¿Qué hace Jorge Drexler ahí adentro? En la entrada, un empleado de acento español resbala los dedos sobre el papel de una imposible agenda de prensa, que le dispara un evidente fastidio. En el subsuelo del lugar –el estudio Elefante Blanco, ubicado en el barrio Cordón de Montevideo– hay medialunas y café, muebles de diseño, un televisor gigante, publicidades de los dueños de casa –el grupo No Te Va Gustar– y revistas decorativas cerca de un amplio sillón.
“¿Eres un gran anfitrión? El arte de la primera impresión”, reza la nota de portada de la publicación londinense Monocle. Otra tapa, de llamativos amarillo y negro, se pregunta: “¿Dónde fue a parar el arte de la hospitalidad?”.
En el piso principal, otra agente de prensa española, algo más simpática e igual de nerviosa, suspira antes de correr mientras dispone los turnos de periodistas locales y extranjeros –brasileños, colombianos, mexicanos, bolivianos– con ademanes universales de “¡Basta! Por favor, se terminó tu tiempo”.
La entrevista que está a punto de comenzar será la décima del día para el cantante y compositor uruguayo en una jornada reservada casi en su totalidad a la promoción de Taracá, su nuevo disco, cuyo estreno está previsto para el 13 de marzo.
“Quise volver a grabar en casa, en mi Montevideo, donde mis padres se conocieron y donde me trajeron a este mundo hermoso y terrible”, se lee en un texto incluido en el arte de su decimoquinto álbum, dedicado a su padre, Günther Drexler Schlein (1935-2024).
El simple “Toco madera”, subido a redes sociales a principios de enero, adelanta una profunda inmersión en el mundo del candombe no exenta de experimentos típicos del artista, como unos silencios inéditos en el género, ubicados atrevidamente entre dos notas musicales.
“Dame un segundo”, nos pide Drexler mientras responde en su teléfono mensajes que definen una noche de ensayo. La noche siguiente recibirá lo más cercano a una bendición, cuando toque sus nuevas canciones en la bajada de Río Negro y al aire libre, en el Centro Cultural La Calenda, ubicado en una antigua usina de gas de Barrio Sur. Su anfitrión será Fernando Lobo Núñez, que pasará yendo y viniendo de su taller de tambores para bailar y brindar, y también estará allí, en primera fila, Chabela Ramírez, todavía maquillada luego de su actuación con la comparsa Valores en el Teatro de Verano. “Estamos en el epicentro del candombe”, señalará el músico uruguayo, en un rol de guía turístico de la barra de cronistas foráneos.
Ese martes, además, junto con el cantante Américo Young en el escenario y Nacho Algorta en el piano, la plena uruguaya volverá a consagrarse de forma rotunda y orgánica en una versión bailable del clásico de Drexler “Todo se transforma”, pero esa es otra película.
De vuelta en el estudio de Elefante Blanco, el vaivén despreocupado del cantante recuerda el meme de John Travolta en Pulp Fiction, aunque cualquier signo de su posible desatención se esfuma ni bien se prende el grabador. Su mano izquierda ubica un vaso con té de rosa mosqueta sobre un cajón peruano antes de iniciar la charla amable y atenta con la diaria.
Esta semana se cumple un año de tu primera participación junto con la Rueda de Candombe en la plaza España. ¿Cómo recordás esa noche?
Fue muy importante para mí porque la Rueda del Candombe fue muy importante para este disco. Recuerdo la sensación de entender cuál era uno de los caminos importantes del disco, de haber encontrado una manera de entender el candombe con la que me podía relacionar directamente.
Llevo mucho tiempo dando vueltas alrededor del candombe. La primera canción que grabé en un estudio de grabación, llamada “No te creas”, era un candombe con congas. La primera canción del primer disco, en la cara A de La luz que sabe robar, se llama “Bienvenida” y es un candombe tocado en batería por José San Martín y Hugo Fattoruso.
