierto (CA), Guido Manini Ríos, le dijo en una entrevista que la JUP estaba reciclando el ruralismo de Nardone. El ruralismo es, entonces, una de las líneas de continuidad de la extrema derecha en Uruguay.

En una nota anterior publicada en la diaria quedaron de manifiesto las continuidades entre la prédica anticomunista de las décadas de 1960 y 1970 y los discursos de algunos dirigentes de Cabildo Abierto en la actualidad. Desde que este partido político asumió por primera vez bancas parlamentarias, el 15 de febrero de 2020, se volvieron a escuchar en el Palacio Legislativo oratorias que recuerdan a otras épocas. En ocasión de la votación del desafuero del líder de CA, Guido Manini Ríos, el 30 de setiembre, en la Cámara de Senadores, el militar hizo un enfervorizado cuestionamiento al comunismo, entendido este en términos amplios, como fue definido en el primer reportaje. Manini Ríos criticó a la izquierda refiriéndose a “quienes durante décadas han envenenado el alma de generaciones de uruguayos, alimentando una fractura funcional a sus intereses políticos”, sostuvo que las ideas de estos grupos –sin precisar si se refería a toda la izquierda, a todo el Frente Amplio (FA) o sólo a algunos sectores– son “de neto corte totalitario y destructores de nuestras instituciones”. Y cuestionó que los comunistas hubieran celebrado “alborozados su aniversario, izando la bandera con la hoz y el martillo –la bandera soviética–, a la sombra de la cual decenas de millones de personas pagaron con su vida la lucha por la libertad”.

Lo oriental y lo foráneo, o qué tienen en común Soros y la CIDH

El rechazo al comunismo se vincula también, en CA, con la exaltación de “lo oriental” y la condena a todo aquello considerado “foráneo”. En esa amplia bolsa pueden caber tanto los dictámenes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) como los reclamos de la agenda de derechos, el feminismo, el accionar del millonario George Soros o las políticas “neocoloniales” de Estados Unidos. El senador de CA Guillermo Domenech, en ocasión de la discusión del desafuero de Manini, afirmó que durante los gobiernos del FA la gente estuvo “obligada a consumir un menú político insulso, cuando no destructivo, de las tradiciones sociales, políticas y jurídicas de nuestra nación, que pretendía la imposición de modelos foráneos, ajenos a los deseos y necesidades de nuestro pueblo, muchas veces alentados por organizaciones privadas generosamente financiadas desde el exterior”.

Luego Domenech se refirió, durante esa misma sesión, a “la mascarada de derechos financiada por grandes poderes plutocráticos que han invertido en el país para generar la ilusión de pseudoderechos que sólo han horadado la sociedad nacional”. “En definitiva, lo que en el país pretende llamarse izquierda come de la mano del neoliberalismo en lo económico y social, del plato de las grandes fortunas, entre las que se destaca la del director de la Open Society”, sostuvo.

Con el historiador Gabriel Bucheli: “Entre la JUP y Cabildo Abierto hay paralelismos fuertes”

¿Cuáles son los vínculos de la JUP con el ruralismo?

La JUP tiene una proximidad clara con la tradición del ruralismo, en sentido amplio. Cuando me refiero al ruralismo hablo de una tradición larga que comienza con la creación de la Asociación Rural del Uruguay (ARU), y que es un proyecto nacional: este país es una gran pradera natural y ella es un destino manifiesto para el Uruguay, y desde ahí se va a cuestionar el papel del Estado, la orientación que el Estado quiere imprimirle. Cuando el Estado se vuelva industrialista con el batllismo va a haber una condena a eso, al estatismo. La ARU, y después la Federación Rural, así como el programa partidario de Luis Alberto Herrera y de Pedro Manini Ríos, tiene que ver con articular todo eso.

En los 50 aparece una figura que encarna mejor que nunca nadie antes el ruralismo, que es Benito Nardone. Nardone funda la Liga Federal de Acción Ruralista. Ese movimiento era más bien como un gremio y le estaba disputando espacio a la ARU y a la Federación Rural. Incluso Nardone tiene un giro populista, porque señala a la ARU y a la Federación Rural como “los galerudos”, los estancieros que viven en Montevideo en barrios lindos, y él representa a “los botudos”, los que están metiendo la pata en el barro. Con ese discurso se hace muy popular en el campo, porque impacta en sectores mucho más amplios que sólo los estancieros ricos, aunque los estancieros ricos después ven que el programa es el de ellos: es frenar al batllismo, frenar al estatismo.

