Por el gusto de bolacear

El bolacero no es el primer libro para niños que publica la joven editorial autogestionada Factor 30. Su antecesor, Caracúlico, con textos de Lorena Hugo, también había sido ilustrado por Luisa Sabatini. En este caso, se juegan por un formato diferente: está armado como un acordeón y admite una lectura por el derecho y otra por el envés. La apuesta por hacer del libro también un objeto con el que jugar se refleja en el texto de Mariano González, que homenajea a la palabra “bolazo” en su frescura coloquial y la rescata de su condición un poco demodée.

La historia es sencilla: unos niños van por la calle y encuentran a un viejo extraño, de larga barba, que se presenta como un “bolacero”, es decir, alguien que se dedica a recolectar, transportar y repartir bolazos. Todo el texto es un diálogo un poco absurdo entre los niños y el viejo –los dos extremos de la vida, a los que se les permiten ciertas licencias, como traficar bolazos o dedicarse sin tapujos al disparate–. El nudo de la cuestión es esa palabra de significado difuso, vago, que suena un poco fuera de lugar, un poco misteriosa. Los niños se cuelgan a la ambigüedad de la charla, toman el cuento del viejo como lo que es: de alguna manera, en sí mismo, un bolazo; es decir, un disparate que puede enmarcarse en el nonsense.

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En ese guiño metalingüístico radica el encanto de El bolacero. Pero no se agota ahí, sino que abre la posibilidad de seguir dándole vueltas y hacer otras búsquedas, fuera de sus páginas. Si se lo lee por el envés, el libro ofrece la letra de “La canción del bolacero” (https://www.youtube.com/watch?v=UOjhD8ZId6Y) y unas cuantas páginas libres, con renglones, en las que se invita a los lectores a escribir o dibujar sus propios bolazos.

El bolacero, de Mariano González, ilustrado por Luisa Sabatini. Factor 30, 2019. 24 páginas.

Libro para armar

El libro infinito es la novedad de la editorial Más Cerca, que lidera Silvia Soler y cuyo catálogo está compuesto por títulos que aúnan ciencia con literatura para niños. Sorprende por su apuesta a nuevas expresiones y por abandonar el formato tradicional de libro para ofrecerse como una caja de juguetes: aunque el conjunto tiene una lógica y un sentido como tal, cada cuento funciona por separado y está hecho en cartón plegado; son muy breves, de unas pocas frases suficientes para contar una historia. Para leer hay que jugar: plegar, girar, dar vuelta (puede resultar un poco complicado, pero en la tapa se provee de instrucciones de uso).

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La idea que subyace a cada cuento y a su conjunto es la de infinito y circularidad, asociadas a la vida y a la naturaleza. “De la semilla al árbol”, “Del huevo a la rana”, “Del gusano a la mariposa”, “Del amanecer a la noche”, “De la gota de mar a la lluvia”, “Del pájaro encerrado a la libertad” ofrecen una serie de pequeñas historias que hablan de la transformación, del crecimiento, del cambio como vehículo. Aunque cada uno funciona de manera individual, la lectura en el orden propuesto habla de una toma de postura en la que el punto de llegada es la libertad.

Además de celebrar el riesgo tomado por las autoras en esta edición –que fue posible porque el proyecto fue seleccionado por el Fondo Concursable para la Cultura del Ministerio de Educación y Cultura– al apostar a la investigación en un formato no habitual, El libro infinito es una bienvenida novedad para la lectura compartida con los más chicos.

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El libro infinito, de Luisa Sabatini (ilustración y diseño) y Silvia Soler (textos). Más Cerca Ediciones, 2019.