Yo siento que mi relación con el patrón rítmico del candombe ha evolucionado y también con la vivencia de lo que significa el candombe. Y cuando lo vi en la Rueda del Candombe lo sentí muy familiar. Porque ese formato derivado de la rueda de samba brasileña, en el que ellos se inspiraron, para mí era algo muy cercano. Voy a las ruedas de samba desde hace mucho tiempo y me encantan. Me parece un encuentro espiritual y de celebración de una identidad. La rueda de samba tradicional no es un lugar donde un autor va y expone su propio repertorio, sino donde se celebra un repertorio común. Es un acto comunitario que genera una euforia muy particular y es una herramienta social importantísima.
En este caso, estabas en tu país, rodeado de aficionados al candombe. ¿Había un nervio especial?
Sí, claro. Además, porque los seis instrumentistas de la Rueda del Candombe eran todos de primera A. Creo que la gran virtud de la Rueda, con sus conciertos y repertorios, es que lleva a una comunidad a mirarse en el espejo de su identidad, a decir: “Esto somos nosotros”. Desde que la vi, supe que iba a ser un éxito.
Y volviendo a tu pregunta, esa noche, cantando ahí, dije: “Bueno, esto, me voy a poner a escribir para este formato”. Concretamente, la primera cosa que hice fue adaptar al candombe “¿Qué será que es?” [“O que é, o que é”], la canción de Gonzaguinha, que en mi cabeza hizo ese puente entre la canción que yo amaba de las ruedas de samba en Brasil, y que la pensé para cantarla con la Rueda de Candombe.
Alguna vez dijiste que tu manera de encarar tus intereses era de forma dispersa y obsesiva. ¿Hasta qué punto llegaste esta vez con el candombe?
Me obsesioné mucho, intenté verlo desde diferentes ángulos, estudié su historia y, sobre todo, dejé hablar a los que saben. Diego Paredes [tambor piano], Claudio Martínez [repique], Darío Terán [chico] y los demás integrantes que se sumaron, como Ferna Núñez, el hijo del Lobo, y Camilo Núñez, el nieto del Lobo, vinieron acá [al estudio], pusimos un micrófono, una cámara y les preguntamos: ¿cómo lo ven ustedes?; ¿qué es el candombe?; ¿qué tiene que hacer cada tambor?; ¿qué rol tiene la clave?; ¿cuál es el rol social del candombe?
La comparsa Valores, que está dentro de la cuerda, representa su sonido dentro de la cuerda. Es decir, el candombe es mucho más que un ritmo musical. También es una experiencia espiritual. El trance del toque del tambor es un regalo de África a una sociedad. Ya no depende de una opinión subjetiva, ni de la mía, ni de nada.
Los efectos del estado meditativo están comprobados con estudios. Y el candombe, entre otras maravillas, induce un estado meditativo. Quien lo toca o lo escucha entra en un riel de estado de conciencia. Y en ese riel pasan cosas. Por eso digo que con el tambor también se reza. La vida acaba en esa semicorchea. De ahí también viene el Taracá del disco. Estar acá y ahora es un acto de presente y por eso el candombe es una herramienta de mindfulness.
A propósito de eso: el año pasado era frecuente escuchar cosas como “Jorge anduvo por la Ciudad Vieja” o “fue a ver un concierto al centro cultural Villa Dolores”. Después me enteré de que en realidad también viajaste mucho fuera del país, pero daba la sensación de que andabas por acá muy seguido. ¿Cómo fue ese reencuentro con Montevideo y cuánto tuvo que ver con el disco?
Tuvo que ver mucho con el disco y me he sentido muy bien, muy querido. Sentí mucho cariño y siento que le devolví mi cariño a la ciudad. Estoy muy contento con el período de grabación. Fui y vine muchas veces, porque tenía muchas cosas que hacer acá en la ciudad, y espero que sea un indicador del aumento del tiempo que paso en el país. Es mi aspiración futura.
Te digo, es tan sencillo como que tengo tres hijos, el mayor de 28 y la menor de 14. Esas cifras son las que directamente indican una cosa: hace 28 años que no me puedo desplazar de España, porque adoro la paternidad presente. Me gusta estar en la vida de mis hijos. Me gusta estar presente y no perderme ese proceso. Pero también va pasando que cuando un hijo tuyo ya pasa de los 14 a los 15, como va a pasar con mi hija menor, ya llega un momento en que empiezan a prescindir de vos. Y ahí vos podés recuperar tu propio espacio. Yo tenía ganas de hacer una camiseta que dijera: “Criando gente de 1997”.
