Esta nota forma parte de un ciclo de artículos que está publicando la diaria sobre dinámicas de población y su vínculo con el desarrollo, en una iniciativa conjunta con el Fondo de Población de Naciones Unidas.

Andrés y María se casaron jóvenes y su primer hijo llegó también temprano. Ella trabaja en el servicio doméstico y él lo hace en la construcción. Luego de su segundo hijo, por conflictos diversos decidieron separarse. Él se ha juntado con otra mujer que también tiene hijos propios, ella ha quedado a cargo de los hijos y tiene problemas para que él le pase el dinero acordado para la manutención de los pequeños.

Javier y Fernanda se conocieron en la Universidad y se han ido a vivir juntos hace ya cuatro años. Con 30 años él y 29 ella no se han planteado tener hijos y, con un horizonte laboral incierto en el caso de Fernanda, está claro que por ahora postergarán dicha posibilidad. De hecho, cada vez más se van convenciendo de que no les interesa tener hijos.

Gabriel tiene 40 años, está separado de Laura, con quien tiene dos hijos, y vive solo. Está en pareja, pero sin convivir con Adolfo, que también estuvo casado y convive con su hijo del primer matrimonio, pero ahora ha encontrado en Gabriel a su pareja. Adolfo quiere casarse, pero Gabriel siente que es complejo, ya que implicaría un distanciamiento de Laura y de sus hijos, además de una carga financiera compleja para ser parte del nuevo hogar y además seguir apoyando a su exmujer e hijos.

¡Cuán lejos están estas vicisitudes personales y familiares del modelo de familia de padre trabajador, mujer ama de casa, hijos y unión para toda la vida! Son, sin embargo, historias comunes, bastante más que las del modelo normativo dominante.

Las familias, además de cumplir funciones básicas en el orden social dotando a los individuos de contención, sentido de pertenencia y afecto (aunque pueden ser también fuente de alienación, violencia y discriminación), son unidades claves de la distribución de recursos y tareas de una sociedad. Pensamos primero en el mercado y el Estado como las esferas más importantes que asignan recursos y coordinan acciones entre los agentes. Sin embargo, es en la familia en donde se produce y distribuye una muy importante porción de los bienes y especialmente servicios que reciben las personas: cuidados, alimentación, limpieza, educación, protección social y, por supuesto, transferencia de ingresos. Las familias son arreglos colectivos que delimitan fronteras entre un adentro y un afuera. Ese adentro habilita a sus miembros a tener preferencia en el acceso a recursos de otros miembros del hogar y también a cumplir con una distribución de tareas dentro de este.

Las familias son, por tanto, un sistema de enclosure (cercamiento) de recursos, y en tanto tales, un mecanismo de reproducción de la desigualdad. Pero son también una forma básica de protección social, especialmente para quienes no pueden acceder en forma autónoma a recursos y para quienes no son autovalentes. Si los mercados asignan recursos mediante la competencia y la señalización vía precios, y los estados lo hacen mediante acciones vinculantes con base legal y coercitiva, las familias lo hacen mediante sistemas normativos que definen reglas de autoridad y reciprocidad. Casarse, tener hijos, divorciarse, volver a unirse, dividir tareas en el hogar y fuera de este (como quien trabaja en forma remunerada y quien lo hace en el hogar en forma no remunerada) son acciones claves en la conformación de los arreglos familiares y sus dinámicas. El Estado y el mercado afectarán muchas tendencias de las familias, y los cambios que estas procesen a su vez impactarán en toda la sociedad.

En Uruguay desde 1980 a la fecha (y desde un poco antes también) se han venido produciendo un conjunto de cambios profundos en las familias uruguayas. Los más notorios y evidentes se manifiestan en la caída en las tasas de nupcialidad, el incremento de los hijos nacidos fuera del matrimonio (hoy más de 70%), el aumento de la divorcialidad y la separación de uniones libres con descendencia. Pero, paralelamente, se van produciendo otros cambios que interactúan y retroalimentan los ya mencionados. La caída de la fecundidad (hoy por debajo de 1,5 hijos por mujer) y la postergación en la edad de tenencia del primer hijo, la paulatina desaparición de los hogares con modelo de hombre ganapán y mujer solamente vinculada a las tareas del hogar, la creciente presencia de hogares monoparentales predominantemente de jefatura femenina, la concomitante aparición de hogares reensamblados en los que uno u ambos cónyuges ya poseen descendencia de uniones anteriores, y, acompañando el envejecimiento, la creciente presencia de hogares unipersonales con predominio de adultos mayores, son parte de la cambiante morfología de los arreglos familiares. Menos evidente es la creciente presencia de hogares con pareja estable, pero sin hijos, la consolidación y crecimiento de una minoría, pero con presencia estadística, de hogares formados por parejas del mismo sexo, y un descenso pausado pero consistente de los hogares multigeneracionales.

