Hay un perro que muestra los dientes a través de una reja y una actriz joven que acelera el paso por los gruñidos; es lo poco que parece alterar la cuadra cuando son contados los ensayos de La tierra baldía.

El director Iván Solarich abre la puerta del garaje que conduce a Fábrica y compara ese acogedor reciclaje con la disposición del Sportivo Teatral de Buenos Aires. Queda en lo que fue, originalmente, una industria metalúrgica, lindera a La Comercial y a dos cuadras de la cancha de Goes. Desde ayer un elenco fresco en un lugar de estreno empezó a transitar asuntos repetidos pero no resueltos, “un intento por conjugar la memoria histórica con los peligros del presente”. Esa mordida siempre amenaza.

“Lo tenían como depósito y nosotros lo compramos en 2016, cuando ganamos el concurso para el sanatorio del Banco de Seguros del Estado. Lo fuimos arreglando de a poco. Tenemos un estudio de arquitectura que se llama Fábrica de Paisaje, y este proyecto cultural viene a ser un spin off”, cuenta Marcos Castaings, su director.

Fábrica de Paisaje existe desde 2007, actualmente con cuatro socios y una cantidad de colaboradores. “Nos iniciamos vinculados a la actividad docente en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, en los cursos de urbanismo y de paisaje, pero después trabajamos mucho en arquitectura de la salud”, resume. El estudio fue parte de los envíos a la Bienal de Arquitectura de Venecia, además de haber participado en las ediciones iniciales de las muestras Ghierra Intendente. “Desde el comienzo tuvimos mucha actividad cultural, con proyectos vinculados al territorio y a una reflexión un poco más integradora; esta es una apuesta a recuperar lo que las obligaciones nos hicieron ir dejando de lado”.

El año pasado concretaron la mudanza. “Nos interesa que sea un lugar de encuentro de disciplinas”, dice Castaings. Por eso, periódicamente, albergan cursos y eventos invitados o propios, que van desde proyectos de arquitectura hasta cómic, y conjugan exposiciones y mesas redondas en distintos formatos. Las líneas de trabajo incluyen una serie de entrevistas a referentes de la arquitectura nacional que pronto publicarán en plataformas virtuales. Y el año próximo piensan lanzar una incubadora de oficinas de arquitectura.

Como rounds

Solarich remarca que el gusto por los detalles lo hermana sensiblemente con el concepto de Fábrica, a la que llega por amigos en común. El arrebato inicial, “por lo ascético del espacio, esta cosa medio industrial”, fue reponer No hay flores en Estambul, un unipersonal que había testeado en otras salas la temporada anterior. Cuando sobrevino la pandemia, esos planes quedaron en reposo, y sin embargo crecieron las ganas de trabajar junto a ocho egresados de la Escuela del Actor, que conducen Ricardo Beiro y Leticia Scottini, y donde Solarich dicta un cuatrimestre sobre dirección.

Esa generación le propuso montar Terrores y miserias del tercer Reich. A partir de ahí, vía Zoom, durante tres meses se sucedieron las lecturas, no sólo de las escenas brechtianas.

Quizá no fuera el plan más edificante para una cuarentena, pero de tanto escarbar dieron con La tierra baldía, los extendidos y premonitorios versos de TS Eliot, que Solarich recordaba como una impactante lectura de juventud.

“Creo mucho en el azar, sobre que las cosas te buscan, y estaba leyendo sobre sincronía, sobre el taoísmo, vi unos acápites de TS Eliot y volví a ese largo poema de 1922, del período de entreguerras. Me gusta leer, pero también dejarme llevar por el pálpito o, diría Tato Pavlovsky, por el coágulo, o Eugenio Barba, por la piedra radiactiva, o sea, por las pulsiones, y entendía que el poema hablaba de tierra, de olores, de ratas, de herrumbre. Eso me vinculó con la gestación del nazismo, pero también con otras desintegraciones del ser humano que para la cultura de izquierda han sido más difíciles de asumir, como el estalinismo, sobre todo para los que tenemos un pasado comunista. ¿Cómo que el horror estaba en ese lugar? Estamos hablando de Europa del Este”.

Solarich aclara que el resultado tampoco es un espectáculo sobre el holocausto, aunque haya referencias precisas, pero encuentra que en el centro está lo humano, un nudo conceptual abordado a través de lo físico. “Como convención, decimos que en situaciones extremas aflora lo peor, pero aparece lo que somos, lo animal, cuando hay hambre y sólo un pedacito de pan”, apunta, antes de hablar de los tiempos de covid-19 y otros virus. “Coincide una doble lectura global, por un lado, donde parece que la salud y la fragilidad, todos nosotros, estamos ahora a un metro de correr riesgos. Sin ser un sesudo analista, con leer la realidad y ver el ascenso de algunas fuerzas muy regresivas, uno no quiere contar cierta película pero tampoco quiere ser el tonto de la historia, cuando además ya ha visto barbarie y horror. Es instalarnos frente a los peligros, no darte cuenta cuando estás in situ, porque muchas veces los ciclos tienden a repetirse. En esencia, es un espectáculo duro y emotivo, intenso y compacto, como rounds cortos”.

