“Parto de la convicción de que la canción tiene que valerse por sí misma. ¿Cuál es la diferencia entre que presente un nuevo disco con banda o que muestre las canciones como son? Si la canción se sostiene, no importa que esté tocada por una sinfónica o a capela”. Así explica Fernando Cabrera la chispa que encendió el concepto de su último disco de estudio, Simple (2020), que ostenta una diferencia sustancial con todos los anteriores: sus diez canciones fueron grabadas íntegramente por él, a pura voz y guitarra –más algún que otro detalle–, en un dispositivo íntimo –pero no minimalista– similar al que suele desplegar en vivo.

El cantautor lo tomó como una prueba artística nacida de la curiosidad, para ver hasta dónde podía llegar. Pero hay otras chispas que también ayudaron a encender su nuevo álbum, aunque están relacionadas con la mera practicidad. Una frase trillada entre la gente del palo dice que hacer música por estos lares es “el arte de coordinar horarios“. Pero Cabrera agrega que no es sólo en Uruguay, ya que, con el tiempo, por amigos y conocidos de otros países, se fue enterando de que es así acá, allá y en todos lados. “Porque también el músico londinense tiene dificultades para sobrevivir y debe tocar en todos los laburos que aparezcan”, señala.

Cabrera explica que durante toda su carrera –que ya lleva cuatro décadas–, antes de grabar un disco solía tomarse un año para ensayarlo, pero durante ese período nunca podía dedicarle todo el tiempo que quería, porque lo grababa con banda y resultaba un inmenso trabajo de logística algo tan simple como coordinar que cinco personas estuvieran en un mismo lugar durante tres horas.

“Muchas veces hacía ciclos en Guambia o en otros boliches, durante cuatro jueves, para afiatar la banda y poder tocar los temas nuevos, así luego en el estudio ya todos tenían bien aprendidas las cosas, habíamos experimentado los matices, que el batero supiera bien dónde cortar, etcétera. Tenía que tomarme todo ese trabajo previo para poder llegar a una grabación más o menos afiatados”, recuerda.

Pero un buen día Cabrera pensó: “Qué lindo sería, aunque sea una vez en mi vida, que la única coordinación que tenga que hacer sea conmigo mismo. ‘Fernando, ¿podés el martes a las tres de la tarde?’. ‘Sí’. Ya está”. Entonces, por primera vez, experimentó grabar un álbum a la velocidad que se le dio la gana, haciendo carne aquello de que el tiempo está después: iba al estudio un par de días y luego dejaba pasar dos meses hasta la siguiente sesión, como dejando macerar las canciones: “Regresaba a mi casa, me distraía, me olvidaba del disco y volvía a acordarme. Y así me tomé un año y medio para grabar, no dos semanas. También quería experimentar eso, grabar solo y estirado en el tiempo, sin apuro de ninguna especie, y las dos cosas me dieron buen resultado, por lo menos, psicológicamente”.

Pero el resultado que importa es el artístico. La forma en que Cabrera se acompaña con su guitarra mientras canta ha cambiado a lo largo de estos 40 años. El músico lo tiene claro, pero confiesa que no es fácil de explicar ni de decirlo en una sola frase, porque ni para él mismo es sencillo racionalizarlo. Los acordes son otros, también las ideas que toca, el manejo del tempo y, por último, la independencia entre la voz y la guitarra, “como si fueran dos personas”. Cabrera ha tratado de analizar de dónde viene eso. Piensa, por ejemplo, en los bateristas, que subdividen su cerebro en cuatro porque con cada pie y cada mano tocan cosas distintas.

También lo marcó el disco homónimo de João Gilberto, publicado en 1973, que tenía su compañero de MonTRESvideo Gustavo Pacho Martínez. En especial, la canción que lo abría, una versión de “Águas de março”, de Tom Jobim, según recuerda: “El acompañamiento de la guitarra es perfecto, un reloj, pero empieza a cantar y la melodía se adelanta, parece que se cruza y es un caos, pero sigue, pancho, en otro circuito rítmico con la guitarra. De repente, llega a un lugar y para, la guitarra lo alcanza en ese punto y vuelve a cantar, y otra vez se desfasa. Yo escuché eso y dije ‘pero ¿cómo hace esto?’. Pasaron 40 años y hoy me encuentro haciendo eso”.

Lo hará también mañana y el lunes en el Auditorio del Sodre. No hay excusa para dejarlo de lado mientras repasamos cada una de sus diez canciones junto con su autor.

