Convencido de que “el gran público prefiere ver La casa de papel antes que ir al teatro”, igualmente Álvaro Ahunchain ensaya y estrena, a veces juntando a figuras de los medios, como Victoria Rodríguez y Coco Echagüe, con gente del teatro independiente, como Coco Rivero, que tanto se mueve entre la Comedia Nacional como en Carnaval, o reuniendo a actores de la vieja guardia con otros de nueva escuela.

Con Harold & Maude, que esta noche sube a la Alianza Uruguay-Estados Unidos, un escenario familiar para este director, serán dos los espectáculos que tendrá en cartel, contando Perfectos desconocidos, sobre esos amigos que juegan al despojo de celulares, privacidad y confianza, que montó en el teatro Movie. Para agosto estará listo para mostrar La última fuga (Moins deux), una comedia francesa, de Samuel Benchétrit, con Pepe Vázquez y Walter Rey en los protagónicos; son “dos grandes con los que nunca trabajé”, dice.

Por otro lado, Ahunchain está en contacto con la camada de recambio, ya que estuvo dando un taller de entrenamiento creativo en la Tecnicatura en Dramaturgia (gestionada entre la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Udelar y la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático) y reconoce que “lo bueno de la nueva generación es que es ecléctica” y que “están en general felizmente despegados de los moldes tontos de la corrección política que tanto contaminan la creatividad en los países desarrollados”.

Ahunchain, que fue panelista de Esta boca es mía, tampoco se priva del comentario de actualidad: “Siempre me emociona mucho ver cómo a pesar de la chatura cultural terrible que sufre este país –donde se celebra a Ida Vitale como a Luis Suárez, pero no se tiene idea de qué fue la generación del 45, donde hay gobiernos departamentales que contratan a Damas Gratis, donde se da un escaso apoyo estatal al fermental cine uruguayo–, siempre aparecen nuevas generaciones de creadores con garra y originalidad, agarrando la posta de los Carlos Maggi, Alberto Restuccia, Mario Levrero, Felisberto Hernández y Leo Masliah”.

Como publicista, las campañas electorales lo ocuparon en diferentes filas desde 1984, pero este año todavía no concretó planes de ese tipo. Hacia junio, el también columnista de opinión del diario El País retomará su taller de actuación, “No me mientas”, mientras sigue debatiendo en la mañana de Radio Oriental, lleva la dirección académica del Instituto Kolping y atiende a los clientes de su agencia de comunicación: “Ninguno político, por ahora”.

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Pero volviendo a la ficción, a esa comedia negra en la que Harold, un veinteañero que ocupa el tiempo yendo a funerales y probando formas de matarse, conoce a Maude, una veterana que le va a enseñar a mantener el espíritu, esta fue un título que sonó en los años 70, primero como película, nominada a los Globos de Oro y los premios BAFTA, después en teatro. “Vi la versión de Elena Zuasti cuando era un adolescente (habrá sido en el entorno de 1975)”, recuerda el montajista; “Tengo un recuerdo vago, pero me quedó muy marcada aquella pareja que hacían Nelly Antúnez y Enrique Mrak, en una época que dio un semillero de grandes actores uruguayos”.

Una historia intergeneracional de aquel momento puede contener anacronismos. ¿Cómo decidiste encararla?

Efectivamente, en mi versión opté por mantener la historia en los años 70. Mi enfoque no carga las tintas tanto en los jugueteos suicidas del protagonista como en otra cosa: su incapacidad de adaptación a la sociedad. Es un conflicto muy de aquellos años, que recorre todo el new american cinema (corriente transgresora que incluye a Harold & Maude junto a Busco mi destino, Perdidos en la noche, Espantapájaros, Bonnie & Clyde y tantas otras maravillas que, en comparación, dejan a los actuales manuales de corrección política de Hollywood como Roma, a la altura del zócalo). En mi versión apunto a un código farsesco, alejado del naturalismo del original cinematográfico y cargo las tintas en ese conflicto entre la libertad individual y la aceptación de los convencionalismos sociales, que subyacía en ese entonces y hoy mantiene una absoluta vigencia. Era el grito de rebeldía de Woodstock y el movimiento hippie contra una sociedad que había abandonado lo espiritual y se sumergía en el utilitarismo. Los creadores de esa época compartían el deseo que Antonioni hacía realidad al final de Zabriskie Point: hacer explotar al sistema.

