Se ha dicho mil veces, pero vamos de nuevo porque el público se renueva: grosso modo, el cine bélico se divide en dos grandes corrientes. Por un lado, el de entretenimiento (y ocasional glorificación), que apela a un lado lúdico e inventado de la guerra y busca divertir con personajes heroicos en misiones imposibles y emocionantes. Buenos ejemplos pueden ser Los doce del patíbulo (Robert Aldrich, 1967), El botín de los valientes (Brian G Hutton, 1970) o, en tiempos más recientes, Guerra sin reglas (Guy Ritchie, 2024).

Por otro lado está el cine antibélico, que busca generar conciencia, y no por eso descarta en ocasiones el entretenimiento. Ejemplos de esto son Hombres en guerra (Anthony Mann, 1957), Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957) o Pelotón (Oliver Stone, 1986), entre muchas otras. En estos casos juega mucho a favor el aporte que pueda brindar a la película la experiencia de primera mano que haya tenido alguno de sus realizadores en algún conflicto bélico. Desde roles centrales como asesores o tomando como base para su guion algún libro escrito por soldados, el formato antibelicista se nutre, antes que nada, de la memoria directa, del registro en carne propia. Y pocos registros serán más cercanos que el de Ray Mendoza.

Mendoza sirvió durante 16 años como Navy SEAL: se unió a la Marina estadounidense en 1997 y formó parte del reconocido SEAL Team 5. Ya retirado, ofició de asesor militar en varias producciones de Hollywood y fue preparando, junto al director Alex Garland, la película Guerra civil (también en Amazon), proceso en el que surgió el interés de desarrollar juntos el proyecto que hoy nos ocupa. Mendoza insistía en que no había películas que registraran de manera fidedigna el infierno de estar en una zona de combate, y Garland le propuso registrar sus propias experiencias durante una misión en Irak a principios de este siglo. De esta colaboración y propuesta nació Tiempo de guerra (Warfare), una de las propuestas más crudas, viscerales y directas del cine bélico contemporáneo.

La misión será lo de menos. Una unidad de Navy SEAL toma el control de una casa de dos pisos en una esquina de un barrio cualquiera de la ciudad de Ramadi, en Irak. Su tarea es sencilla: vigilar discretamente otra casa apenas cruzando la calle, donde Inteligencia Militar cree que hay una base enemiga, y brindar apoyo a una unidad de marines que está cerca en caso de que se plantee el conflicto. No pasa ni medio día hasta que son descubiertos, atacados por sorpresa, y quedan aislados durante largas y claustrofóbicas horas, resistiendo a duras penas los embates enemigos.

Apartada de nada que no sea el hecho bélico, Tiempo de guerra se concentra en la acción. Una acción descarnada, realista –puede recordar a la de Black Hawk Down, de Ridley Scott (2001), sin aquella molesta carga política que la arruinaba en su recta final– y centrada únicamente en esa casa sitiada y ese puñado de soldados jóvenes (un elenco de lujo, plagado de estrellas y futuras estrellas: Will Pouter, Cosmo Jarvis, Michael Gandolfini, Joseph Quinn, Charles Melton, Noah Centineo, entre otros) que resisten el asedio mientras esperan por ayuda. No hay reflexiones, no hay motivación, no hay entre sus personajes planteos del orden de “no deberíamos estar aquí” o “qué bien qué estamos aquí”. Sólo hay instinto de supervivencia y aguantar.

Utilizando testimonios y recuerdos de sus propios compañeros, Mendoza –quien participó en ese combate– hace las veces de coguionista y codirector junto con Garland, y logran un retrato tremendamente impactante de un conflicto armado, su tensión, sus consecuencias. Prácticamente narrada en tiempo real, tensa y sanguínea, Tiempo de guerra no es para todos los paladares, pero es una gran experiencia cinematográfica y un gran aporte al género bélico que, por realista, resulta antibelicista.

Tiempo de guerra. 95 minutos. En Prime Video.