Para quienes hemos sido criados en la ciudad, el enterarnos de que existe algo que se llama “el campo”, y no es ni electromagnético ni de fútbol, desafía nuestras creencias.

Este columnista, valiente como es, decidió internarse en ese misterio, enfrentar sus miedos naturales (o construidos) e ir a conocer a ese tan mentado “el campo”, que en Google Earth no parece estar tan lejos como uno se imagina.

Las preguntas primarias desde donde desarrollamos nuestra investigación son las siguientes:

a) ¿para qué sirve?

b) ¿es realmente necesario?

c) ¿hay vida en “el campo”?

d) en caso afirmativo: ¿por qué aún no se han venido a vivir a la ciudad?

Los primeros metros luego de cruzar el anillo perimetral ya resultaron toda una revelación. Con la atención dirigida al suelo, uno empieza a notar que el piso firme, sólido y ordenado va dando paso a cierta pastosidad, que es justamente como le llaman al suelo en “el campo”: pasto. El pasto es lo que sale debajo de algunos árboles y alrededor de los bancos en los parques, pero allí se encuentra en mucha mayor cantidad, por doquier. Es, por lo general, del color verde de nuestros contenedores de basura, pero hay zonas donde se elevan por encima de él otras plantas con diversos colores, que no llegan a ser flores. Estas plantas seguramente están inspiradas en los batallones militares o las colas de algunos locales de pago, porque se distribuyen en largas filas, como de acá a Avenida Italia y Comercio (estoy en Propios), y más.

En cuanto a los pobladores: muy pocos. Casi no hay. Apenas divisé a lo lejos algunos niños bastante comunes y me crucé con otros adultos que llevaban pantalones anchos, sombrero y facón; seguramente estaban filmando alguna película de época. Pero, más allá de estos actores, es difícil encontrar a alguien a quien hacerle preguntas.

En cuanto a los animales: muchos y diversos. Podemos señalar tres tipos, que son los más notorios: unos gorditos, muy mansos, que llevan una alfombra por encima y de los cuales se extrae un líquido blanco al tironearles por debajo, y pasan comiendo el suelo (como si nuestros perros y gatos se pusieran a comer el parqué o las baldosas); otros más altos y elegantes, que en la ciudad se utilizan para cinchar de los carritos de la gente pobre o correr barras bravas, pero a los que en “el campo” sólo usan como medio de transporte, porque son muy buenos para subirse encima; y otros blancos, similares a perritos con buzo de lana, que van dejando bolitas negras, que no sé bien qué son, pero no tienen la solidez de una perla y tampoco el gusto de un poroto.

Otras cosas extrañas a señalar sobre “el campo”

A mi forma de ver, está poco higienizado; mucho polvo y tierra, como si no lo hubiesen barrido desde las épocas de Artigas; al no haber carteles ni semáforos, resulta muy complicado orientarse; hay tanto cielo que se hace difícil divisar algún edificio; no es buena la iluminación; de no ser por las estrellas (que son muchísimas más que en la ciudad), y a veces la luna, lo mismo sería estar ciego; y sus pobladores se levantan muy temprano (se ve que no son muy salidores) y se ponen contentos cuando llueve.

Como conclusión de mis investigaciones, podría afirmar que “el campo” no parece ser un sitio muy peligroso, algo aburrido tal vez, pero durante las horas en que estuve allí sentí como una gran paz, parecida a la que consigo en el baño de casa, y una sensación como si me hubiesen llenado los pulmones de un gasoil fresco, liviano y transparente, que no tuve que comprar porque venía de mí mismo. Lo googleé: se llama “aire”.

La verdad, no es que lo recomiende como paseo de fin de semana, pero sí como para irse a vivir allí.