Era el invento de verano de una pareja joven, con ganas de vagar por las playas de Piriápolis y alrededores, vendiendo libros. Les gustaba el cine de Hayao Miyazaki, especialmente El increíble castillo vagabundo (2004), razón de sobra para que el emprendimiento de moto con carrito ambulante fuera bautizado inmediatamente El Castillo Vagabundo.

Pero terminó durando más que una temporada: el año pasado derivó en una página web y a fines de marzo dejó su vida errante sin abandonar su nombre: Gervasio Lembo y Camila Guillot se unieron a un amigo cocinero, Manuel Mannise, para instalar un espacio en el que convergen lecturas, juegos de caja y de rol, un estudio de tatuajes, y comida y bebida del mediodía a la noche.

Gamers de la primera hora, que pueden destinar horas a jugar en equipos, veteranas con ganas de tomar un té cerca de la estufa a leña, lectores curiosos y turistas solitarios que vieron luz y entraron. Esos perfiles tan diversos conviven armónicamente en la casa de fines del siglo XIX, reciclada aunque conservando recovecos de misterio, donde se venden libros nuevos y escogidos, sin que medie una vidriera como llamador.

“Abrimos hace muy poco y es difícil ver el público específico, porque en realidad apuntamos un poco a todos. Y se han dado diferentes instancias. Por ejemplo, cuando inauguramos el fondo, hicimos una fiesta tempranera y se armó baile mientras adentro había familias jugando. No sabíamos qué iba a pasar y hay un popurrí de público que está bueno. Pero sí, el gamer tiene un lugar”, admite Guillot, que estudió Letras y es correctora de estilo. Además, trabaja como librera desde hace años, así que se ocupa de esa área, aparte de ser la tatuadora de la casa.

Lembo, su esposo, es licenciado en Lenguajes y Medios Audiovisuales y da clases de guion en la licenciatura que la Escuela Instituto de Bellas Artes tiene en Playa Hermosa. De manera que su tarea principal en El Castillo es coordinar el área de juegos, dirigir grupos de rol y encargarse de las batallas de Warhammer, un juego de estrategia con miniaturas ambientado en un futuro distópico.

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Pasado vegano

En cuanto a Mannise, que siempre trabajó como cocinero, se sentía pronto para tener su propio lugar. De su pasado como vegano rescata algunas recetas para ofrecer siempre opciones en el menú. Trabaja con verduras orgánicas y productos de estación.

Arrancaron con una oferta mínima, que apenas salía de las tartas; muchas cosas que fueron propuestas como plato del día terminaron incorporadas a la carta. Dicen que hay que tomarse un tiempito para comer en el Castillo, porque las recetas son caseras. También que el menú, que cuesta $ 270, es contundente, porque siempre viene con una sopa, además del principal y agua.

Para quien lo necesite, lo preparan para llevar o hacen envíos. Al fondo tienen una barra bien surtida de alcoholes. Calcifer, el trago de la casa, que es de baja graduación, lleva exprimido de naranja y Gancia spritz. “Genera esa sensación de fuego, y calcifer es el fuego de El castillo vagabundo...”, apunta Guillot.

Contra el aburrimiento

Es una librería bien provista de juegos de caja, clásicos y nuevos, donde además, con los cuidados del caso, se pueden llevar los libros a la mesa. Apenas al entrar, en un cuarto aparte, a la derecha, está La Madriguera, un rincón con títulos para niños y adolescentes. En general, abunda la narrativa, pero también hay poesía, algo de teatro, ensayo, música, cine, arte y, por supuesto, los cómics son una pata importante del catálogo, si bien no están especializados en el género (ahora incorporaron la distribuidora D.a.p.).

Las ediciones a la venta son nuevas, pero en el living hay una serie de libros usados, de la biblioteca personal de los dueños, para vichar con libertad.

El estudio de tatuajes está separado, en el piso de arriba, y es necesario agendar y conversar los diseños: Guillot propone los suyos pero si alguien llega con una idea, trabaja a partir de eso.

Un detalle simpático y económico: integrado a la grilla mensual de actividades, todos los 13 hacen un Flash Day, una idea inspirada en un evento que se hace en Estados Unidos: “Empezó hace muchos años una movida de tatuajes a 13 dólares los viernes 13, con diseños súper bizarros que tenían un 13. Para mover el lugar, esos días vendemos los tatuajes a 13 dólares, que son más o menos de 450 a 500 pesos, un precio más bien simbólico, y van rotando los tatuadores”, explica la profesional.

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“Son diseños muy sencillos o que cada tatuador considera que, con sus conocimientos, puede hacer rápido. La particularidad es que dejás tu diseño antes y ese día no lo podés alterar”.

En paralelo, la agenda de El Castillo marca lunes de cine a las 21.00. En junio el ciclo se llamó “Lunes distópicos” y terminó con Delicatessen (Jean-Pierre Jeunet / Marc Caro, 1991). La semana que viene empiezan con “Lunes de la bestia”, con films de Alex de la Iglesia. Los martes son los “Twin Peaks Tuesdays”, todos los viernes hay música –ayer estuvo Federico Morosini–, y hay un programa mensual de “Cine Baby”, que iniciaron, como corresponde, con la película animada de Miyazaki que más los conmueve.

El mes entrante empieza un taller de cómic con Santiago Musetti, que seguirá hasta diciembre, y para el 11 de julio organizan un Witch Day con tiradas de cartas, charlas y lecturas astrológicas.

Pronto van a lanzar un ciclo de cenas en cinco pasos con cocineros invitados. Están pensadas para acomodar a unas 30 personas en las mesas. Claro que todo el mundo quiere estar cerca de la estufa, o del parrillero del fondo, que cada tanto prenden.

El Castillo Vagabundo está en Canelones 1829. 2413 4320, de lunes a sábados de 12.00 a la medianoche. El menú del día va rotando y tienen una carta fija que ofrece tapeo, chivitos, ensaladas, papas, arepas, pizzas, dulces para la merienda. Siempre hay opciones veganas y sin TACC.