Quizá desenfado sea la palabra clave que funciona como hilo conductor de los seis relatos que conforman Cuentos con niñas, niños y algunas otras criaturas salvajes. Publicado en 2023 por la editorial argentina Calibroscopio, reúne a dos autores de interesante trayectoria: el escritor colombiano Jairo Buitrago (Camino a casa, Dos conejos blancos, Eloísa y los bichos, Ugh. Un relato del Pleistoceno) y la ilustradora argentina Mariana Ruiz Johnson (El viaje de mamá, La guerra de Troya, junto con Nicolás Schuff, la versión de El pájaro de fuego, de Aleksandr Afanásief, publicada por Ediciones Tres en Línea).

Con la premisa –que el título adelanta– de que niñas y niños son parte del universo de las criaturas salvajes, en cada uno los pequeños humanos y criaturas de diverso tipo se encuentran en situaciones en las que se pone en cuestión la condición de salvaje y los distintos personajes conviven sin mayores problemas soslayando sus diferencias y desactivando los preconceptos.

La polisemia del término criatura se pone en juego en los seis cuentos, aunque la acepción que es sinónimo de niño o niña está bastante en desuso, por lo menos en el español de estas latitudes. La operación que activa el efecto humorístico es la de subvertir los roles y propiciar lo inesperado: los niños que juegan al fútbol en el campito aterrorizan a los monstruos, una niña pequeña pone al genio de la lámpara a jugar con ella, etcétera. A pesar de que hay una idea de transgresión que los une, cada uno tiene su propia impronta y su propio acento.

La narración fluye con naturalidad, como si fueran ocurriendo de manera espontánea en el momento mismo de la lectura. Buitrago regala unos cuentos que parecen obedecer al flujo de la oralidad, ir desgranándose a medida que se cuentan. En todos ellos, lo cotidiano y lo asombroso dialogan y se confunden de manera amable: la irrupción de lo diferente no produce horror, sino una curiosidad confiada y aventurera que impulsa a acercarse y a conocer. Una irrupción que es de ida y vuelta, porque no son sólo las criaturas humanas las que se sorprenden con el otro con el que tienen que lidiar: ellas son también objeto de asombro.

Así, hay un supuesto registro de cómo ocurrió, en la época de las cavernas, la primera adopción –y domesticación– de un gato; las tribulaciones de un genio de la lámpara que encuentra amistad en una niña insistente con un deseo genuino: tener con quién jugar; un grupo de monstruos que se ven superados –y amedrentados– por un equipo de fútbol infantil comandado por una niña muy decidida; una escuela que se ve revolucionada el día pactado para la sesión de fotos grupales; una niña que es testigo de la increíble transformación de su vecino de al lado; un viaje en avión que ofrece un tiempo suspendido para conocer a una abuela, una niña y dos aves que forman parte de una tripulación algo exótica.

Quizá este último sea, de algún modo, la síntesis de todo el libro: la niña y la abuela deben viajar separadas, y ese vecino de asiento pequeño y verde, que al principio despierta recelo en la señora, se convierte en un interesante compañero de viaje para la niña. Humana y ave conversan sobre sus planes y Buitrago va del punto de vista de una al del otro en cada línea de diálogo: el asombro y la mezcla de curiosidad e incomodidad ante lo diferente son mutuos. El humor –un elemento presente en los seis cuentos– y la ternura del encuentro entre seres diferentes siempre tienen una vuelta de tuerca, que llega como conclusión lógica e inevitable del vínculo. La dislocación de roles y de sentidos se opera en la naturalidad con la que se asume la presencia de lo inesperado.

Las ilustraciones de Ruiz Johnson tienen un gran protagonismo a lo largo de las páginas: se suceden escenas a página completa que preceden cada historia con irrupciones que acompañan el texto, cuya disposición en la página debe adaptarse a su forma, compartir espacio. Las criaturas –todas ellas– son monstruosas y tiernas por partes iguales, en un trabajo con un uso decidido del color y una gran expresividad de los personajes que aparecen. ¿Podría decirse que estos cuentos de Buitrago transmiten un mensaje de lo importante que es convivir con los que son diferentes? Es una lectura posible, pero, afortunadamente, el autor lo que hace es contar cuentos en los que esa idea, que recorre los seis relatos y cobra fuerza en la sumatoria, no cancela la interpretación, sino que abre un universo de sentidos, en la medida en que cada historia se defiende por sí misma, los personajes son seductores y ambiguos, los detalles y las palabras juegan su propio partido.