La verdad es que tengo ganas de que llegue el momento en el que pueda decir: “Bueno, vengan a visitar a papá cuando quieran, pero papá va a estar cinco meses en un lado y siete en el otro, o cuatro y ocho”. Pero mi aspiración es eso que hacía Mario Benedetti: vivir una época del año en Madrid y otra época en Montevideo, como hacía [Daniel] Viglietti con Francia y Montevideo.
Con este disco generé muchos vínculos musicales que ahora tengo para desarrollar. Esto recién es el comienzo.
Además de dedicarle este Taracá a tu padre, le dedicás en especial la última canción, “Las palabras”. En un momento dice: “Cruzar el mar a bordo de la palabra barco”. ¿Alguna vez pudiste hacer un viaje largo en barco?
He pasado una semana en un velero, recorriendo las islas Baleares. Eso lo hice dos veces con mi familia y me encanta. Crucé muchas veces el Río de la Plata en el Vapor de la Carrera, pero eso no es un gran viaje. No soy un gran navegador, me encantaría, pero no he hecho un viaje largo en barco. Definitivamente, me gustaría mucho.
Esa canción habla del poder demiúrgico que tienen las palabras para generar un universo. Como dice el Génesis, lo primero es la palabra. A través de la palabra se genera la cosa, el ente, digamos. Eso siempre me gustó: “Se ordena el cielo cuando las palabras suenan”. De alguna manera, las palabras pretenden generar un orden en el cosmos. Lo dicen, lo clasifican, lo nombran.
Foto: Ignacio Dotti
Y para vos también ha sido una forma de ordenar tu...
... mi caos mental, probablemente sí. Esa letra es vieja igual, la tengo hace mucho tiempo escrita. De hecho, mi padre se fue en 2024 y cuando me fui a fijar hace una semana la fecha de escritura de esa canción, vi que era 2017, y concretamente del 13 de marzo de 2017, que es el cumpleaños de mi viejo y es el día que sale el disco. Esa fecha no la elegí yo. Sabía que el disco iba a salir por marzo o finales de febrero, mediados de marzo, pero no podía creer que la fecha era justo la del cumpleaños del viejo.
Se ve que estoy bastante más tocado por la muerte de un padre de lo que me doy cuenta, de lo que se nota en la superficie. Tengo todavía la foto de mi viejo como salvapantallas de la computadora. Hace un año y medio que está ahí y no sale. Algo pasó, a pesar de que mi viejo tuvo una vida enormemente feliz y fructífera. Bueno, feliz en parte, porque es un niño de la guerra que se escapó a los 4 años de Berlín, pero superó ese odio de ser un refugiado y generó una familia y una profesión. Llegó un momento en que dijo: “Ya estoy”. Y creo que a mí también me gustaría poder decir algún día: “Ya estoy”.
Esas coincidencias no tienen explicación, ¿no?
No tienen explicación, la verdad. Como dice la canción [“Toco madera”]: “Yo no era supersticioso, pero hoy no soy lo que era”. Odio autocitarme, pero estamos hablando del disco.
“Toco madera” salió de la guitarra y no de los tambores.
Comenzó con la guitarra, sí. De hecho, estuve un tiempo pensando cómo hacerla solo con guitarra, y me gusta tocarla solo con guitarra. Sale de un cambio de escala y un estudio medio analítico, medio científico del candombe, en el sentido de que es artificial.
Te voy a contar una anécdota de la grabación de esa canción que no debería contar: cuando ponemos a la cuerda de la Rueda de Candombe a tocar arriba de la clave, que es una clave programada –o sea, está hecha con sonido de tambores, pero también con sonido de diferentes maderas golpeadas, pero es una clave de laboratorio–, me doy cuenta de que la clave programada en una computadora, para ellos, integrantes de la mejor cuerda a la que puedo aspirar, no es lo más fácil de tocar encima.
