El debate sobre si el cine cambia por las demandas del público o si el público se adapta a lo que el cine le ofrece es amplio y complejo. Lo cierto es que vivimos una era marcada por lo vertiginoso: planos cada vez más breves con cortes más frecuentes para generar más atención y una narrativa más acelerada. Acostumbrado a estímulos rápidos como Tiktok o Instagram, el espectador espera acción inmediata y menos pausas contemplativas, algo que determina la forma en que hoy se hace cine.

Por eso, encontrar películas que se desarrollen a fuego lento es casi un tesoro. Eso es lo que pasa con Sueños de trenes, el segundo largometraje del joven director Clint Bentley, quien luego de su exitoso debut con Jockey (2021) y el libreto de Las vidas de Sing Sing (nominado al Oscar en 2025 a mejor guion adaptado) se pone al frente de esta entrañable historia tipo wéstern dramático basado en la novela homónima de Denis Johnson (2011).

Sueños de trenes es un retrato delicado de una vida que transita entre la tragedia y la esperanza y que narra de manera cruda la búsqueda de significado de un hombre a medida que avanza el siglo XX (abarca desde 1917 a 1968). La película sigue a Robert Grainier (el australiano Joel Edgerton en el mejor papel de su carrera), un huérfano convertido en leñador en el Idaho de principios de siglo, un hombre de familia y firme trabajador ferroviario del Spokane International Railway. Aunque es un buen compañero, los vínculos que construye con los demás leñadores son fugaces, anhela volver siempre a casa y, además, arrastra una profunda culpa por haber sido testigo cómplice del asesinato racista de un colega, el inmigrante chino Fu Sheng (Alfred Hsing), un recuerdo que lo atormenta sin pausa.

Su huraña existencia cambia abruptamente cuando conoce a Gladys (Felicity Jones) y descubre un nuevo propósito para vivir. Tras un breve noviazgo, construyen una cálida cabaña entre campos de flores y a orillas de un arroyo, y poco después nace su hija Kate. Es una vida romántica, casi irrealmente idílica, que Robert añora cada vez que debe pasar meses trabajando lejos, en las peligrosas obras ferroviarias. Es el hogar que no tuvo en su solitaria niñez, pero la muerte, además de estar en el día a día de su trabajo, parece perseguirlo: tras un giro abrupto, el mundo de Robert se desmorona para siempre. Luego de perderlo todo, emprende una búsqueda desesperada de sentido y espera “una revelación” que le dé significado a su vida.

Will Patton narra en off el duro transcurrir de Robert, enfrentado sistemáticamente a la muerte, a la idea de ser merecedor de un castigo y con la continua sensación de una inminente tragedia mayor, que finalmente llega. Los errores pasados siempre vuelven, parece decir la película. El karma circular del racismo, de la masculinidad de inicios de siglo, del saqueo de los recursos naturales y de la hostilidad hacia los trabajadores de algún modo condensa y refleja la esencia cruel que moldeó la historia de Estados Unidos.

El protagonista de Sueños de trenes no es un héroe ni alguien especialmente destacado, sino un desconocido con una vida sencilla y ordinaria atravesada por muchas tragedias: el dolor, la pérdida, la impotencia, la culpa, la soledad, pero también por la esperanza y la redención. En el marco de una belleza natural visualmente impresionante, la película muestra con precisión la dura existencia en las zonas rurales y a esas personas olvidadas que ayudaron a construir un país. Hay una mirada profundamente conmovedora del encanto y la brutalidad de la frontera estadounidense con la calidez de las historias mínimas. La historia se extiende a lo largo de toda una vida y, así, no sólo explora el paso del tiempo, sino también aquello que se pierde con él.

Sueños de trenes. 102 minutos. En Netflix.