Quienes viven con comodidad y tienen sus necesidades resueltas suelen asumir que la mayoría de los delitos se cometen simplemente porque hay personas con dudosa moralidad. Pero también es de sentido común pensar que algunos crímenes son resultado de la falta de opciones, especialmente cuando no se cuenta con una red de seguridad económica, familiar o emocional. Esta tensión es un tema recurrente en las novelas del músico y escritor Willy Vlautin, dos de las cuales ya han sido llevadas al cine: The Motel Life (2012) y la aclamada Lean on Pete (2017). Ahora el drama de suspenso La noche siempre llega, dirigido por Benjamin Caron (Andor, The Crown) y basado en otra novela homónima de Vlautin, retrata la historia de Lynette (Vanessa Kirby, Los cuatro fantásticos), una mujer luchadora y sufrida que vive en Portland con su madre, Doreen (Jennifer Jason Leigh, Atypical), y su hermano mayor, Kenny (Zack Gottsagen, The Peanut Butter Falcon), quien tiene una severa discapacidad y no puede vivir solo a pesar de tener más de 30 años.
La realidad de Lynette es extenuante: trabaja medio horario en una panadería, por las noches es moza en un bar, estudia Economía y también se dedica al trabajo sexual. Es el sostén de su casa y de su familia, sobre todo de su hermano, a quien protege y defiende; está cansada, ansiosa y en un estado de alarma continuo. Un día, el dueño de la pequeña casa que alquilaron durante años decide venderla. Lynette quiere comprarla para evitar tener que mudarse otra vez y para terminar con su agotadora vida nómade, pero no tiene dinero ni buen crédito en el banco y necesita que su madre firme la escritura y haga el pago inicial de 25.000 dólares. Sin embargo, Doreen no se presenta a la reunión para concretar el trato: de camino, pasa por una concesionaria y, en un impulso, gasta toda la plata del pago inicial en un Mazda de alta gama y argumenta, con absoluto egoísmo, que “quería hacer algo bueno por mí misma, por una vez”.
La historia transita entre el drama social y el thriller: nos mete en una carrera contrarreloj durante 24 horas en la vida de Lynette –es el plazo para conseguir el dinero–, ante la amenaza de desalojo y de que servicios sociales le quite a su hermano. A medida que ese día transcurre y la noche va llegando, toma decisiones cada vez más arriesgadas para conseguir el dinero. Se mete en un mundo cada vez más turbio y –descubrimos– que no le es ajeno: la retrotrae a una etapa oscura y compleja. Lynette recorre Portland en busca de personas conocidas que le presten dinero para la casa y cada encuentro revela algo más de su vida, de un pasado que arrastra y que no termina de dejarla ir, pero en este presente parece tener poco que perder.
Salud mental, crisis habitacional, gentrificación y su impacto en la clase trabajadora, maltrato a quienes viven con discapacidades, desigualdad, la aguda crisis económica de Estados Unidos, abuso y un vínculo madre-hija enfermizo son abordados mientras el suspenso crece.
Gran parte de la película está filmada con cámara en mano. Esto le aporta un realismo tembloroso que imita la mirada humana y da la sensación de estar ahí, entre la desesperación y la ausencia de una salida digna.
Lynette es una antiheroína. No quiere hacer lo que está haciendo, es falible y las consecuencias de sus decisiones la desbordan. La actriz Vanessa Kirby pone su cuerpo al servicio de una historia potente, dolorosa y profundamente humana. La noche siempre llega evoca algo de Relatos salvajes, Harta o After Hours; no es una película especialmente ambiciosa, pero tiene la inteligencia de ser simple donde debe serlo y compleja cuando la trama lo requiere. Resulta una aguda narración que explora hasta dónde puede llegar la mente humana bajo presión y cuando lo irracional atraviesa la rutina de gente común que ya no puede más.
La noche siempre llega (Night Always Comes). 108 minutos. En Netflix.