Es una canción de laboratorio, a tal punto que me está costando sacarla en los ensayos de estos días. Porque implica mantener una cosa hierática, quieta. O sea, es como si estuviéramos hablando de la vestimenta y yo pusiera la lupa en los cordones de los zapatos. Es un elemento magnificado que es la clave del candombe sacada fuera de contexto y escrita a partir de una doble acepción de la expresión tocar madera, la del destino y la buena suerte, y la de la clave del candombe. La idea me la sugirió Tadu Vázquez, uno de los productores del disco, y me pareció genial jugar con ese malentendido.
En muchas de las notas que diste en Buenos Aires estos días te has encargado de explicar que en el candombe el respeto por las formas y tradiciones es un elemento fundamental. Así y todo, en este disco te animaste a probar con fórmulas innovadoras.
Parte del respeto es tratar un género como género vivo, y parte del respeto es moverlo en diferentes direcciones, porque el candombe es una entidad cultural sumamente poderosa, y yo creo que está sumamente viva. No hay nada poderoso y vivo que no cambie. Es decir, yo no soy el indicado para ser un agente de cambio en el camino del candombe. Ese cambio tiene que venir desde el toque, desde la calle, pero yo puedo, por ejemplo, en este mundo cosmopolita en el que vivo, probar con algo como “Toco madera”. A lo mejor yo no tengo profundidad o una relación constante con el barrio ni con el ritmo, pero tengo perspectiva. O sea, recorro.
Con el último disco [Tinta y tiempo] recorrimos 35 países, y a todos esos lugares llegué con una visión de la música de mi país. Y en todos lados veo cómo reacciona el público, qué me devuelve una audiencia de diferentes países acerca de eso que yo estoy mostrando. Y en todos esos países salgo de noche y voy a ver qué es lo que pasa con su música: con el funky carioca en Río de Janeiro, con los grupos de vallenato en Medellín, donde vas a una casa y te hacen una fiesta de vallenato, con música tocada ahí; qué es lo que está pasando en Santurce y en el viejo San Juan con los encuentros de bomba, cómo se baila la bomba, cómo el bailarín dirige a la banda; qué es lo que pasa con la plena, con los panderos cuando llega la Navidad en San Juan; qué pasa con el son jarocho en México y con el zapateado y con la improvisación, y lo que pasa en Perú con el landó. En todos lados voy a investigar.
Entonces, lo que se me ocurrió a mí [para la producción de Taracá] es traer dos especialistas en ritmo de Puerto Rico, dos productores muy jóvenes también [Mauro y Gabo Lug]. Uno de ellos es un percusionista número uno que ha producido a Tego Calderón, entre otras cosas, y que ha trabajado con Bad Bunny y con Young Miko. O sea, traerlos y decirles: “¿Saben lo que es el candombe?”. ¿No? “Vengan conmigo a Uruguay, vamos a ver cómo lo ven ustedes”. Y “¿cómo grabamos esto, ustedes que se dedican al trap y al reguetón?”.
Al mismo tiempo, también trabajé con Lucas Piedracueva, un productor uruguayo que vive en España y que es esencial en este disco. Lucas es muy joven también, pero lleva un buen tiempo grabando flamenco, pop, rock, diferentes ritmos, y vino acá, me acuerdo, agarró el tambor piano y puso debajo del cono del tambor un parlante que terminó usando como micrófono.
Ese efecto inverso solo captaba la mano izquierda de Diego Paredes sobre el tambor piano. Esa mano izquierda tiene un patrón constante que es esencial, es la tierra. Y el micrófono grabó solo eso, y cuando lo escuchás es trap. Ese efecto le aporta al candombe canción que yo buscaba un eje del que agarrarte, una tierra que no está tan clara, que en la calle no se escucha tan clara.
En la calle, esa tierra es el paso del tocador. Esa, como varias cosas más, las aprendí cuando fui a ver a la comparsa La Dominguera, que también fue importante para el sonido que quería lograr. La Dominguera tiene una proporción de tambores chicos muy alta [“El tambor chico” es una de las canciones más candomberas del disco]. Cuando la fui a ver tenía ocho chicos en el centro y tres pianos y tres repiques distribuidos a los costados. Es decir, ¿por qué lo venero tanto y por qué es tan importante para mí el tambor chico? Es esencial en el candombe que a mí me gusta, y por eso me gusta mucho La Dominguera.
Además de tener gente increíble tocando el tambor, un día fui con el teléfono y grabé ese pedazo que aparece en “Ante la duda, baila”, donde un perro del barrio ladra la clave del candombe.
