Murió este sábado en Starnberg el pensador alemán Jürgen Habermas, según informaron la editorial Suhrkamp y su familia. Formado en filosofía y sociología, era uno de los mayores intelectuales contemporáneos. Parte de la llamada “segunda generación” de la Escuela de Frankfurt (Theodor Adorno y Max Horkheimer son los nombres más conocidos del grupo fundacional), centró su dilatada carrera en el estudio de la posibilidad de la comunicación racional y en los procesos que habilitan el debate democrático.
Su primera gran obra, La transformación estructural de la esfera pública (traducido con otro título al español), aparecida en 1962, es un estudio que abarca el surgimiento y los cambios que sufrió en Europa la esfera pública, entendida como el ámbito en que se forma la opinión pública. Allí, por un lado traza una historia, que se remonta a la época de la Ilustración, en la que surgieron espacios físicos y tecnologías que hicieron posible el intercambio desinteresado de ideas sobre asuntos orientados al bien común con relativa independencia del gobierno, el mercado y las instituciones religiosas.
En los cafés, salones, sociedades de lectura, periódicos, revistas de los siglos XVIII y XIX pudieron debatirse argumentos en función de su razonabilidad en base a evidencias, sin depender del estatus social de quien los defendía, según Habermas, y la opinión pública formada en esos espacios pudo ser utilizada para criticar al poder. Surgidos en sociedades burguesas –aunque en alemán la palabra “burgués”, que figura en el subtítulo original del libro, también significa “civil”-, estos espacios se fueron degradando debido a la progresiva incidencia del Estado y las empresas privadas que buscan incidir en la formación de opinión pública “desde arriba”. Esa transformación estructural comportaría una “refeudalización” de la esfera pública, en la que se desdibuja el papel de la sociedad civil, que, por otra parte, es ignorada por los grupos económicos que se imponen sobre, o negocian directamente con, los gobiernos.
Aunque se trata de una visión pesimista, alineada al principio con el esquema general de los fundadores de la Teoría Crítica, Habermas abogaba por una recuperación de los mejores aspectos de la Ilustración –es famoso su ensayo/consigna “La Modernidad, un proyecto inacabado”– y creía en la posibilidad de fortalecer una esfera pública en la que los consumidores culturales puedan ser actores del debate.
Llevó adelante esa ideas en otra de sus grandes obras, los dos volúmenes de Teoría de la acción comunicativa (1981). Allí estableció que hay un par de tendencias inherentes al avance de la razón: una lleva al control y otra a la emancipación; a la primera la llamó “racionalidad instrumental” y a la segunda, “racionalidad comunicativa”. La razón instrumental prevalece en el mundo del trabajo, la tecnología y la burocracia, mientras que la acción comunicativa opera entre individuos que buscan un entendimiento y coordinan sus planes a través de la discusión, el consenso y la cooperación.
Una de las ideas más potentes e inquietantes del libro es la de la progresiva “colonización del mundo de la vida” por el sistema, en la que la lógica del mercado y el Estado erosionan las estructuras comunicativas de la vida cotidiana, influyendo por ejemplo sobre las relaciones personales, la educación de los hijos, la carrera laboral.
Intelectual comprometido
Habermas fue un hombre muy marcado por sus circunstancias y, a la vez, un intelectual que siempre buscó incidir en la política de su tiempo. Nacido en 1929, fue reclutado de niño por la Juventudes Hitlerianas y durante la Segunda Guerra Mundial integró grupos de primeros auxilios y de defensa antiaérea. Además, nació con el paladar hendido, por lo que durante su niñez fue operado varias veces y tenía dificultades para hacerse entender, lo que, según declaró alguna vez, lo orientó a enfocarse en el estudio de la comunicación.
En 1953 publicó una reseña de la Introducción a la metafísica de Martin Heidegger que tituló, sugestivamente, “Pensar con Heidegger contra Heidegger”, en la que abordó el problema de la vinculación del maestro con el nazismo en la década de 1930. En la década de 1960, ya como profesor en la Universidad de Frankfurt, simpatizó con las demandas estudiantiles por la democratización de la sociedad alemana, pero criticó algunas prácticas autoritarias del movimiento juvenil y fue uno de los primeros en emplear el término “fascismo de izquierda” para denunciar lo que veía como una deriva hacia la violencia.
En los años 1980 fue parte de lo que en Alemania se conoció como “El debate de los historiadores” en torno al revisionismo sobre la difícil historia alemana; se opuso al retorno del nacionalismo tradicional y abogó por un “patriotismo constitucional” basado en los valores democráticos. En un sentido similar, fue un partidario de la unidad europea y buscó la creación de una democracia continental basada en normativas e instituciones comunes a los países miembros de la Unión. Fue también un claro defensor de la creación de políticas de asilo y migración, y condenó explícitamente la ola de xenofobia de las últimas décadas.
Ya nonagenario, no dejó de opinar sobre asuntos públicos. En 2022, por ejemplo, causó gran polémica su pronunciamiento sobre la necesidad de que Alemania reviera su cultura de cautela en aspectos militares para así poder incrementar su apoyo a Ucrania ante la invasión rusa.
Además, durante toda su carrera, debatió intensamente con sus pares. Era esperable su choque con Jacques Derrida –después de todo, su teoría de la comunicación racional parece opuesta a la noción de deconstrucción del francés–, pero no su coincidencia en asuntos de identidad continental. Juntos escribieron varios artículos a favor de una política exterior europea común, en el marco de la invasión a Irak de 2003. Con John Rawls, con quien en principio los unía la defensa de la democracia liberal, discutió el énfasis que el estadounidense le daba a la importancia de las instituciones políticas, en detrimento de los factores comunicativos.
Hace tres años había muerto una de sus tres hijas, y en junio falleció su esposa, la historiadora Ute Habermas, que tenía su misma edad, y con quien se había casado hacía siete décadas.