¿Quién no deseó alguna vez, abrumado por las tareas pendientes o dejándose llevar por la pereza, que un clon lo sustituyera en esas obligaciones molestas en las que una no quiere emplear el tiempo, sobre todo en la niñez, cuando son imposiciones del mundo adulto? Esa tentación es el puntapié inicial de Ese robot soy yo, de Shinsuke Yoshitake.

“Harto de deberes, de ordenar el cuarto, de ayudar en casa y de muchas cosas aburridas”, plantea, sin preámbulos, el protagonista, un niño llamado Kenta. Y decide, sin más, gastar sus ahorros en un robot que haga todo eso por él mientras él se dedica de lleno a jugar.

Todo el cuento transcurre en el trayecto que niño y robot hacen, caminando tranquilamente, desde la tienda donde Kenta compró el robot hasta la casa. El camino a casa se convierte en un espacio-tiempo singular en el que, a partir de que Kenta le explica al robot su plan, surge la primera pregunta del perfecto sustituto: “Para que nadie se dé cuenta, tienes que convertirte en una copia exacta de mí”, le explica Kenta; “¡Ah, bien! Entonces explícame cómo es ‘mí’, por favor”. Y, por supuesto, una pregunta semejante no admite respuestas sencillas (ni el robot se conforma con lo primero que le dan, sino que cuestiona y sigue preguntando, como un buen investigador).

Lo que se abre a partir de esa aparentemente inocente cuestión de pronombres es nada menos que la cuestión del ser: ¿qué hace que yo sea yo?, ¿qué me define? Y ese camino a casa, que es lineal, en la medida en que ambos personajes salen de un punto de inicio y llegan a su destino, es también arbóreo e intrincado, porque cada pregunta conduce a otra y Kenta va descubriendo que conocerse a sí mismo es una cuestión compleja, que implica una búsqueda íntima que parece no tener fin. De este modo, Kenta va de lo general a lo particular, de afuera hacia adentro, se hace mil preguntas cuyas respuestas van construyendo una descripción pormenorizada pero forzosamente incompleta.

Valiéndose de las posibilidades expresivas que ofrece la viñeta y de una paleta de colores limitada –verde, amarillo, marrón–, el autor propone un viaje al interior de Kenta: sus gustos, sus habilidades, el crecimiento, su genealogía. A cada paso, se va haciendo evidente que saber qué es Kenta, para cargar de información al robot que deberá sustituirlo, es más complicado de lo que parecía al inicio. Kenta deja rastros, Kenta es una máquina, Kenta cambia todo el tiempo, le dice. Y el robot no puede dejar de concluir que es “un yo muy raro”. Esa excursión al interior de Kenta, a lo que sólo él sabe, a cómo lo ven los demás, a ese mundo alucinante que hay en su cabeza y al que sólo él puede entrar, lo lleva a concluir que es único.

Yo soy yo

Si me aceptan un paréntesis: era inevitable para mí, que empecé a leer a mediados de la década de 1970, evocar a partir de la lectura de este libro uno de los favoritos de mi infancia: Yo soy yo, de Mira Lobe y Susi Weigel, de la infaltable y ya extinta editorial Kapelusz. En aquel libro, un extraño animalito hecho de retazos de tela y con largas orejas buscaba su identidad, para lo que recurría a mirarse en el espejo que le ofrecían diversos animales: en cada interacción concluía que no era pez, no era hipopótamo, no era rana..., con la consiguiente frustración, hasta llegar a una conclusión tan simple como potente: “Yo soy yo”. A los que les gusten los desafíos les recomiendo buscarlo en usados o en bibliotecas; vale la pena el esfuerzo (se puede hacer boca en https://www.youtube.com/watch?v=htNKVcE7hPE).

Vuelvo a Ese robot soy yo, en el que la búsqueda de los protagonistas conduce a un final hilarante y frustrante que no develaré, pero que tiene que ver con la dificultad de dar respuesta a una pregunta tan complicada como “¿quién soy?” y con el carácter único de cada persona, que impide hacer pasar gato por liebre.

Es, en definitiva, un libro que desafía al lector, que se introduce en un tema tan viejo como la filosofía y que, en andas de una mirada cómplice y un humor sutil y preciso, incita a la reflexión y permite una multiplicidad de lecturas tanto desde el texto como desde la ilustración, que nos regala infinidad de situaciones y de detalles desde la tapa hasta la contratapa.

Foto del artículo 'Caminata con preguntas difíciles: Ese robot soy yo, una divertida reflexión sobre la identidad'

» Yo, persona, de Ellen Duthie y Daniela Martagón (Wonder Ponder, Filosofía visual para niños). El libro-juego de la dupla Duthie-Martagón va en una línea similar a la de Ese robot soy yo, pero desde una perspectiva marcadamente filosófica. Plantea el tema de la identidad desde el punto de vista de qué es ser una persona y de qué nos hace ser nosotros mismos.

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» Ser o no ser... una manzana, de Shinsuke Yoshitake (Libros del Zorro Rojo). “Incluso un objeto tan reconocible como una manzana puede disparar nuestra mente y ser el origen de una extraordinaria divagación que, en el caso de nuestro protagonista le lleva a plantearse ‘Y si fuera mi tataratatarabuelo, que se ha reencarnado en manzana y viene a hacerme una visita’ o ‘Quizá sean todos manzanas excepto yo’”, reseñan los editores de este libro, algo así como un primo del reseñado.

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» Diógenes no quiere ser ratón, de Sergio López Suárez (Trilce). Este libro es una belleza: un ratón que no está conforme con su apariencia y explora diversas transformaciones, y que el autor aborda desde una mirada poética y comprensiva. “¿Es tan difícil ser uno mismo?”, se pregunta Diógenes, y resuelve su disconformidad de una manera sorprendente.

Ese robot soy yo, de Shinsuke Yoshitake. Libros del Zorro Rojo, 2020. 36 páginas. $ 1.100.