Una casa en la que hay niños es, además de ruidosa y desordenada, una casa en la que habita la vida, la prueba cotidiana del devenir del tiempo y lo dinámico; habita la sensación de que todo avanza y se transforma constantemente, de una impermanencia. Por eso, cuando una casa se queda sin niños no solo hay silencio: se altera el pulso del tiempo, los espacios parecen más grandes y lo cotidiano suena a eco; no hay juguetes tirados ni voces que interrumpan, y se impone una quietud extraña.

El director y productor estadounidense Joshua Seftel, reconocido por su mirada sobre historias humanas de impacto social, fue nominado al Emmy en 1992 por Lost and Found, un documental sobre niños huérfanos en Rumania, y al Oscar en 2022 por Stranger at the Gate, centrado en un exmarine que planea un atentado contra una mezquita hasta que el encuentro cara a cara con sus potenciales víctimas cambia el curso de su plan.

En Todas las habitaciones vacías, cortometraje nominado al Oscar 2026, Seftel decide rendir justo homenaje a ese silencio extraño que dejan las ausencias, pero desde los cuartos de los niños víctimas de tiroteos escolares en Estados Unidos, que en 2024 cobraron 276 víctimas, entre fallecidos y heridos. Narra la cobertura de estos casos que durante siete años realizaron el corresponsal de la CBS Steve Hartman y el fotógrafo Lou Bopp.

Dominic Blackwell, Hallie Scruggs y Jackie Cazares tenían 9 años y Gracie Muehlberger, 15; todos murieron en tiroteos escolares en diferentes estados del país. Ante una violencia casi naturalizada, Hartman sintió que, como periodista, su manera de transmitir esas historias había llegado a un límite; hasta entonces, intentaba presentar algún héroe en las tragedias y dar una visión lo más positiva posible. Frente al riesgo del olvido por la repetición de los casos, optó por cambiar de enfoque y, junto con el fotógrafo Bopp, decidió mostrar a familias en duelo para retratar la pérdida desde una perspectiva diferente, desde esos espacios detenidos en el tiempo y llenos de vacíos.

Bopp dejó de fotografiar acción y personas en movimiento para centrarse en naturaleza muerta: las habitaciones que muchos padres mantienen aún intactas desde el día en que sus hijos no volvieron. Ambos, con sensibilidad y crudeza, nos regalan un documental atravesado por una profunda emoción, en el que las vidas quedan suspendidas en habitaciones inmóviles, fotografías pegadas, dibujos sin terminar, juguetes amontonados y zapatos que jamás llegaron a ponerse. Padres que no lavaron nunca más la ropa para que el olor de sus hijos quede impregnado muestran la personalidad, las pasiones y sueños de sus hijos a través de posters y peluches, de ropa aún colgada en las perchas, como esperando a ser usada.

En apenas 35 minutos, este brillante documental evidencia el duelo familiar y la crisis de violencia en Estados Unidos. También deja una sensación de que cada momento con nuestros hijos puede ser el último, una permanente percepción de fragilidad y de conciencia de que el tiempo con los hijos no está garantizado y de que cualquier instante compartido es irrepetible. Hay un retrato profundo de cómo los padres atraviesan el duelo de forma diferente, pero con un denominador común: lo estático de las habitaciones de sus hijos como reflejo de un trauma imposible de superar. No hay redención ni falso mensaje de esperanza, nada de “la vida sigue”; son familias rotas que intentan seguir viviendo como pueden, mientras los cuartos intactos resisten cualquier posibilidad de olvido.

Todas las habitaciones vacías. 35 minutos. En Netflix.