¿Qué más tienen en común? Nardone pretendió ser, y lo logró, una figura suprapartidaria: convocaba más allá de blancos y colorados, que es lo que la JUP dice explícitamente: respetamos a los blancos y los colorados, pero somos una savia nueva que representa a los jóvenes de hoy.

La viuda de Nardone, Olga Clerici, Juan José Gari, que era un industrial lanero cercano a Pacheco y a Bordaberry, y Juan María Bordaberry, los tres, poseían parte del paquete accionario de Radio Rural. Y le dan la radio primero como lugar de reuniones a la JUP y allí tenían la audición diaria de la JUP, que tenía repetidoras en todo el interior.

La bandera de la JUP era un cuadrante rojo y blanco, que recoge las tradiciones de los dos partidos fundadores de la patria. Adentro, la sigla con un círculo verde, que era el color de Nardone.

¿Se puede calificar a la JUP de fascista?

Para no caer en la simplificación de llamar fascismo a cualquier cosa, yo uso la expresión de un historiador francés “el campo magnético del fascismo”. En el antiliberalismo, en la antipolítica que promueven, empiezan a tener a nivel discursivo una proximidad neta con el falangismo, sobre todo en algunas consignas que empiezan a adoptar con mayúscula y negrita en su prensa: “revolución nacional” y “nuevo orden”. Deja de ser el discurso reaccionario frente a la amenaza de la izquierda, para ser el discurso revolucionario de las derechas. La reacción conservadora deja de tener sentido porque no hay nada para conservar: el sistema político se pudrió, los políticos ya no sirven para nada, para salvar a la patria hay que hacer una revolución nacional, los militares están llamados a cumplir con eso y la JUP también. Un día encuentro un ejemplar de Nuevo Amanecer, su periódico, donde un líder de ellos dice textualmente: “y marchará la nueva juventud, la cara al sol, camisas azules, hacia el porvenir”. “La cara al sol” es el himno de la falange española, que luego toma el franquismo, y la camisa azul era el uniforme de los falangistas que combatían en la guerra civil.

¿Cómo definen estos conceptos de “revolución nacional” y “nuevo orden”?

No vas a encontrar una definición clara. En todo caso, es más claro lo que quieren romper: la politiquería de políticos demagogos. El discurso es que los políticos traicionaron al país y no sirven, el mismo discurso que tenían los militares. Por ese lado, el nuevo orden es romper la política parlamentaria. El nuevo orden es que los sindicatos no manejen la economía (los sindicatos clasistas, porque ellos ven como buenos a los sindicatos corporativos). Se plantea que el Parlamento es una pérdida de tiempo y un gasto de recursos. Además, siempre está presente el fantasma del marxismo: dicen que el gobierno de Bordaberry, que es un gobierno bienintencionado, está contaminado porque no pudo sacar a los marxistas, que siguen allí, incidiendo en la política económica y en la educación en particular. Hay que terminar de sacar a los marxistas de la educación, dicen.

¿Qué continuidades ves de esos discursos en la actualidad?

Creo que CA tiene el mérito de haber canalizado ese imaginario largo de la historia en un nuevo partido. Siempre hubo expresiones sociales de derecha fuerte, que encontraban su nicho en el pachequismo, en la derecha blanca; pero nadie encontró el momento de organizarlos bajo un mismo espacio. La JUP fue un intento de eso. Lo que insinuó y no logró cristalizar la JUP lo logra Guido Manini Ríos. Y ahí [en CA] encontrás el nacionalismo, arraigo en valores religiosos, un concepto de nación cristalizado, excluyente. La idea de lo rural. Cabildo tiene una vocación de dirigirse a lo popular, al pueblo, en línea con la tradición de Nardone. Entre la JUP y CA hay paralelismos fuertes: percepción de amenaza, real o imaginada, de la izquierda empoderándose. En los 70 porque tomaba las calles y amenazaba de muchas maneras (amenazaba la moral juvenil, o amenazaba con armas en la guerrilla, o el FA como amenaza electoral). Me parece que ahora, desde otro ángulo, aparece la izquierda como amenaza. Recoge ese miedo que existe a la izquierda.

