“Dentro de mil años el hombre suspirará como suspira ahora”, conjeturaba uno de los personajes de Anton Chéjov, y sentenciaba: “pensará que es duro vivir, y al mismo tiempo, exactamente igual que ahora, temerá a la muerte y no querrá morir”. Intuyendo así el tormento, el vacío, la certeza de lo definitivo.

En Ana contra la muerte, de Gabriel Calderón, un niño tiene cáncer. Su madre no puede costear otro tratamiento, pero tampoco puede dejar que muera. Por eso corre, Ana corre entre tormentas súbitas y demoledoras. Corre para ganarle a la muerte. Corre porque extraña el miedo tonto, “el miedo cotidiano, el miedo sin sentido”. Corre porque encuentra a la muerte rota, defectuosa y torpe, pero sobre todo injusta.

Ana está dispuesta a todo con tal de avanzar. Y cuando siente que la mueca absurda del destino la desgarra, y que las palabras no le alcanzan, deja hablar a la lengua del cuerpo. Rechaza la compasión y redobla sus fuerzas sin ensayar una vida futura. Ese presente agonizante, esa ausencia, la conduce a algo más allá de la angustia o la muerte, de lo que comprende el consuelo. Lo central es cómo se sostiene esa agonía. Esa sentencia para siempre, ese acordarse cada vez más.

En su obra dramática, Calderón ha explorado temáticas como el parricidio, la memoria y el exterminio, pero también la violencia, el abuso y la perversión. Y hasta indagó en si somos libres para preguntarnos, reír o llorar sobre temas que nos son urgentes. En Ana contra la muerte, en cambio, no hay elementos de ciencia ficción, ni chispazos de humor entre escenas cotidianas, ni fantasías que habiliten un quiebre en el devenir del relato. Aunque entre las poderosas imágenes que arroja el texto se advierte una continuidad: la imposibilidad de resolver el asunto que impulsa al protagonista.

“Me llevó 15 años escribir una obra que pudiera contener a ellas tres”, dice Calderón, en referencia a Marisa Bentancor, Gabriela Iribarren y María Mendive, las protagonistas de Ana contra la muerte, la obra que iba a estrenar en abril y que la editorial Criatura acaba de publicar. Cuando intuyó el rumbo, fue hasta el Instituto de Actuación de Montevideo y les contó la historia. “Había leído la noticia sobre un juez que liberaba a una mujer por 30 días para que volviera a su país a ver morir a su hijo. Ella estaba presa en otro país porque había pasado droga tratando de costear el tratamiento para el cáncer de su hijo”.

Con este puntapié inicial, el dramaturgo pensó que podía recrear todas aquellas difíciles conversaciones que tendría que haber mantenido esta mujer. “En ese momento estaba trabajando en el Teatro Nacional de Módena, en Italia, y preparaba un curso específico para su escuela, basado en la tradición del diálogo en el teatro, desde los griegos hasta el presente. Venía entrenando mucho los diálogos imposibles, y por eso tenía mi mirada afinada para detectar diálogos difíciles, impertinentes. Cuando leí esa noticia, creí que ahí había un diálogo imposible de recrear: el momento en que esa mujer volvía a ver a su hijo mientras moría, y luego volvía a la cárcel. Como pensé que el teatro nunca lo iba a poder contar bien, me parecía un buen disparador para escribir una obra”.

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Quiebre personal

Ya en La mitad de Dios (Comedia Nacional, 2013) el director percibía que se agotaba su escritura, su modo de trabajar lo fantástico. “En esa obra sentí que agoté mucho el recurso de mi lenguaje, y en If, festejan la mentira sentí que tuve que complejizar mucho la idea para lograr tener algo que me convenciera. Mi lenguaje ya no me era suficiente. El espacio era cada vez más pequeño”.

Así, en Ana contra la muerte es la primera vez que el dramaturgo se propuso escribir sin apelar al humor ni a los elementos fantásticos. Pero había algo más. “También quería ver si era capaz de trabajar en un sistema tradicional de escritura más canónico, como es el viaje del personaje. El tener una obra con un protagonista, y que se cuente a través de ese personaje, al que el espectador sigue desde la primera hasta la última escena. Y que la serie de eventos, dificultades y obstáculos a los que se enfrenta sea el viaje que uno hace con él. Parafraseando una frase de Ernesto Sábato, que dice que el tamaño de los logros se mide por el tamaño de los obstáculos que tuvimos que sortear, está la idea de enfrentar al personaje con grandes obstáculos. Por eso Ana no se enfrenta con cosas posibles, su objetivo es la muerte. Ese es un gran obstáculo, ese es un enemigo”.

El dispositivo del texto también es parte de un proceso personal, ya que antes de estrenar If, en 2018, falleció su hermana Jimena. “No hubiese podido escribir esta obra si no se hubiera muerto mi hermana, y por ende tiene un sabor amargo para mí, porque siento que cambié la escritura, y me gusta mucho lo que logré, pero lo que tuvo que pasar para que cambiara no me hace nada feliz. Y no sólo es el fallecimiento de Jimena, también todo lo que eso me despertó. No soy de los que escriben bajo el imperio de la emoción, como dice [Horacio] Quiroga. Empecé a escribir esta obra casi un año después, y se la dediqué a mis padres, porque pensé mucho en ellos cuando la escribía. Es una obra dolorosa para mí”.

Autogestión

Cuenta que Ana contra la muerte se hizo sin dinero, que no aplicaron a ningún fondo y que tampoco tenían efectivo. Así que decidieron mantener un acuerdo para hacerla con sus propias manos. Y cuando hubiera cosas que no pudieran hacer, llamarían a alguien que sí pudiera hacerla con sus manos. “Toda la gente que se sumó fue siguiendo esa impronta. Y como necesitamos un mínimo ingreso para las luces, les escribí 20 cartas a 20 personas que pensaba que podían tener interés en apoyarme. Y así fue. Las cuatro funciones que hicimos como preestreno en 2019 fueron en agradecimiento a ellos. Y teníamos pensado estrenar en abril, pero ahora no sabemos cuándo lo haremos”, dice.

La publicación de Criatura iba a coincidir con el estreno, pero ante la incertidumbre de la pandemia, decidieron publicarla. “Que se conozca primero el libro que la obra de teatro. En eso tengo buenas experiencias: Mi pequeño mundo porno es el primer texto que publiqué, en la primera camada de libros de Criatura, que muchos leyeron y que yo no estrené nunca. Así que seguimos ampliando un extraño abanico de obras en relación a su publicación y su estreno”.

Ana contra la muerte lo tiene muy contento, dice, porque encuentra que la lectura de sus libros anteriores se podía volver un poco compleja para aquellos que no estuvieran habituados. En cambio, en este caso, “no es fácil, pero sí simple”. “Es interesante cuando alguien me escribe haciendo un comentario. Hoy, por ejemplo, me escribió alguien que la había visto, y dijo que cuando la leyó lo impactó de una manera muy distinta que cuando la vio. La lectura de teatro me deja pensando mucho”.

Ana contra la muerte, de Gabriel Calderón. Montevideo, Criatura, 2020. 72 páginas. $ 460.