“Cuando yo trabajaba en un diario tenía bastante prejuicio con la tele. Pero empecé a trabajar en televisión y la verdad que el laburo que hago es de la misma intensidad periodística que el que hacía en el diario”, dice Paula Scorza, apenas terminada su jornada en el programa Desayunos informales, de Canal 12. Es uno de sus tantos trabajos, ya que también está en la edición dominical del informativo Telemundo y en radio (12 PM por Azul FM) y streaming (La fórmula). Como si todo eso no bastara, escribe columnas de opinión en Búsqueda.

Trabajó en El Observador, donde, entre otras cosas, fue editora de Política y también de Cultura. No suele ser común alternar entre dos secciones tan distintas. “Tengo muchos intereses”, acota Scorza, aunque confiesa que trabajó mejor “profesionalmente” en Política. “Cultura me encantaba porque me gusta la música, el teatro, leer, pero creo que como editora de Cultura me faltaba. Siento que mi área es Política, seguro”, agrega en esta entrevista con la diaria que, sea como fuere, deriva hacia la cultura porque la entrevistada tiene una corchea tatuada en el antebrazo derecho y a los cuatro beatles en el izquierdo.

Me llamó la atención que empezaste en los medios trabajando en la audición partidaria Peñarol verdad, a fines de los 90.

Es una etapa que recuerdo con mucho cariño porque fue el trabajo que nunca pensé tener. Como lo escuchaba y había estudiado en el [Instituto Profesional de Enseñanza Periodística] IPEP, dije “voy y dejo el currículum”, que no tenía nada... Me atendió Jorge Pasculli, se lo dejé, hablamos un poco y me llamaron. Empecé cubriendo juveniles. En el IPEP también estudié periodismo deportivo, pero mi idea no era dedicarme a eso porque era imposible: nunca iba a poder tener lo que se necesita para ser periodista deportivo, cierta imparcialidad.

En aquella época para ser periodista deportivo había que ser hombre y abogado.

Claro. Yo cubría juveniles, pero a veces me tocaba ir al estadio [Centenario] e iba al vestuario –no adentro, a la parte de afuera– para los móviles y estaba Silvia Pérez, la number one, pero no había más mujeres. Era 1998 –tenía 22 años–, después del quinquenio, el momento en el que Peñarol estaba peleado con la prensa, entonces, estaba ahí y todos me miraban porque los de Peñarol hablaban sólo conmigo. Además de disfrutarlo mucho porque, siendo hincha de Peñarol, era un goce, aprendí un montón de cosas que después me sirvieron. Eso que te digo del vestuario: tenés que estar ahí y hacerte un lugar entre todo un mundo, que en ese momento era diferente.

¿Siempre quisiste ser periodista?

Me costó mucho encontrar la vocación. Yo quería ser periodista, pero no sabía bien por qué lado iba a arrancar y todo fue medio de casualidad. Pero fue la primera herramienta para saber cómo hacer una nota, a los ponchazos, porque no había nadie que te guiara mucho tampoco. Las notas en Peñarol verdad eran una charla con el jugador: “¡Qué bien que estuvimos, vamo arriba!”, o sea, cero periodístico.

¿Cuándo pasaste al periodismo no partidario?

En Peñarol verdad estuve dos años, después se hizo una revista [homónima] en la que también escribí, y se me empezó a complicar mucho con los horarios porque trabajaba en un consultorio médico. Al poco tiempo entré a TV Libre, que fue mi primer trabajo periodístico no partidario, y ahí hice de todo: un informativo, un programa periodístico a la mañana; lo que pintara. Cuando tenés muy pocas herramientas para laburar bien, aprendés un montón porque tenés que hacer cosas que no están en los planes para salvar mil situaciones: si faltó el de gráficos, hacés gráficos.

En el medio que más trabajaste fue en el diario El Observador. ¿Cómo viviste desde adentro la transformación hacia la preponderancia de la web, con la medición de los clics y las visualizaciones de las notas?