1) “Era el águila de la libertad”

Una madrugada bien tormentosa, de esas de neblina cargada, mucho viento y pura lluvia, desde la ventana de su apartamento de Cuidad Vieja, Cabrera vio un águila parada en la azotea de enfrente, totalmente fuera de su hábitat. “Era el águila de la libertad, / la que nunca vuela en los pueblos, / en mi techo, sin edad, / un minuto descansó“, canta el músico en la primera estrofa, y así desarrolla lo que le disparó aquel avistamiento: una alegoría sobre la libertad, que no es plena sino opaca, y no sólo en la canción.

Aquí Cabrera grabó algunas voces para acompañarse a sí mismo. Cuenta que le encanta hacer coros y agrega, no sin antes aclarar que lo hace “sin jactancia“: “Me sale bien, es un entrenamiento que tengo desde mi adolescencia. Yo fui corista, de ahí viene MonTRESvideo, entonces, cantar a varias voces me fascina. Si buscan, en todos mis discos hay arreglos corales”.

2) “Estaba en otra vida”

Así como por razones estrictamente musicales a veces Cabrera se desdobla en varias personalidades, también suele hacerlo en sus letras, por motivos narrativos, jugando a ser otros –otras–. En “Estaba en otra vida” desarrolla el desdoble en todas sus formas y se puede notar como nunca durante la segunda estrofa: “Estaba en otra vida, / feliz, quemando karma, / creí que era mujer / por la textura del recuerdo”.

El cantautor no está seguro de creer en el karma, aunque haya muchas teorías al respecto y más gente que las abona. Pero confiesa que cuando tenía 16 años pasó por un período “muy oriental” y llegó a creer en la reencarnación y en el karma. Unos versos más adelante, canta que era varón “o algo así”, una “especie de macho”. Esos vaivenes también están en la música de la canción, con un rasgueo de guitarra alejado de cualquier patrón concreto cuantificable durante los casi tres minutos de duración.

En Simple, mucho más que en todos sus discos anteriores, Cabrera difuminó las líneas que dividen a los géneros musicales. No toca milonga, candombe o pop sino cabrerismos a los que gusta llamar, simplemente, “música del Río de la Plata”. “Si en tus comienzos hubo algunas estructuras o códigos, empiezan a desaparecer y ya no es posible poner etiquetas; quiere decir que estás encontrando tu voz. Algo de eso está pasando conmigo: me siento cada vez más yo. Ya no digo que voy a hacer una bossa nova, una chacarera o una cumbia, sino que hago lo que sale y ya está todo entreverado”, dice.

3) “50 años de Horacio”

Hace exactamente cuatro décadas apareció en las bateas el disco debut –y despedida– del grupo MonTRESvideo, el primero que integró Cabrera, junto con Daniel Magnone y Pacho Martínez. Allí estaba “María Elena”, una canción dedicada a su abuela: “Yo tenía 13 años, vos redondeabas 70 / y los dos nos dimos cuenta / que seríamos compinches ininterrumpidamente, / yo por joven, vos por vieja”.

Pasaron añares y las referencias autobiográficas de Cabrera también quedaron diluidas, hasta que en el último tiempo empezaron a ser claras y abundantes: la canción “Buena madera” –por uno de sus hermanos, que es carpintero–, “El trío Martín” –por otro hermano y sus dos hijos– y “Pollera y blusa” –por su madre–. El músico no vacila en señalar que se trata de homenajes, manifestaciones de afecto a sus seres queridos. En este disco nos topamos con “50 años de Horacio”, dedicada a otro de sus hermanos.

Para Simple también grabó la canción “Mañana es el cumpleaños de mi padre”, uno de los homenajes que le faltaba, que tocó un par de veces en vivo antes de lanzar el disco. Se perfilaba para ser una de las mejores del álbum, pero a último momento la dejó afuera, “con mucha pena”, porque a otro de sus hermanos no le gustó. En este instante, ustedes se estarán preguntando cuántos hermanos tiene Cabrera: siete.

4) “Mañana será otro día”

Un bordoneo insinuante de guitarra que oficia de leitmotiv le abre paso a una historia narrada por un personaje femenino que va a un clásico campamento de verano con una barra y la ilusión de que pase algo con el muchacho que le gusta, pero él se enamora de la mejor amiga de ella. Lo que queda es disimular, porque está quebrada: “Mañana será otro día, / yo deberé festejar, / fingir apoyo, reír, / luego felicitar. / Brilla mi amiga dormida, / la luna viene a mirar, / el mundo sigue su día, / calla el mar”.