Para Bucheli, “hay un punto de coincidencia” en este sentido entre CA y la JUP. La JUP utilizaba el término “sinarquía” para referirse a una supuesta conspiración marxista, judía y masónica, y CA ve a Soros como “el judío millonario que ambienta y financia la agenda de derechos”, en una visión conspiranoica que desconoce el papel de los movimientos sociales en el impulso a esta agenda.

El mencionado rechazo a lo “foráneo” se extiende a otros campos, como la cultura. “Se imponen artistas y formas culturales promovidas desde los medios de comunicación masivos por potentes medios extranjeros que inundan la cultura nacional con sus mensajes”, se lamentaba Domenech durante la sesión del Senado del 12 de agosto.

Este cuestionamiento de lo “foráneo” lleva a estos grupos a criticar, por ejemplo, la relevancia que los gobiernos del FA otorgaron a las inversiones extranjeras, y el escaso apoyo que a su entender dieron a los productores nacionales. En este punto, el discurso de CA se emparenta con el de Un Solo Uruguay, organización con la que comparte además dirigentes e incluso una terminología en común: en 2018, cuando surgió, Un Solo Uruguay convocaba a “cabildos abiertos” para discutir sobre la situación económica del país.

En la sesión del Senado del 12 de agosto, Domenech cuestionó que el FA diera a los inversores extranjeros “condiciones de privilegio que no se reconocen a los nacionales, sometidos a un trato injusto, discriminatorio y perjudicial para el interés del país”.

Por otra parte, el discurso de Un Solo Uruguay tiene muchos puntos de contacto con el ruralismo de Nardone, en su exaltación del “campo” como la esencia de la nación y en su cuestionamiento al rol del Estado.

Broquetas sostiene que la matriz ideológica de CA es el nacionalismo de derecha y el ruralismo, y en su discurso se mezcla la “retórica de la orientalidad” con el rechazo a “lo foráneo”, también presente en otras derechas de la región. “Obviamente, después de que se cae el muro [de Berlín] el anticomunismo es otra cosa. Pero estas formas de antipetismo, antichavismo, de reeditar el enemigo externo con fines conspirativos, y exagerando la presencia, las alianzas de los grupos locales con estas ‘fuerzas del mal’ a nivel global o transnacional, se mantiene”, señala.

Bucheli explica que la JUP tenía “un concepto de nación que excluye a todo lo que no se reconoce en el ruralismo, en el anticomunismo”. “Yo lo defino como un nacionalismo esencialista y excluyente. Hay una mirada de que la nación cristalizó en una época remota y heroica; eso es la nación. Pedro Manini Ríos [político colorado de las primeras décadas del siglo XX], decía, criticando al batllismo, que José Batlle y Ordóñez era un tipo con ideas extranjeras”, recuerda.

En la sesión del desafuero de Manini Ríos, Domenech sostuvo que los “gobiernos que se autocalifican de izquierda o derecha” han seguido “sin chistar” las “consignas impuestas internacionalmente por los grandes centros de poder mundial”. Este tipo de discurso sintoniza tanto con los grupos de extrema derecha –como la JUP– como con el ruralismo, cuando se posicionan por encima de los partidos y se plantean como un movimiento que trasciende a izquierdas y derechas.

Al igual que los grupos de extrema derecha de la denominada “matriz nacionalista” en la década de los 50, 60 y 70, CA tiene un discurso que por momentos podría calificarse de anticapitalista. En el mismo sentido, la JUP, afirma Bucheli, tenía un discurso que “podía ser muy crítico, de modo simétrico, del comunismo soviético, por un lado, y del imperialismo y el capitalismo internacional, por el otro”.

Al mismo tiempo, reivindican para sí lo popular, cuyo dominio pretenden arrebatarle a la izquierda. En la citada sesión del desafuero, Domenech hizo una referencia crítica del FA que va en esta dirección. Afirmó que el FA “arrió” las banderas “artiguistas y populares” que en su momento supo ondear y, una vez en el gobierno, promovió la concentración de la propiedad de la tierra, contribuyó a la desaparición de la banca privada nacional y promovió la explosión de los créditos de consumo dirigidos a los más necesitados “a tasas de interés que en muchos lugares del mundo serían consideradas usurarias”.