Muy difícil. En 2007 estuve en Últimas Noticias y desde 2008 en adelante en El Observador. Como periodista cubrí Parlamento, en un tiempo intendencia y en otro tiempo sindicales. Entonces, por ejemplo, iba al Parlamento y estaba todo el día rascando, buscando información, conseguía una noticia, gol, me la guardaba, la escribía tranquila y al otro día se publicaba. Así era el trabajo antes, pero eso fue cambiando, y bastante rápidamente, a que no siempre tenés un área fija de cobertura, o sea, tenés que hacer muchas cosas; y apenas hay algo que puede ser una noticia, pum, lo publicás, o sea, no tenés tiempo para trabajar bien a fondo los temas. Eso al principio me rebelaba mucho, porque si tengo una cosita, dejame averiguar un poco más, pero había que publicar, y era el formato que se venía y el que ahora estamos viendo.

Lo entiendo perfecto y es el mundo de hoy. Además, como ahora todos los políticos se expresan permanentemente en sus cuentas de Twitter [X], hay noticias que se arman muy rápido, pero a mí me gustaba tener tiempo para preparar, escribir, consultar alguna fuente, eso ahora es mucho más difícil. Algo que no me gusta nada es que el periodismo de investigación casi no existe y es una de las mayores falencias que tenemos en Uruguay. No tenemos tiempo o los medios no destinan un periodista para que investigue porque eso sale caro. Entiendo que el mundo es así hoy, pero a mí me gustaba más trabajar como antes, si estamos hablando de diarios. Creo que la información tenía mejor calidad, porque tenías más tiempo, solamente de trabajarlo y de hablar con personas. Igual, hay periodistas que laburan excelente en diarios, que sí hacen el trabajo como antes, aunque lo tengan que publicar antes en la web.

Ya que cubriste el Parlamento durante muchos años: hay quienes se quejan –incluso políticos– de que en general bajó el nivel de los parlamentarios. ¿Es así o es otra idealización del pasado?

A veces uno idealiza bastante el pasado. Cuando empecé a cubrir Parlamento, que fue en la legislatura 2005-2010, eso también se decía. Había una cosa de “che, qué bajo que está este Parlamento en comparación con el anterior”, y siempre fue pasando. Lo que yo veo en algunos en el Parlamento –no en todos, no me gusta generalizar– es que el nivel del debate a veces se queda en la corta, no se profundiza mucho y se prioriza un poco más la chicana, te grito no sé qué.

El comentario para que después se suba un videíto a las redes sociales.

Exactamente. Recuerdo cubrir sesiones del Parlamento en las que había discusiones recontra elevadas de tono pero con una profundidad que decía “qué bien este argumento, qué bien el otro”. Yo tengo un problema: me gusta mucho el Parlamento, entonces, me encanta escuchar los debates; las interpelaciones, no tanto, porque a veces son más circenses. Es verdad que el nivel del debate lo estoy viendo un poco flojo, pero no siempre. Por darte un ejemplo positivo, el último debate sobre la eutanasia en las dos cámaras fue muy enriquecedeor, porque se escucharon posturas antagónicas sobre una situación súper delicada y en la enorme mayoría de las casos se dio con mucho respeto. Ese fue un debate sobre el que decís “vale la pena sentarte a mirar y escuchar”. Hay otros que ya lo ves venir, que el que se anota lo hace sólo para que quede el registro de lo que quería decir, y listo, no importa el intercambio: “Te voy a decir esto, me voy a quedar acá y no importa lo que diga el otro”.

Foto del artículo 'Paula Scorza: “El periodismo de investigación casi no existe y es una de las mayores falencias que tenemos en Uruguay”'

Foto: Alessandro Maradei

Se me vino a la mente que en ese primer período parlamentario que cubriste se dio el famoso intercambio entre el legislador del Frente Amplio Juan José Domínguez y el entonces diputado blanco Luis Lacalle Pou, con el grito “oligarca puto” y toda la gresca que se armó después.

Cuando pasó eso, en la cámara estábamos Ernesto Tulbovitz por Búsqueda, Pepe Sena con el camarógrafo por Canal 10 y yo por Últimas Noticias. Había pocos periodistas porque en el Senado se estaba discutiendo la ley de despenalizacion del aborto, entonces, todo el mundo estaba ahí, y en Diputados ni me acuerdo cuál era el tema, y de un segundo al otro... Me acuerdo perfecto porque es inolvidable: dos parlamentarios agarrándose a las piñas; aparte, fue medio una generala.