Cabrera tiene varios campamentos y fogones encima, de su adolescencia, y era el típico integrante del grupo de amigos que tocaba la guitarra y cantaba, pero ni se le pasaba por la cabeza ser músico.

Foto del artículo 'Canción por canción: Simple, el nuevo disco de Fernando Cabrera, que se presenta domingo y lunes en el Auditorio del Sodre'

Foto: Ernesto Ryan

5) “La estancia”

Las dos obsesiones más grandes de Cabrera y de toda la humanidad, el tiempo y el espacio, llevadas de la mano por esta canción, que parece inventar un subgénero: el surrealismo criollo. La estancia es una especie de alfombra voladora gigante, que se traslada por las cuatro dimensiones como si nada. “El otro día iba en una estancia, / mataban vacas de otro siglo / con una lanza larga. / Se enriquecían con los ingleses, / dejaban la carne tirada”, canta.

Si bien el músico sabe plasmar una idea viajada –en todos los sentidos– como esta en una canción, no es particularmente colgado con el tema. “No soy como era [Eduardo] Mateo, por ejemplo, que tenía millones de libros de platos voladores, Pauwels y Bergier y todas esas cosas. No estoy en esa”, acota.

6) “Diario de viaje”

Cabrera tiene –o tenía, aclara– una cercanía con el interior de Uruguay, que le quedó de una etapa “maravillosa” de su vida, de hace medio siglo, entre el final de su infancia y sus 18 años –nació en 1956–. Su padre fue camionero, manejaba un semirremolque, de esos grandes con un tanque largo que llevan 15.000 litros de combustible y el cartel “peligro, inflamable”. Entonces, cuando terminaban las clases, en diciembre, Cabrera subía al camión de su padre y no se bajaba hasta marzo: lo acompañaba a todas partes.

El músico cuenta: “Para mí la vida del camionero tiene –en el recuerdo– una cosa mítica, fantástica, que en la realidad no es tan así –porque es una vida muy sacrificada y terriblemente dura–, de recorrer todo Uruguay. Caminos principales, pero también secundarios, pueblos chicos; no es el país al que va el turista a pasear: entraba en otros boliches, en las gomerías, las estaciones de servicio, etcétera. Eso me puso en contacto con ciudades, pueblos y personas del interior, y quedó para siempre en mí. Ahora aparece en las canciones, aunque reconozco que capaz que un poco romantizado, pero tiene esa raíz en mí, que es muy fuerte.

“La noche se va diluyendo, / el campo sonroja, / el benteveo y un carro, / yendo para el norte trasladan su nota”, canta Cabrera en el primer verso de “Diario de viaje”, que no en vano está pegada a “La estancia”, porque también juega con el tiempo: el narrador canta que la ruta 1 aún no estaba hecha. Enseguida, el músico se escapa de la canción y empieza a contar cómo era viajar a San José antes de 1925, cuando todavía no se había construido el puente de la Barra de Santa Lucía, haciendo gala de sus conocimientos ruteros, que parecen exceder su tiempo. La canción es llevada, durante el viaje armónico, por un leitmotiv misterioso que Cabrera no duda en catalogar como “mateístico”.

7) “Cartas de Cristo”

“A los 15 años renuncié a la religión. No soy para nada religioso, al contrario, soy más bien un detractor de las religiones”, dice Cabrera, que se crio en una familia católica pero en serio, de las que iban todos los domingos –religiosamente– a misa. Como si fuera poco, entre semana asistía al colegio Maturana, que pertenece a la Comunidad Salesiana del Uruguay, en aquellas épocas en que esas instituciones eran sólo para varones –o sólo para mujeres–. Hasta el más recatado de los curiosos se preguntaría cómo era la vida liceal sin el sexo opuesto –sobre todo, desde la perspectiva actual–. Cabrera dice que seguramente “no fue lo más sano”, pero tampoco lo recuerda “como algo enfermo”.