Hay una práctica que pasa por la palabra y por el cuerpo. Unos 35 espectadores dispuestos en dos plantas asistirán cada vez a las poéticas del alemán y el anglosajón zurcidas por los parlamentos que le tocan al personaje de una sobreviviente. El lenguaje paralelo busca un expresionismo animal, que emerge en un dispositivo escénico que remite a encierro: “puede ser un vagón, puede ser una jaula”.

Se vislumbra una circunstancia relativamente lejana, pero se plantea la idea de que la víctima y el victimario habitan la misma geografía del horror. Los sobretodos largos y los tonos ocres parecen igualarlos a simple vista. La dislocación se acrecienta cuando el discurso que Brecht concibió para un magistrado se oye en boca de los damnificados, adelanta el director. No obstante, “todo tiempo de fractura conlleva dialécticamente la fuerza contraria de una nueva y posible construcción social”.

La tierra baldía, de la compañía independiente Ciclón Teatro, con dramaturgia y dirección de Iván Solarich, va los viernes y sábados a las 20.30 en Fábrica (Porongos 2623, entre Rivadavia y Guadalupe). Entradas a la gorra. Habrá foros de debate después de cada función. Reservas al teléfono 094 840 443 y por el correo [email protected] Más datos en fabricauy.net.


Doméstica realidad

Doméstica realidad

Puertas adentro

El sistema capitalista, el patriarcado y los arreglos incrustados en la tradición pasan por el tamiz de Doméstica realidad, una creación colectiva desde una perspectiva feminista. La semana pasada volvió a los escenarios esta obra sobre el trabajo doméstico en Uruguay, que se estrenó el 12 de marzo en El Galpón, hizo dos funciones y tuvo que bajar por la emergencia sanitaria. Con este espectáculo reabre la sala Atahualpa, donde seguirá todo el mes, con funciones los jueves y viernes a las 20.00. Se trata de una investigación liderada por Florencia Dansilio (socióloga, investigadora y directora teatral, profesora en La Sorbona de París), junto a Natalia Burgueño, Sofía Espinosa, Etelvina Rodríguez y Camila Sanson, que partió de un trabajo académico nutrido por entrevistas y encuestas para abordar en tres actos una actividad conflictiva e históricamente relegada al universo femenino. Son asuntos serios, a los que igualmente Dansilio y equipo logran exprimirle su cuota tragicómica por medio de datos sensoriales y comportamientos de clase.

Bakunin sauna.

Bakunin sauna.

Foto: Alejandro Persichetti

Bakunin en Las Vegas

Anarquismo, sudor e inteligencia artificial. O Bakunin, Mujica y Manson. Estos son algunos de los cruces de Bakunin sauna, una obra anarquista, la obra con la que Santiago Sanguinetti llegó a El Galpón el año pasado, y luego de una exitosa temporada, hoy regresa a la sala principal.

Con funciones los sábados (21.00) y domingos (19.00), el elenco integrado por Myriam Gleijer, Elizabeth Vignoli, Héctor Hernández (en lugar de Héctor Guido), Pierino Zorzini y Claudia Trecu presenta a Margarita, una vieja anarquista que se especializó en computación cognitiva y que, en el sauna de un hotel de Las Vegas, decide secuestrar a Ema, la nueva gerenta general de IBM para América Latina. Para la apuesta recibe la ayuda de Rosa y Bernardo, dos ex funcionarios de la misma empresa, y de un robot informático con la apariencia del filósofo ruso Mijaíl Bakunin, al que se programó exclusivamente para esta misión.

En diálogo con la diaria, en su momento Sanguinetti planteó que, al igual que en su obra El gato de Schrödinger (un título que la Comedia Nacional no debería perderse la oportunidad de reponer en algún momento), aquí los personajes vuelven a ser anarquistas, pero a diferencia de aquella puesta, la teoría anarquista se vuelve mucho más explícita, ya que está en boca de Bakunin. De manera que encontraba cierta continuidad tanto en este aspecto como en la idea del caos como generador de teatralidad.

A la vez, se trata de una obra que puede vincularse con la historia de El Galpón. Con respecto a esto, el director decía que la idea del pastiche ideológico y de la dialéctica absurda es “generar preguntas a través de un juego puramente teatral, aunque, por supuesto, tomando la materia política como esencia para generar ese debate. Y estas son preguntas de fondo que El Galpón se ha hecho permanentemente a lo largo de su historia: cómo se distribuye el poder en una sociedad, cuáles son las características de la opresión o cuál es el concepto de alienación”.

Chacabuco.

Chacabuco.

Foto: Manuel Gianoni

Vuelve Chacabuco

La compañía Pequeño Teatro de Morondanga volvió al recuperado teatro Odeón con Chacabuco, la última obra de Roberto Suárez. El grupo retoma su temporada presentando un significativo juego escénico en el que la fugacidad de la vida, el absurdo y la locura terminan montando su propio ecosistema de existencia. Las funciones irán de miércoles a sábados a las 21.00 (las entradas están a la venta en Abitab).