El candombe es un ritmo que está maravillosamente etéreo en el aire, pero si querés un impulso, si vas a versionar un samba de Gonzaguiña, necesitás un poco más de tierra, ese golpe de la mano izquierda del piano, esa madera como exacerbada. Todas esas cosas las aprendí en este tiempo y me encantó. No tiene que ver con el candombe de calle, pero sí con la adaptación del candombe a un formato de canción transmisible. Yo no soy un candombero, pero soy un cancionista y de eso sí que puedo opinar.
¿Aprendiste a bailar candombe? En el videoclip de “Toco madera” dejás una demostración.
Más o menos, más o menos.
¿Cómo te considerás como bailarín de candombe?
Como bailarín de candombe todavía estoy en las primeras etapas del aprendizaje, pero estoy aplicado a eso. En la salsa me defiendo un poco más, porque tomé clases de salsa y tomé alguna clase de candombe también, incluso curricular, con gente que intentó enseñarme.
¿Sabés qué pasa? Los hombres bailamos menos el candombe que las mujeres. Tenemos un paso mucho más sencillo, casi puntual, casi llevando la tierra. Creo que los hombres estamos un poco en deuda con nuestro cuerpo, con el candombe y con el ritmo, con animarnos a bailar en la calle. Vos vas a Puerto Rico y esa diferencia no existe: los hombres y las mujeres bailan todos, y nadie se plantea si se anima o no. Si decís: “No, yo no bailo”, te miran como si tuvieras una enfermedad y con cierta condescendencia. Porque en Puerto Rico o República Dominicana no tenés vida social si no bailás.
Fijate que acá, y vuelvo a la Rueda del Candombe, por su disposición circular me parece que la gente va a empezar a bailarlo de otra manera. Si tenemos suerte va a aparecer el candombe en pareja, como pasa en la salsa y en el tango. Y si tenemos suerte, los hombres vamos a empezar a bailar más.
Yo me acuerdo de que en 1985, 1986 iba a ver salir los tambores de Encina con mi amigo Fernando Ramírez, el hermano de Chabela. En esa época muy pocos hombres bailaban, pero muy pocos. En ese momento era patrimonio maravilloso de la valentía trans y de las mujeres. Hay que señalar ese acto pionero de la comunidad trans de haber salido a bailar candombe y exponerse delante de todo el mundo.
Hoy en día, creo que los hombres vamos aprendiendo lecciones. Algunos, otros no. Pero bueno, vamos de a poquito.
Dónde está Drexler
En la primera frase de “Toco madera”, una de las canciones más pegadizas de su nuevo álbum, el compositor uruguayo dice “tu geolocalizador dice que estás alejándote”, y de inmediato conecta a sus seguidores con algunas de las recurrencias más salientes de su identidad poética. Por esos mismos días y con algo de casualidad, retomé las páginas del libro Fuera de la literatura, de Joseph Conrad, y descubrí su teoría a favor de la geografía sobre la geometría.
“La mayoría estará de acuerdo en que un mapa es más fascinante que una figura geométrica en un tratado de secciones cónicas”, cuenta el escritor y novelista polaco-británico, y describe los grandes aportes de los primeros cartógrafos y exploradores al mundo de las fábulas.
Cuando se lo comenté a Drexler, sabía perfectamente que Conrad había fallecido en 1924, y, de hecho, ahora mismo esperaba la llegada de una traducción de El corazón de las tinieblas, que le había recomendado un amigo, me contó.
Al final de esta entrevista, interesado en el tema, recordó mapas en los que se advertía de la presencia de dragones, y se quedó pensando por unos segundos en las fechas y la comparación inicial: “Ahí hay un punto que también está bueno, y es que la geografía no responde a la geometría hasta que aparece la geometría fractal. O sea, la geometría euclidiana no puede explicar un mapa, porque no tiene capacidad de resolución. Entre dos puntos siempre va a haber uno en el medio. Entonces te podés aproximar, pero nunca vas a estar cerca. La geometría fractal, en cambio, entiende ese infinito dentro de un espacio finito”, dijo, y siguió camino con su vaso de té rosa mosqueta en la mano.
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