La vuelta de Níquel, luego de un larguísimo impasse –casi dos décadas–, a Jorge Nasser lo tuvo bastante ocupado desde 2019. Por eso, su último disco de estudio como solista fue Llegar, armar, tocar, lanzado en 2018, que resultó un muy buen mapa sonoro de sus obsesiones musicales –a grandes rasgos, el rock y la milonga–. Hace pocos días, Nasser editó un nuevo álbum en solitario y su título ya revela para qué lado va: Mundo milonga. Alguna canción nueva, varias versiones –propias y ajenas–, grabaciones en vivo, en estudio, con invitados, solo, etcétera; o sea, de todo un poco pero con un empuje musical que lo atraviesa desde la primera hasta la decimosegunda canción: la milonga, llevada siempre por el brilloso y vibrante nylon de las guitarras criollas.
“Yo quiero una risa así, / bien guarra y alborotá, / que no presente argumento, / que no se prive de na”, canta Nasser, y luego le sigue nada menos que Ruben Rada, en “Una risa así”, el tema que abre el disco. Fue el último corte de difusión, con su correspondiente videoclip, de imágenes que exudan el mismo pulso festivo de la canción –con Rada a cargo de las tumbadoras–. Es una milonga para despreocuparse de todo, menos del ritmo.
Entre las (re)versiones de su propia obra encontramos, por ejemplo, “A tus pies” –aquella que abría su segundo disco solista, Milongas del querer (2003)–, junto con la cantante sanducera Catherine Vergnes, que incluye un pasaje rítmico insistente, de bajo caminante, como para pista de baile, que también tuvo su adelanto en videoclip.
De las versiones de otros se destaca “Las décimas”, de La Trampa, con un encare puramente milonguero, a sólo voz y guitarras, es decir, sin el ropaje rockero de la original. Justamente, como la letra de “Las décimas” está estructurada con esa forma de versos que le da nombre, tan usada en géneros criollos, la milonga le calza justo. Con un enfoque similar suena “Nadie me dijo nada”, el clásico de Jaime Roos, que originalmente es una milonga-rock con brisas de Dino, pero aquí Nasser la deja pura, al pasarla por su Mundo milonga. “Río de los pájaros”, el himno fundacional de Aníbal Sampayo, es otra de las versiones, a dúo con la argentina Sandra Mihanovich. Es una contundente interpretación de un clásico que nunca deja de emocionar, y está entre lo mejor de un disco que es una clara cartografía de un mundo milonguero.
Martes on Fire - Celebration, de Francisco Fattoruso (e invitados)
Hace más de una década, en lo que hoy es el boliche Inmigrantes, cuando se llamaba como su dirección (Paullier y Guaná), empezaron a tomar forma unas sesiones de improvisación (“jam” en el mundo anglosajón y “zapadas” por estos lares) comandadas por el bajista y compositor Francisco Fattoruso, con una banda armada para la ocasión y un desfile de invitados. Esos eventos empezaron a crecer y se transformaron en un ritual semanal apodado “Martes on Fire”.
Montevideo Music Group acaba de editar Martes on Fire - Celebration, un disco con diez canciones que resumen la esencia de lo que eran aquellas fiestas de improvisación, tomadas de un show en la Sala del Museo. El álbum arranca con una densa versión de “Just Be Good to Me”, de The S.O.S. Band, como carta de presentación, con la banda estable en la que se destacan Mateo Ottonello (batería), Matías Rada (guitarra y voz) y Camila Sapin (voz).
Luego, como en los shows, por el disco van apareciendo los invitados. Con los peyoteros asesinos Fernando Santullo y Carlos Casacuberta la banda encara una versión más groovera de “Cable pelado”, así como Pablo Silvera pone la gola para ametrallar palabras en “El dilema”, canción del primer disco de Mota, la banda que armó luego de la disolución de Once Tiros.
El repertorio está integrado por un crisol bien variado, tanto de invitados como de géneros. Por ejemplo, nos topamos con el clásico “Candombe de la Aduana”, de Níquel –con Jorge Nasser, claro está–, en una versión bastante fiel a la original, así como el asunto se pone más bailable, con vientos y todo, cuando irrumpe Luana para interpretar “Amarte no se olvida”.
La versión de “El tiempo está después”, de Fernando Cabrera –y con él como invitado, por supuesto–, gracias a una llevada rítmica bien airosa, el entrelazado de timbres ciudadanos y la melancolía de su letra, que no es la que se esperaría en una jam, se convierte en uno de los puntos más altos del álbum, que dura casi 50 minutos, pero parece menos por el pulso de la improvisación, que suena ensayado.
Florece en el caos, de No Te Va Gustar
Hacía casi cinco años que No Te Va Gustar no lanzaba un disco nuevo de estudio, el tiempo más largo entre álbumes de una banda que ya lleva más de tres décadas. A principios de enero, los liderados por Emiliano Brancciari publicaron Florece en el caos, que arranca con un in crescendo misterioso, a cargo de guitarras eléctricas que van subiendo la intensidad hasta estallar en un riff distorsionado. Titulada “Halcones y payasos”, la primera muestra una intención de volver al rock, con una producción más austera que en álbumes anteriores. La canción tiene su gracia en las estrofas, por sus dosis rifferas, ya que luego viene el clásico estribillo notevagusteroso, cuya melodía vocal no es demasiado distinguible de otras tantas anteriores. “Todo mal”, junto con Ciro y Los Persas, y “No somos nosotros” son otras de las canciones más guitarreras del álbum, que siguen demostrando la intención de ir por el camino del rock.
Luego de más de una decena de discos, cualquier pizca tímbrica que se aleje de lo que escuchamos antes por parte de Brancciari y compañía es más que bienvenida. Por ejemplo, “En mil pedazos”, si bien es un pop-rock de corazón roto como se ha escuchado tantas veces, se destaca por un arpegio de guitarra eléctrica de aires ochenteros que le dan otra gracia. Así como el impulso rítmico de la intro y los vientos de “En llamas”, aunque también hable del que late en el costado –en este caso, no está roto en mil pedazos, sino en llamas–. A su vez, se nota un gesto de producción más compacta, porque los vientos no están por encima de las guitarras en la mezcla. “Si el mar me ve” es otra canción con un arpegio de guitarra que implica una brisa distinta a lo anterior.
Con diez canciones, poco más de 35 minutos de duración y una tapa que ilustra el título –una maraña de resortes que forman una flor–, se trata de un disco que está lejos de ser el mejor de No Te Va Gustar, pero también está a la misma distancia de ser el peor. De cualquier manera, seguro los fans de la banda pensarán que el lustro de espera valió la pena.