Hispanidad, iglesia católica y Fuerzas Armadas

La matriz nacionalista identifica los orígenes de la nación en la época del virreinato. En ese sentido, instituciones como las Fuerzas Armadas y la iglesia católica son la base de la nación, preceden al Estado. “Para ellos la soberanía está en las Fuerzas Armadas, en la iglesia católica y en el virreinato: éramos parte de una misma cosa, con la iglesia que garantizaba la unidad. Y hay también una constante, que es la retórica antipartidaria: ellos fustigan al Partido Nacional y al Partido Colorado, que son liberales y propiciaron la creación de un Estado liberal que ven como un destino trunco. Por eso su verdadera nacionalidad es ser oriental, por eso también reivindican el federalismo”, afirma Broquetas.

La JUP era fuertemente católica, y ese componente se fue volviendo más explícito con el paso del tiempo, cuenta Bucheli. Las referencias católicas empiezan a ser permanentes, “y en muchos actos hablan líderes de ellos y algún cura párroco de la localidad”.

El 13 de octubre de 2020 el Senado realizó una sesión por el Día de la Hispanidad, en el que Domenech expresó que es “orgullosamente hispano”. “He heredado de esa España mi sangre, mi tez cobriza, mi lengua y mi fe. En 1492, bajo el impulso de esos grandes reyes de España que fueron los reyes católicos, se inicia esta obra, que sería continuada por otros dos grandes reyes, Carlos I y Felipe II, que fueron nuestros gobernantes. A veces, vemos esa España como algo distinto a nosotros, pero fuimos parte de ese enorme imperio, de esa enorme potencia”, manifestó.

Otro componente ideológico de los grupos de extrema derecha de los 60 y los 70 es el militarismo, y aquí hay otro punto de contacto con CA. En el caso de la JUP, según Bucheli, había “una cuestión de admiración y empatía por lo militar, por la estética militar, y había un recurso permanente a victimizar a los militares caídos en la lucha contra la sedición”. La JUP, de este modo, fue “lentamente señalando que los que van a salvar a la patria van a ser los militares”.

Finalmente, un tercer componente ideológico de los anticomunismos es lo que Bucheli denomina “antimodernismo” o lo que Broquetas llama “pánico moral”, que tiene una conexión notoria con las críticas de sectores conservadores y de derecha religiosa a la agenda de derechos, y que será analizado en detalle en una próxima nota.

Con la historiadora Magdalena Broquetas: “Yo vuelvo a ver pánico moral”

¿Cuáles eran las bases ideológicas de la JUP?

La JUP se presenta como un movimiento conservador, de raigambre ruralista, que sale a pelear porque le molestan los comunistas en la educación y en los sindicatos. Sale además a pelear por cambiar el estilo de vida en Uruguay, que encuentran “torcido”, y hacen marchas de la orientalidad, promueven el folclore bueno contra el canto de protesta, y dan batalla contra cierto tipo de cine, como el nuevo cine francés e italiano. Se dicen demócratas, y son conservadores y católicos. Esa JUP, después de las elecciones de 1971 y durante todo 1972, experimenta cambios bastante significativos. Yo no sé si muta tanto en lo que era, pero sí en lo discursivo. Y ahí es más explícita en lo ideológico: se definen como antiliberales, partidarios de instaurar un nuevo orden, antiliberal, cristiano y sin marxismo. Ostentan un estilo más cercano al fascismo de tipo falangista.

Es evidente que si mucha gente recuerda la participación de la JUP en hechos violentos en los liceos, en los actos del FA y en los comités de base, en algo la JUP tenía que ver.

En la primera etapa, la Policía vigila a los grupos de extrema derecha, entonces el archivo policial es riquísimo, porque se infiltran y los siguen como a los grupos de izquierda: es posible acceder a informaciones del tipo de dónde se reunían, quiénes eran, qué materiales producían o qué acciones planificaban. Eso ya no existe para la segunda mitad de los 60. Con la autodenominada “derecha demócrata”, en cambio, la Policía mantiene coincidencias y no vigila ni estudia sus acciones. No hay registros. Son los grupos que defienden los intereses por los que la Policía vela.