Algunos compañeros del Maturana, con los que aún se encuentra, siguen siendo católicos. Vaya a saber qué pensarán de la canción “Cartas de Cristo”, en la que Cabrera toma la Biblia como una fuente literaria. Quien relata recibe una misiva de Jesucristo en la que expresa su arrepentimiento por haber nombrado a san Pedro como jefe de la iglesia, entonces lo destituye y en su lugar pone a Juan el Bautista, pero estaba muerto, decapitado y con su cabeza en una bandeja de plata. “Entonces, como Jesucristo tenía facilidad para resucitar gente, revive a Juan y lo pone en el lugar de Pedro, como primer papa. Es una humorada”, aclara.

8) “Soy un hombre”

Una canción de amor concisa, con apenas dos estrofas y una melodía baladosa –pero con cabrerismos, obvio–, que aun dentro de lo más estándar tampoco elude la obsesión con las múltiples personalidades, vidas o géneros (“pasé por muchas niñeces / para llegar aquí”).

“Toda vez que yo me relacioné con una mujer, fue porque me enamoré”, comenta Cabrera, no el narrador de la canción sino la persona, el hombre. Cuenta que está en pareja hace ocho años, pero, salvo que le pregunten, suele ser reservado sobre su vida más íntima. Debe ser la última persona de la faz de la tierra uruguaya que aparecería en la tapa de una de esas revistas faranduleras que se hojean en la sala de espera del dentista, con un título pomposo, “presentando” a su pareja. “Dudo mucho de que les interese hacer algo así conmigo”, acota con una sonrisa.

El cantautor dice que a lo largo de su vida tuvo “muchas relaciones” y todas fueron “muy positivas”, aunque algunas de ellas resultaron “dolorosas, como le pasa a todo el mundo”. Pero no a todo el mundo le pasa que sus amores “rotos o dolorosos” lo llevan a componer canciones a modo de “catarsis o sanación”. En el caso de Cabrera, son las más populares de su repertorio, nada menos: “Por ejemplo”, “El tiempo está después”, “La casa de al lado”, “Te abracé en la noche”, entre varias otras.

9) “El liceo”

“Infiernos, pecados, / deporte por ideas, / tiranos directores. [...] Secundaria, / padre nuestro, / bendito seas / entre supersticiones”, son algunos de los versos que Cabrera canta en “El liceo”, en la que se vuelve a palpar la marca de sus clases en el Maturana. De todos modos, la primera frase de la canción reza “la mejor época de la vida”, y aquí el narrador no es un personaje ficticio sino Cabrera –aclara–. “De primero a cuarto de liceo tuve esa sensación de no ser responsable de nada, porque todavía sos chico y vivís para la joda: fútbol, bicicleta, campamento y cumpleaños de 15”, recuerda.

De la barra de su clase, que son como 30, hay dos o tres a los que les gusta su música y suelen hacerle comentarios, pero la gran mayoría “ni pelota”, son más indiferentes o les atrae otro estilo. Cabrera es consciente de que su arte le suele llegar más a la gente que tiene un interés profundo por la música, más allá de tomarla como un acompañamiento para tal actividad o un simple divertimento, es decir, a los melómanos.

El músico mastica unas ideas y reflexiona: “Siempre fue así y seguirá siendo. Te tiene que gustar mucho cómo yo escribo, si no, la persona que tiene un contacto muy ligero con la música, que la usa como cortina de fondo, con la mía no va a encontrar eso. Aparte, mi música tampoco es para bailar, que es otro fenómeno muy fuerte. No vas a poner Simple en un baile. Lo que hago es para ir a un teatro, sentarte, manso, y escuchar, no para hacer pogo, saltar, gritar y subir a tu novia en los hombros. Ojo, para mí eso está muy distante del eje pasivo o activo del público. Por más que alguien vaya a un teatro que esté todo apagado y se quede una hora y media sentado mirando un recital mío, la actitud de ese tipo es muy activa, porque todos nos metemos en un viaje”.

10) “Creo que te amo”

Otra vez un leitmotiv de guitarra misterioso y “mateístico” para volver al amor. Pero al final hay un verso que parece descolgado. Cabrera recuerda que cuando estaba escribiendo la canción le cayó una frase que le hizo preguntarse qué tenía que ver con el hilo narrativo, pero algo le dijo “dejala”. Y así fue: “Me he probado la piel del desierto, / he buscado en la tierra los nidos del aire / y canté sin seguir el estilo de nadie”.

Simple, de Fernando Cabrera, en el Auditorio del Sodre, 1º y 2 de agosto a las 21.00. Entradas por Tickantel a $ 600 a $ 1.500.