La directora y guionista estadounidense Kate Beecroft viene destacándose como una de las nuevas voces del cine independiente gracias a un estilo muy personal que combina ficción con elementos típicos de los documentales, con una mirada íntima y sensible hacia los personajes que retrata, lo que resulta en una cálida sensación de credibilidad y autenticidad en las historias que cuenta. En 2025, debutó en la dirección con la potente Las chicas de Wall, estrenada en el Festival de Sundance con muy buenas críticas y ganadora del premio del público.

Ambientada en las Badlands de Dakota del Sur, esta docuficción, mezcla de western y drama semi biográfico, se inspira en la relación real entre una madre y su hija, Tabatha y Porshia Zimiga, quienes además protagonizan la película junto a actores profesionales. Ambas se dedican a rescatar, entrenar y vender caballos, mientras intentan sostener su vida familiar y laboral en un contexto atravesado por la precariedad económica y un especial duelo por la repentina muerte de John, esposo de Tabatha. Ellas son modernas y fuertes, usan TikTok para difundir su trabajo, tienen un estilo propio que impone presencia y son reconocidas por su profesionalismo, pero la situación es dura y los caballos ya no se venden como antes.

Tabatha carga con muchas responsabilidades: además de Porshia y Stetson, su hijo de tres años, le abre las puertas de su rancho a varios adolescentes con vidas difíciles, marcadas por la ausencia, las adicciones y la pérdida. En una zona rural escasa de oportunidades y con altos niveles de suicidio, los muchachos encuentran en Tabatha y los caballos una vía de escape: montan y hacen exhibiciones para que los animales valgan más en las subastas. Es claro que, a pesar de todo, Tabatha no está sola y con el apoyo de estos adolescentes, Tracey (su frontal madre) y de Clay (su pareja) ha logrado formar una fuerte comunidad y sostener todo un microuniverso con un coraje, calidez y resistencia admirables.

La vida de Tabatha da un giro cuando Roy (Scoot McNairy), un ranchero texano, le ofrece comprar sus terrenos y darle trabajo, pero fiel a su carácter indomable y a pesar de sus necesidades, ella duda si aceptar la propuesta o seguir su propio camino. El rol de la mujer en el mundo rural, la violencia de género y los vínculos familiares no tradicionales son abordados con un tono crudo, realista y, a la vez, genuino, ya que las protagonistas interpretan versiones de sus propias vidas.

Inevitablemente surge la comparación con Nomadland, la multipremiada película consagratoria de Chloé Zhao, ya que ambas combinan actores profesionales con personas sin experiencia actoral y narran historias inmersivas que observan, con tono pausado, la belleza y a la vez hostilidad del Oeste norteamericano.

En Las chicas de Wall no caben los tradicionales héroes y villanos, sino que todos son falibles, pero también tienen la capacidad de hacer el bien y el don de la compasión y la generosidad. Tabatha está lejos de ser perfecta y carga con sus culpas maternas, pero cuida y protege a su modo. y con eso parece alcanzar. Todos la quieren, la respetan y eligen quedarse, justamente por las reglas que establece, pero no por imposición. No hay melodrama, y aun cuando se tocan temas oscuros como la violencia hacia las mujeres, todo es increíblemente natural y orgánico. Con una hermosa fotografía de Austin Shelton, resulta un retrato intergeneracional de vidas golpeadas y marcadas por las grietas que, aun así, encuentran la forma de ofrecer un refugio para otros.

Las chicas de Wall. 97 minutos. En Netflix.