El Estado y el mercado se han ido adaptando lenta y fragmentariamente a estos cambios en los arreglos y dinámicas familiares. El reconocimiento de la uniones libres, el matrimonio igualitario, las reformas en las leyes y normas que regulan las transferencias de ingresos entre excónyuges, el avance en los cuidados a cargo del Estado con la obligatoriedad educativa a los cuatro y cinco años y la extensión de modalidades CAIF o similares, los cuidados para la población adulta mayor con problemas de autovalencia, el reconocimiento por parte de ciertas empresas de la importancia de flexibilizar horarios y sistemas de licencias para trabajadoras y trabajadores, son todos avances y modalidades adaptativas a familias que han visto disminuidas las cantidades de personas, los tiempos y la estabilidad para cumplir funciones de antaño y que enfrentan crecientemente situaciones de discontinuidad de los arreglos originales.

En definitiva, el mercado y el Estado reconocen, aunque en forma tardía e imperfecta, que el modelo de familia nuclear con división del trabajo tradicional entre los sexos, y que se imaginaba estable de por vida, es hoy un animal en extinción, o es al menos uno más pero no el dominante, con presencia minoritaria en el universo de arreglos familiares posibles. Esto es importante pensarlo como problema país, ya que estos cambios no son reversibles, y las personas, cuando deciden ingresar o salirse de acuerdos cooperativos para el cuidado mutuo y de la descendencia o de sus ancianos, toman en cuenta estas mismas tendencias que ven ante sus ojos en forma cotidiana.

En otras notas seguiremos profundizando en estos desafíos y en las claves que pueden darse desde el Estado y los mercados para transitar hacia arreglos familiares de multicuidadores y multi “ganapanes”, que reconozcan a su vez la fluidez y recomposición que en un mismo ciclo vital tendrán las personas respecto de sus conformaciones familiares y de hogar. En lo que resta de la nota nos detendremos en otro punto, si se quiere precedente y complementario para abordar el reto más general: la profunda desigualdad que presenta hoy la panorámica de los arreglos familiares en Uruguay.

Una revolución desigual y trunca

En 1996, Carlos Filgueira escribía su texto denominado “Sobre revoluciones ocultas”, refiriéndose a los cambios acaecidos en los arreglos familiares en Uruguay. Entre esa fecha y el presente, más cambios, y de una profundidad sin precedentes, se han producido en el país en materia de arreglos familiares. Los trabajos del programa de Población y Desarrollo de la Universidad de la República (Udelar) permitieron constatar la continuidad de este proceso y sus nuevas expresiones.1 En el imaginario popular seguimos pensando que la familia típica es aquella compuesta por padre, madre e hijos. Si bien ya no está presente el agregado de que el padre trabaja en forma remunerada y la madre cuida el hogar, aún tendemos a colocar cierto sesgo hacia ese tipo de hogares. Esa nunca, fue en rigor ‒y ya definitivamente no es‒, la realidad del país.

Las que podríamos denominar familias nucleares con hijos y jefatura masculina son, respecto de la suma de las otras múltiples formas de familias, una clara minoría en el país. De hecho, los hogares biparentales con jefatura masculina en 2018 alcanzaban apenas a 24,6% del total de hogares. Los hogares unipersonales eran casi 20% de los hogares en el país y los monoparentales casi 14%, siendo en su inmensa mayoría de jefatura femenina. Si consideramos solamente a los hogares con hijos a cargo (incluyendo aquí a los biparentales, extendidos y monoparentales), podemos observar cómo en tan sólo ocho años se produce un fortísimo cambio al observar aquellos hogares que declaran o inevitablemente son de jefatura femenina y aquellos de jefatura masculina. Los hogares de jefatura femenina pasan de 36% a 46%, en tanto los de jefatura masculina descienden de casi 65% a menos de 55%.

Foto del artículo 'Las revoluciones de las familias en Uruguay y su profunda desigualdad'

Este cambio en tan sólo ocho años, pero que viene de más larga data, torna aún más inaceptable las brechas de actividad, empleo, desempleo e ingresos entre hombres y mujeres. Si ello ya era inaceptable en el pasado por razones de derechos e igualdad, en el presente lo es simplemente porque hombres y mujeres ya casi son igualmente responsables principales de sus hogares. Y si observamos la distribución de los hogares con y sin hijos por quintiles de ingreso, la importancia de contribuir a sostener arreglos familiares diversos que permitan combinar los roles de cuidadores y ganapanes se torna absolutamente crítica para los sectores de más bajos ingresos. Más de 90% de los hogares del quintil más pobre son hogares con hijos a cargo. En el quintil más rico, tan sólo 35% son hogares con hijos a cargo. Las parejas jóvenes y mayores sin hijos y los hogares unipersonales representan 65% de los hogares del quintil más rico y casi el 50% del quintil siguiente. El gran esfuerzo de crianza de las nuevas generaciones se concentra en las familias del primer y segundo quintil más pobres.