Tanto Perfectos desconocidos como Harold & Maude tienen exitosas versiones en cine (la primera, además, está en Netflix). ¿En qué medida eso condiciona la puesta en escena?

Te cuento que en Netflix hay dos versiones de Perfectos desconocidos: la española, que es realmente pésima, y una francesa que, no me preguntes por qué, titulan Nothing to hide, en inglés, pero además parece que anda por ahí una versión inglesa y hasta una mexicana. El fenómeno de Perfectos... fue realmente sorprendente. Volviendo a Harold & Maude, vi la película de 1971 antes de ponerme a trabajar en la versión y la verdad es que me distancié mucho de ella. Los tiempos y los códigos cambiaron y sentí en todo momento que había que cargar las tintas por el lado del humor disparatado de los personajes secundarios, algo que en su momento Hal Ashby utilizó apenas. Lo que sí he respetado y mucho es la moraleja de aquella gran película, que sin lugar a dudas es una reivindicación del amor a la vida. Es la gran enseñanza de Maude y, en cierta forma, también el disparador de la catarsis del espectador.

Cuando dirigiste Rinocerontes con la Comedia Nacional apelaste literalmente a la gran pantalla como apoyo. ¿Qué función tendrán los audiovisuales esta vez?

En Rinocerontes sentí que el humor de aparente extravagancia de Ionesco debía ser intervenido con una imagen brutal: la famosa secuencia de El triunfo de la voluntad donde Hitler entra a una ciudad alemana y es aplaudido y aclamado por hordas de personas de todas las edades. Acá, en Harold & Maude, hago un uso intensivo de recursos audiovisuales, pero son todos videos originales: integramos a la escenografía la técnica de video mapping, durante todo el transcurso de la obra. Es la primera vez que lo utilizo en teatro (sí lo he empleado en muchas oportunidades en los eventos empresariales que produzco como publicista) y la verdad es que quedé contentísimo del talento y la eficacia de Lucas Carrier, que está colaborando con la escenógrafa María Fernández Russomagno en el desarrollo de ese recurso.

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Buena gente, que hiciste el año pasado, tenía un encare retorcido pero muy efectivo sobre la desocupación; Harold & Maude habla del suicidio. ¿Cómo se banca el público uruguayo esos temas?

Si bien el disparador de Buena gente era la desocupación, en realidad el tema de ese maravilloso texto de David Lindsay-Abaire era el cuestionamiento de la meritocracia: en qué medida nuestras sociedades dan igualdad de oportunidades a las personas para que se inserten laboralmente y desarrollen su vocación. Harold & Maude usa como disparador el suicidio, pero en realidad para el protagonista es más un juego que una verdadera pulsión psicológica. El tema real de esta obra es el amor a la vida, la necesidad de seguir un camino personal, que no es el que la sociedad biempensante nos impone. Hay muchos momentos en que siento vasos comunicantes entre esta obra y mi vieja pieza Cómo vestir a un adolescente, que explora este mismo conflicto.

Harold & Maude, de Colin Higgins, dirigida por Álvaro Ahunchain, con Susana Groisman, Facundo Vitureira, Leonor Svarcas, Félix Correa, Ignacio Duarte, Guillermo Vilarrubí y Florencia Sacco. Funciones: sábados a las 21.00, domingos 19.30 en la sala China Zorrilla del teatro Alianza Uruguay-Estados Unidos. $ 450.