Para aquellos que crecimos durante la era de oro de Cartoon Network, justo cuando el cable llegaba a Montevideo, Genndy Tartakovsky es uno de nuestros padres de la patria. El nacido en la Unión Soviética que aprendió inglés mirando dibujos animados fue el creador de El laboratorio de Dexter y Samurái Jack. Más tarde llegarían Las guerras clónicas de Star Wars y la saga de Hotel Transilvania, aunque esta última solamente como director. Y cómo olvidarnos de Primal.
Con semejante palmarés, cuando Netflix anunció la llegada de una película animada original, desarrollada y dirigida por él, unos cuantos paramos las orejas. Después nos enteramos de que se trataría de una aventura para público adulto (que no es lo mismo que público maduro) protagonizada por un perro que decide tener su última noche de juerga antes de que sus dueños lo lleven a la veterinaria para castrarlo.
Despelote (por una vez el título en español supera al original: Fixed) es una animación picaresca que por momentos recuerda a la película y posterior serie de La fiesta de las salchichas, con Seth Rogen a la cabeza de un grupo de alimentos demasiado obsesionados con el sexo. Aquí los perros tienen múltiples intereses, que incluyen orinar los árboles y olerse los traseros, pero cuando Bull sepa que es su último día con ese par de objetos colgantes en la retaguardia la cópula se convertirá en el objetivo principal.
No es que me obsesione con las advertencias, pero a veces creo que se disfruta más de cualquier película o serie si sabemos a qué atenernos. Y Despelote es un entretenimiento con humor adolescente (que nunca dejará de hacernos reír) con una historia que sirve para que los personajes se muevan de una escena a la siguiente, donde ocurrirán cosas pensadas para motivar la carcajada, la mueca de asco o, en algunos casos, las dos.
De todas maneras, lo primero que entra por los ojos es la animación, y en ese sentido Tartakovsky apela a esa fluidez que hace que ninguna pose sea igual a la anterior, y que durante décadas se había perdido en pos de la economía de recursos. Siempre hubo excepciones, como Ren y Stimpy, serie que fue formativa para toda una generación de animadores y que en su última temporada abrazó la picaresca con fuerza. Lo elástico de los movimientos (especialmente cada vez que hay perros montándose) contrasta con la falta de sombreado, pero si tengo que elegir prefiero la fluidez a la calidad.
Así que veremos esfínteres que se mueven para aquí y para allá, los testículos de Bull (con nombres y personalidades durante un par de escenas oníricas) y, por supuesto, humor escatológico del más variado. En medio de todo eso hay una suerte de La dama y el vagabundo entre perros vecinos, con enredos y malentendidos a la orden del día.
El “marca perro” Bull (Adam DeVine) está enamorado de la borzoi Honey (Kathryn Hann), cosa que saben los compañeros del parque como el bóxer Rocco (Idris Elba), el salchicha influencer Fetch (Fred Armisen) y el terrier Lucky (Bobby Moynihan). Cuando sus dueños preparan el ritual del día antes de la castración, en el que básicamente le dan todos los gustos, será hora de escapar, enfrentarse a peligros y conocer a otros animales interpretados por comediantes.
Es una película de grandes momentos, si entendemos por grandes escenas relacionadas con testículos mordidos, excremento masticado, lluvia de orines o una ardilla destrozada con extrema violencia. Hay una clase de público para eso (lo sé porque lo disfruté), pero entiendo perfectamente que elijan ver otra cosa. Cualquier otra cosa.
Despelote. 87 minutos. En Netflix.