Foto del artículo 'Las revoluciones de las familias en Uruguay y su profunda desigualdad'

Cuando observamos datos similares en hogares solamente biparentales y monoparentales se constata lo señalado y se agregan elementos para entender los desafíos futuros. Uno de ellos es que, como se puede constatar, el modelo biparental con hijos es predominante en los sectores más pobres. Pero lo es con un dato adicional importante. Este es también el modelo en el que más se da la pauta tradicional. Dependiendo de las formas de cálculo, casi 40% de las mujeres en estos hogares de los quintiles más pobres no pueden generar ingresos propios, en parte por la alta carga de cuidado que descansa en sus hombros. Por su parte, los hogares formados por parejas sin hijos, que son mayoría en el quintil más rico, poseen en mayor medida dos generadores de ingresos. Las capacidades y necesidades de generación de ingresos en estos extremos están inversamente distribuidas.

Foto del artículo 'Las revoluciones de las familias en Uruguay y su profunda desigualdad'

Los hogares biparentales con hijos son 50% del quintil más pobre y tan sólo 20% del más rico. La relación es inversa en las parejas sin hijos. 25,8% de las parejas sin hijos se componen tanto de lo que se denomina nido vacío (cónyuges de mayor edad cuyos hijos ya dejaron el hogar) como, crecientemente, de parejas jóvenes sin hijos. Por su parte, el gradiente por niveles de ingreso de los hogares monoparentales también es claro, con más de 18% de hogares monoparentales en el quintil más pobre y poco más de 8% en el quintil más rico. De hecho, ha existido un crecimiento de la monoparentalidad en los sectores medios y medios altos en el pasado reciente, pero ello no quita que estos hogares sigan siendo más frecuentes en los quintiles más pobres. La inmensa mayoría de estos hogares monoparentales son en rigor monomaternales, esto es, con jefatura femenina.

Hacer familias: desafíos futuros

Las sociedades sanas hacen familias, si por ello entendemos juntarse, cooperar, procrear y cuidar. Pero las formas en que hacemos familias han cambiado. Reconocer estos cambios es imperativo si queremos seguir haciendo familias. Implica, por un lado, reconocer los diversos cambios que se vienen produciendo dentro de las dinámicas familiares respecto de la división sexual del trabajo, y apoyar aquellas medidas que contribuyan a forjar familias cuyos adultos se corresponsabilizan de los cuidados y de la generación de ingresos. Por otra parte, es necesario que el Estado reconozca y apoye las cambiantes formas de las familias y la mayor fluidez de las personas en cómo hacen, deshacen y rehacen los vínculos familiares.

No es mediante un irreal retorno a un ideal tradicional de familia, que nunca existió y que cada vez tiene menos adhesión, la forma en que haremos más familia. Es mediante la capacidad de los estados y los mercados de reconocer la variedad intra e interfamiliar que lograremos forjar unidades familiares flexibles y robustas que apoyen la dura lucha de ganar el pan en la intemperie de los mercados, y la trabajosa pero hermosa tarea de cuidar y contener en el calor del hogar. También debemos reconocer que son las familias de los sectores de menores ingresos ‒en todas sus formas y variantes‒ las que hoy cargan con el grueso de la reproducción biológica y la crianza de las nuevas generaciones. Es urgente, por tanto, que esta nueva alianza entre Estado, mercado y familias brinde particular atención y dedicación a estos estratos. Nuevamente son los sistemas de cuidados, las licencias parentales, maternales y paternales, los apoyos económicos mediante asignaciones familiares y los sistemas de corresponsabilidad durante y ante la disolución de las uniones conyugales o de hecho las que abonarán el camino. También serán parte de sus ingredientes las garantías de acceso a todos los mecanismos de planificación familiar, junto al más amplio reconocimiento de las diversas y hermosas formas que nos damos como familias.

Fernando Filgueira es jefe de la oficina del Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA).


  1. Recomendamos al lector interesado que acuda a las producciones de Wanda Cabella, Ignacio Pardo, Mathias Nathan, Mariana Fernández Soto, Mariana Paredes, Martín Koolhaas, por nombrar tan solo a [email protected] de [email protected] excelentes exponentes que vienen produciendo el material que nos permite divulgar en estas entregas los avances en la comprensión de estas y otras dinámicas demográficas claves en el país. El sitio para navegar en los muchos aportes es https://cienciassociales.edu.uy/unidad-multidisciplinaria/programa-de-poblacion/publicaciones/. La responsabilidad en los aciertos es de ellos, en los errores es propia.