Cuando se forma el Escuadrón de la Muerte, se organizan varios grupos compartimentados. Según consta en la documentación desclasificada de los archivos del gobierno de Estados Unidos, en uno de estos grupos está la JUP. En esa misma fuente consta que uno de los hombres claves de este núcleo era Miguel Sofía.

Todo esto para explicar que la JUP era una organización muy compleja y que ha sido reticente a procesar públicamente una memoria histórica. Es un movimiento social conservador, que llegó a capas poco politizadas, a sectores conservadores, y que tuvo mucho arraigo en el interior del país. También cobijó a un núcleo fascistoide, violento, que operó para combatir la radicalización estudiantil, sindical y política que se estaba viviendo. Y es una organización que debe ser estudiada en sus vínculos con los brazos paramilitares y parapoliciales.

¿La estrategia de estos grupos era disputarle la cultura a la izquierda?

Desde fines de los 50 y principios de los 60 el sindicalismo clasista crece muchísimo, con un buen impulso de la industrialización por sustitución de importaciones. Es una clase trabajadora que es numéricamente muy importante y que tiene enorme capacidad de presión. Encima, entre 1961 y 1966 transita este proceso –que no es para nada usual en otras realidades– de unidad sindical. El anticomunismo de esa época es de un antisindicalismo brutal, hay constantes referencias al “poder sindical”. En simultáneo, en secundaria la matrícula crece muchísimo, y los sectores bajos y medios bajos acceden a la educación. Cada vez hay más estudiantes agremiados, politizados, y además los planteos gremiales de docentes y estudiantes no son estrictamente corporativos, se empiezan a transformar en actores que tienen soluciones para sacar al país de la crisis. La Universidad de la República empieza a radicalizarse y abandona el tercerismo que la había caracterizado. Después tenés la presencia de los sectores progresistas dentro de la iglesia [católica] a partir de 1968 y la creación del FA en el 71. A todo esto lo atraviesa, a partir del 67 y el 68, el “pánico moral”. Estos grupos ya han manifestado en otros contextos esta obsesión que tienen ahora con el tema de la hegemonía cultural gramsciana. La denuncia es en relación a varios planos: se nos están colando por la música, por el cine, por la vestimenta, por el gesto. Si uno ve toda la movida cultural que ellos intentan… bueno, tiene mucho de lo que fue poco después toda la movida de la orientalidad de la dictadura.

¿Hay continuidades del discurso anticomunista con la actualidad en otros ámbitos, no sólo en el político-partidario?

Obviamente. Después de que se cae el muro, el anticomunismo es otra cosa. Pero estas formas de antipetismo, antichavismo, de reeditar el enemigo externo con fines conspirativos, y exagerando la presencia, las alianzas de los grupos locales con estas “fuerzas del mal” a nivel global o transnacional, se mantiene. Pero también tenemos cambios muy fuertes en las derechas uruguayas en los 80 y en los 90, y esta cosa que es muy distinta de los 60, que es la idea de que no hay ideología, que está tan presente en buena parte de las derechas; no en Cabildo ni en la derecha más ideologizada, pero sí en la derecha de los 90, que se inserta en la atmósfera neoliberal. Entonces me parece que sí, que veo continuidades, en grupos que hoy están en cargos de gobierno, pero también en las redes sociales, en blogs. Se ve a nivel social esta retórica del “anti” vinculada a cosas que vienen de afuera pero que encarnan adentro. En algún sentido, se reedita la dinámica de que el otro es un enemigo con el que no puedo convivir, que está infiltrado por todos lados: en la escuela, por lo cultural, por lo que leemos, por lo que escuchamos.

¿Y el enemigo es el mismo que en los 60?

Hay todo un rebrote ahora que es contra la ampliación de los derechos, contra los movimientos de las mujeres y contra los movimientos de la diversidad sexual. Las líneas de continuidad se dan en la reacción: reaccionan ante cuestiones que suponen ampliación de derechos y de ciudadanía. Y es una reacción que tiene un retrogusto moral, cultural. Yo vuelvo a ver pánico moral.

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