Hace 40 años, cuando los militares en Argentina secuestraron a Norma Síntora, que estaba embarazada a término, Carlos impulsó una búsqueda que duraría más de cuatro décadas. No sabía siquiera si su bebé había nacido. Tampoco sabía si buscaba una hija o un hijo. Pero buscó y buscó, hasta que encontró a Marcela.

La noticia le llegó en abril. Las Abuelas de Plaza de Mayo, motor de los derechos humanos en Argentina, celebraron la recuperación de la nieta 129 y cerraron un ciclo lleno de esperanza para esta familia. Desde entonces, una nueva sonrisa se instaló en la cara de Carlos para no irse más.

Hace un tiempo, el papá de Marcela contaba a la diaria que “fueron años de espera, de mucha paciencia”. También recordó que “no estaba peleando contra un misterio” sino “contra una política de terrorismo de Estado”; siempre supo quiénes eran los responsables de que no haya podido criar a su hija.

Cuando se pusieron en contacto, después de la noticia, Marce –como le dice ahora su familia–, que está radicada en España, empezó a valorar la posibilidad de viajar a Argentina para que pudieran reencontrarse. Tenía intenciones de viajar en agosto, pero la sangre tiró y la visita se precipitó. Viajó en mayo con Miguel, su compañero, y las hijas de ambos, Julia y Camila. Se quedaron en Córdoba, en la casa de Marcos, su hermano mayor, que también sufrió la dictadura y fue criado por sus abuelos, porque sus padres “no podían garantizarle la vida”. El hermano menor de los dos, Martín, “Marto”, cuenta que “la relación fue fluyendo y Marcela quiso viajar antes”. Marto es el único hijo de Carlos que nació en democracia.

En mayo viajaron todos a Córdoba para encontrarse por primera vez. Por sugerencia de Marcos, “para ir escalonando las emociones”, Marcela y Marto, con sus respectivas parejas, se encontraron primero en Buenos Aires. “El encuentro fue en Aeroparque y viajamos todos juntos a Córdoba”, cuenta el hermano menor. Cuando llegaron a Córdoba, en el aeropuerto los esperaban Carlos y su pareja, Ana Payotti, la mamá de Marto. También estaban Marcos, su pareja, Laura, y los dos hijos de ambos, Jano y Bastian. “Laura fue una pieza fundamental en toda esta historia”, dice Marcela, que describe a su cuñada como un apoyo muy importante.

La estadía en Córdoba sirvió para empezar a conocerse y compartir. “Nos quedamos unos días en familia”, resume Marto. En esos días también los visitaron tíos, primos y hermanas y hermanos de la vida de Carlos y Norma.

Marcela se fue por unos días a Mendoza, donde vive la familia de su compañero, mientras la familia montevideana volvió al país. Ella cambió de planes y resolvió volver unos días a Córdoba para estar más tiempo con su hermano Marcos. “[Después] se encontraron con papá en Buenos Aires, mano a mano, para poder charlar a solas”, cuenta Marto, quien antes de que su hermana regresara a España viajó a Buenos Aires para verla una vez más.

Tres meses después, en agosto, pudieron volver a reunirse. Las Abuelas de Plaza de Mayo tienen un archivo familiar para los nietos recuperados. El archivo tiene recuerdos familiares, fotos, grabaciones y entrevistas a las familias que se hicieron durante todos estos años. “Hay entrevistas a mi abuela, al abuelo de ellos y otros familiares más. Le entregaron eso a Marce y la familia fue a acompañarla”, relata el menor de los hermanos Solsona.

A fines de setiembre, Carlos y Ana se fueron a España a estar en familia y pasaron tres semanas en la casa de Marcela. Volvieron hace unos días, cargados de emoción.

Carlos, que hoy tiene 70 años, sigue sosteniendo que al Carlos de 30 le diría que “estuvo bien en no aflojar”. Porque su persistencia en la búsqueda hizo posible que hoy puedan estar todos juntos de nuevo. Marcela quiere que esta historia les quede a los más chicos de la familia: Jano, Bastian, Julia y Camila.

Marcela

Marcela contó a la diaria que “desde la confirmación del análisis hasta el ansiado momento de los abrazos he pasado por todos los estados que se puedan imaginar”. Pero nunca tuvo miedo ni tristeza. “De entrada mis hermanos me transmitieron mucha seguridad y confianza, y gracias al apoyo de ellos pude luego dar el siguiente paso, que fue el acercamiento a mi viejo”, cuenta la hija del medio de Carlos.

La comunicación fluyó. “En las semanas previas a abrazarnos estábamos mucho en contacto por Whatsapp. Todos los días nos contábamos algo sobre nuestras vidas, eran como diferentes capítulos. Obviamente empezamos por los temas más importantes: música y equipo de fútbol”, cuenta y se ríe. Después siguieron hablando sobre los amigos, los amores, los trabajos, la infancia “y todo eso sobre lo que nos privaron de hablar antes”.