La portada lúgubre, con fondo negro y personajes enfrentados de gesto feroz instala desde el vamos la contradicción: en Cuentos con niñas, niños y algunas otras criaturas salvajes no ocurren cosas oscuras y terribles, sino que lo monstruoso forma parte de lo cotidiano y se mira al espejo en la mirada curiosa de las niñas y niños que lo observan. O es encarnado en los propios alumnos de 4° B a través de la mirada de la directora de la escuela y bellamente captados, en su caos, por el fotógrafo.

Foto del artículo 'Criaturas variopintas y animales en un parque'

Bana

En su tercer título, que se suma a Grande y Alma fantasma, el ilustrador Pablo Choca recurre a un grupo de animales para hacer foco en un conflicto vincular que seguramente resulte cercano a sus lectores. La protagonista es Bana, la mona que le da título al libro, a la que describe como “graciosa” y “una bromista encantadora”, pero esa presentación es puesta en duda en cuanto se enuncia en la primera página: “O, al menos, eso creía ella”. Ese contrapunto inicial funciona como adelanto de lo que va a ocurrir y se acentúa en el gesto –lejos de la felicidad y la gracia– de Bana que propone la ilustración.

Bana se inscribe la tradición en la literatura infantil y juvenil (LIJ) en la que son animales los que encarnan conflictos humanos. La acción transcurre en un mundo ficcional, que no busca el verosímil de, por ejemplo, un territorio selvático en el que cada animal se comporta como lo haría en la realidad. Choca se maneja con estereotipos –la mona es pretendidamente graciosa, la elefanta es tranquila y silenciosa, etcétera– y ofrece un universo –un parque enorme y sin límites visibles– que funciona como síntesis del mundo: en un espacio de reminiscencias selváticas, donde predomina el verde de una vegetación generosa, conviven elefantes, cocodrilos, monos, pingüinos, tigres, papagayos, jirafas, conejos, serpientes, mandriles.

La historia se cuenta mediante la sucesión de episodios que son variantes de una situación que se repite: Bana intenta ser graciosa con sus bromas para causar una buena impresión y hacer amigos entre los animales del parque, pero resulta molesta y, lejos de conseguir la risa, enfrenta a cada interlocutor a sus limitaciones. Llegado un punto, los demás deciden mostrarle cómo se sienten. Las caricias del tigre, el abrazo apretado de la serpiente, la idea de comerla a besos de los cocodrilos juegan con el oxímoron e instalan un tono en el que parece predominar el enojo, pero al encontrarla rodeada de mandriles que se burlan de ella –enormes, la rodean y, mientras ríen, la señalan con sus dedos–, se compadecen.

Esa revelación funciona como un clic en los animales del parque, que pueden comprender a Bana, y gritan y rugen para librarla de los mandriles. El suspenso que instala el autor en el ritmo de la narración, que se vuelve cada vez más lento, refuerza el efecto sorpresivo y liberador del final. “Bana quedó allí, pequeña, confundida, asustada. Lista para recibir lo que vendría después”; en pocas palabras, capta el punto de vista de la protagonista, nos pone a los lectores en su piel y, de este modo, en la expectativa y el miedo ante lo que vendrá. El final funciona como alivio de la tensión. Esa “lección que ella nunca olvidaría”, y que hay que dar vuelta otra página para saber de qué se trata –después de que los animales se le acercaran “sigilosamente”, “intimidantes” y cayeran sobre ella–, no es ni más ni menos que un abrazo.

Subyace a Bana una historia sobre el bullying, pero limitarlo a eso sería reducirlo: trata sobre los vínculos entre amigos. Decidirse a ir a decirle cómo se sienten se transforma en la solución porque les permite descubrir el sufrimiento de Bana. El juego con las palabras y la manera de contar en un contrapunto permanente entre el texto lingüístico y la ilustración, y el suspenso como elemento que da fuerza a la solución son puntos fuertes de este álbum.

Cuentos con niñas, niños y algunas otras criaturas salvajes, de Jairo Buitrago y Mariana Ruiz Johnson. 48 páginas. Criatura, 2025. $ 490. Bana, de Choca. 32 páginas. Criatura, 2025. $ 690.