¿Ser periodista en un ambiente lleno de hombres y machista como el de la política te trajo algún inconveniente?

No, creo que la piloteé bastante bien y que me ayudó haber trabajado en el fútbol. Nunca tuve una situación que me haya dañado, pero siempre hay prejuicios porque sos mujer, y sobre todo cuando sos joven, alguien que se quiere hacer el vivo, pero a mí no me pasó nada, la verdad.

Desde hace poco tiempo escribís columnas de opinión en el semanario Búsqueda. Imagino que es un desafío opinar sobre el tema que sea cuando la opinión es lo que abunda en todos lados.

Sí, es un desafío total. Aparte, también te exponés mucho al odio, al que, como no está de acuerdo contigo, te putea solamente porque no está de acuerdo contigo –la crítica no me importa, está todo bien–. Ya hace un año que hago esas columnas y no me importa tanto, pero al principio tenía cierto cuidado en la elección de los temas, aunque sabía que algunos iban a generar... Hay mucha gente que te dice cualquier cosa, algunas muy feas, y yo ya debería haberme acostumbrado, pero no me acostumbro a la violencia gratuita. No me gusta cómo pensás, entonces, “sos una hija de puta, mandadera y comprada”. Esta gente, cuánto tiempo libre, ¿no? Además, sería mucho más constructivo para todos los periodistas que si vos, como lector, oyente o lo que sea, no compartís una cosa, escribieras el mismo mensaje de otra forma: “Me parece que acá te equivocaste porque tal cosa y tal otra”. Ese mensaje me deja algo, pero el que te putea no te deja nada.

Desde 2024 tenés el programa de entrevistas por streaming La fórmula, junto con tu pareja, el también periodista Alejandro Amaral. Cada vez hay más programas de streaming, ¿qué futuro le ves a todo eso?

Ni la menor idea, pero, obviamente, todas las personas que hacemos streaming no vamos a poder estar para siempre porque hay que sostenerlo económicamente y es imposible. Es otro medio de comunicación, y eso para mí siempre es bueno: cuantos más haya, mejor, y que puedas elegir. También me parece que es un formato que en algún momento se va a agotar porque todos los periodistas de este país no podemos estar en streaming. Algunos se quedarán, otros se irán, y así. Pero como no sabés qué va a pasar mañana, qué plataforma va a aparecer... Antes eran el diario, el semanario, la radio, la tele, y se terminó, pero ahora el futuro es una incógnita total.

Tenés a los cuatro beatles tatuados, caminando por Abbey Road. ¿Ese disco en particular te gusta más?

Me encanta ese disco, por supuesto; me gustan todos. Obviamente, no voy a decir que la música empezó ahí, pero con ellos algo pasó y después vino todo lo demás. Escucho a los Beatles desde que existo, básicamente, es la banda fundamental, aunque me gustan millones de cosas.

¿Desde que tenés uso de razón los escuchás?

Porque mi madre escuchaba mucho a los Beatles, entonces, son esas cosas que te van entrando de alguna forma. No me pasa con mis hijos, por ejemplo, que nada de lo que escucho les entra por ningún lado, y está bien, es otra generación. En mi casa se escuchaba eso, y mis abuelos escuchaban a [José Luis] Perales, me sé todas las canciones de él de memoria y me gustan.

Pero de ahí a tatuarte a Perales...

No me lo voy a tatuar, lo quiero mucho. Una vez lo dieron por muerto y por suerte no estaba muerto. Es un tipo súper agradable. Por ejemplo, yo escucho una canción de Mocedades y me la sé de principio a fin, pero nunca los puse por mi propia voluntad. Entró, listo.

Si tuvieras que elegir una sola canción de los Beatles, ¿cuál sería?

Con una sola me matás, pero te digo tres de mis favoritas: “Blackbird”, “In My Life” y “I’ve Just Seen a Face”.

Paul McCartney tocó “I’ve Just Seen a Face” en el estadio Centenario la segunda vez que vino, en 2014.

A Paul McCartney lo amo, lo fui a ver las tres veces [que se presentó en Montevideo]; si hubiera tenido plata, hubiera ido a Argentina también.

Te falta entrevistarlo.

Sí, pero no va a pasar, ya lo sé.