Marcela dice que “todo fue muy fácil” y lo recuerda “como momentos muy lindos”. Cada tarde, cuando volvía a su casa, Miguel, su pareja, preparaba unos mates y le preguntaba: “¿Con quién hablaste hoy? ¿Qué te contaron? ¿Qué pudiste decirles?”. Recuerda que su pareja le decía que la veía “radiante de felicidad por todo lo que estaba viviendo”. También cuenta que tuvo, y sigue teniendo, algunos momentos complicados en los que se ha tenido que “replantear y asimilar muchas cosas”. Dice que “gracias a todo el apoyo de ellos lo hice y lo sigo haciendo”. Marcela resalta que más allá del cariño y la comprensión, “se han destacado por el respeto con el que me han tratado a mí y a mi vida”, y que por eso “el encuentro fue tan deseado, y esos abrazos fueron tan apretados”.

Sobre el momento del encuentro, dice: “No me voy a olvidar más del momento en que salí del aeropuerto. Iba caminando por el pasillo y vi las caras de Marcos y Carlos. Le dije a Miguel ‘no salgo’ y le apreté fuerte la mano. Pero obviamente iba a salir, lo tenía claro. Cuando salí ellos estaban de frente. Marcos se movió hacia mi izquierda y me abrazó”.

Carlos, Marcela y Ana. Gentileza familia Solsona Sintora
Carlos, Marcela y Ana. Gentileza familia Solsona Sintora

Los abrazos fueron seguros. “Tuve la sensación de estar a salvo”, cuenta. “Fue muy lindo, uno de esos momentos eternizables. Como dice mi cuñada Laura, ‘momentos mágicos’”. Esa es la mejor forma que encuentra de definirlo.

“Se ve que nuestras células se reconocieron por vibrar en la misma sintonía, por eso todo fluyó”, dice Marcela, y agrega que le dijo esa frase a Marto y él se encarga siempre de recordársela. “Con Marcos fue sentir a nuestra mamá presente entre nosotros. Algo de eso hay, estoy segura”, relata.

Marcos, hermano mayor

Marcos fue el primero que se enteró de la noticia. “Fue con el llamado de Abuelas, no me dieron detalles pero me dijeron que tenía que estar en Buenos Aires al otro día”. Viajó con José, su tío, que siempre lo acompañó. Los detalles se lo dieron Estela de Carlotto y Alan Iud, abogado de Abuelas. Pasaron tres largas horas hasta que llegó su papá y hablaron por teléfono con Marcela por primera vez.

“Le pasé mi contacto para que ella se comunicara cuando quisiera”. Al rato empezaron a escribirse y se presentaron mutuamente a sus familias por foto. “Al otro día hablamos por teléfono y ahí nos empezamos a contar un poco sobre nuestras vidas”; desde ese momento tienen contacto diario.

Cuando Marcela viajó a Córdoba se quedó en su casa. “Aprovechamos el tiempo lo máximo posible, trasnochando todos los días, mucha charla”. Para intentar seguir reparando la historia, “la segunda noche le dimos casi todos los recuerdos que teníamos de Norma, nuestra madre”. Para el hermano mayor, “en esos días se generó ese lazo afectivo que buscábamos todos y desde ahí seguimos construyendo día a día”.

Marto, hermano menor

Marto y Lucía, su novia, fueron los primeros en encontrarse con Marcela. Fueron con tiempo a Aeroparque, el punto de encuentro, “y parecía que el momento no llegaba nunca”. “Ahí te ponés a pensar cuál es la mejor manera de reaccionar para el otro”, dice Marto, cuya duda era cómo reaccionar de modo que “para ella fuera lo más fácil posible”. Sabía que apenas llegara le iba a dar un abrazo. “Cuando llegó y la vi fue inmediato”: llegó el tan ansiado abrazo. Cuenta que su hermana “estaba súper nerviosa” y “no sabía ni para dónde mirar”. Marto dice que “estaba preocupada por lo que tenía que hacer, y en realidad en ese momento no tenés que hacer nada”.

Cuando llegaron a Córdoba, Marcela atinó a ir a buscar las valijas. “No, no, vos andá saliendo que nosotros te llevamos las valijas”, le dijeron. Fueron caminando atrás de ella con el carrito de valijas. “La veía nerviosa, entonces le dije a Lucía: si se queda acá la saco para afuera en el carrito”. Pero no fue necesario, Marcela salió y “se dio tremendo abrazo con Marcos”. “La cosa fue de menos a más, como toda relación, agarrando confianza. Con mi hermano es brutal, tienen una simbiosis impresionante, fluye entre ellos de una forma increíble”, dice Marto.

La dinámica empezó a ser más desenvuelta, “con una emoción permanente, con charlas que se fueron dando, con el recuerdo de Norma siempre presente”.

La relación se mantiene y buscan cruzarse lo más posible. Cuando se volvieron a ver en Buenos Aires, dice que “estaba eso de querer volver a vernos, de querer abrazarnos”. “Obviamente no crecimos juntos y no nos conocemos desde ese lugar, pero se ve que tenemos muchas ganas de estar juntos”, agrega.

Estos meses, que fueron de campaña electoral, “con los desafíos particulares que hay por delante en esta elección”, les tocó “revivir algunas cosas”. Más allá de eso, están disfrutando el momento. “La gente se va enterando de que nos vimos y eso genera muchas cosas. Marce tuvo la iniciativa de mandar un mensaje y eso activó un montón de cosas, estamos a pleno todos juntos”, dice.

Carlos, padre de Marcela

Carlos prefirió escribir en vez de hablar: “Si hablo se me van a notar los ‘nudos’ que me aparecen cuando hablo de Marcela y sus encuentros, así que trataré de escribirlo, aunque no creo que me resulte más sencillo”. Y pudo escribir: “Lo primero es el abrazo, un abrazo fuerte, prolongado, contundente, como para que dure, como para compensar todos los abrazos que nos quitaron antes”.

Cuenta que Marcela “es muy expresiva, reflexiona mucho y no se guarda nada”. Pero “luego del primer abrazo de cada encuentro se queda un rato sin palabras”. Confiesa: “A mí me pasa lo mismo, y lo aprovecho para no llorar abiertamente”.

El interés de Marcela por la historia de la militancia de los años 70 va apareciendo a medida que quiere descubrir más sobre la historia cercana. Cada momento que logran a solas lo aprovechan “para mover archivos”. Tienen un acuerdo para hacerlo: “Empezamos preguntándonos lo primero que se nos ocurra, sin precauciones de ningún tipo, y con el previo acuerdo de que cualquier ‘torpeza’ o ‘pisotón’ se arregla instantáneamente con una disculpa pedida con sonrisas”. Este método lo eligió Marcela. Su papá cree que es una estrategia para lograr una mayor soltura de su parte, porque, según dice, “la simpatía se la llevó a examen”.

Carlos dice que está “sinceramente orgulloso de ver en Marcela los genes de la sensibilidad e inteligencia de Norma, su madre”. Relata emocionado que “es impresionante su sed por conocer a su madre”. Para eso, “busca, pregunta e incorpora a su saber todo lo relativo a ella, empezando por las características más básicas de lo que era Norma en su vida diaria”. “¿Recordás su voz?”, fue una de las primeras preguntas que le hizo.

“Su conciencia de ‘bebé abandonada’ va dejando paso a la verdad descubierta gracias a 40 años de búsqueda y a la labor formidable de las Abuelas de Plaza de Mayo. Y como frutilla del postre: se siente parte del clan Solsona Síntora, que tanto cariño le demostró cada vez que hubo algún encuentro personal”, cuenta Carlos con emoción.

“Sin filtro, a lo Marcela, mi nena”, es la frase que elige este papá orgulloso para mostrarse dispuesto a seguir el intercambio.

Ana, pareja de Carlos

Para Ana, “desde la nebulosa que era pensar en una niña o un niño apareciendo milagrosamente un día, anhelaba que fuera una niña, porque había demasiados hombres en esta familia: dos hijos y dos nietos varones”. Además, para ella, “una mujer aporta otra dimensión a las relaciones humanas, derriba muros y murallas”.

Cuando surgió la noticia, a la que define como “esa iluminación que fue saber que existía”, se puso muy contenta aunque por momentos le costó caer, “me parecía un sueño, que no era verdad”.

Después empezó a imaginar su cara y su forma de ser. Imaginó mucho, hasta que se encontraron en la puerta de ese aeropuerto y “ahí estallaron los sentimientos aprisionados por décadas”. Lloró como todos, y al abrazarla dice que sintió “su orfandad”. “Abracé un cuerpo arrancado de su origen, de su madre”.

Ahora que han pasado seis meses y ya se vieron en tres oportunidades, cuenta que la va conociendo. “Siento su fortaleza y a la vez esa gran necesidad de amor, siento que quiere saber, conocer su identidad, sin prejuicios, siento que quiere recuperar todo este tiempo perdido, arrebatado”. Describe a Marce como vital, “valorando lo importante de la vida”.

Ana está feliz y no lo disimula. “Marce tiene una linda familia, dos hijitas hermosas que me dicen abuela y me piden que les cuente cuentos. ¿Qué más se puede pedir a esta hermosa relación que se va construyendo con los brazos abiertos?”

“La búsqueda termina cuando encontremos a todos”

Esta familia no quiere dejar pasar la oportunidad para que todo aquella o aquel que tenga dudas sobre su identidad se acerque a Abuelas de Plaza de Mayo. “Van a ser recibidos por personas que buscan, buscaron o fueron encontrados, que saben qué y cómo se hace, que nunca los van a exponer, van a ser cuidados”.

Dicen que hay que darse cuenta de que “puede haber una abuela o un abuelo que busca hace más de 40 años y por una cuestión biológica ya le queda poco tiempo, puede ser la última oportunidad que tiene de compartir con ellos”. “Nada malo resulta de recuperar tu identidad”, asegura la familia Solsona Síntora Payotti.

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