La organización israelí de derechos humanos B'Tselem publicó un nuevo informe titulado “El infierno en la tierra. Las instalaciones de detención en Israel como una red de centros de tortura”.

El informe está basado en los testimonios de 21 presos palestinos que fueron liberados en los últimos meses y que accedieron a hablar sobre sus padecimientos, a pesar de las amenazas expresas de las autoridades carcelarias de que quienes dieran testimonio serían recapturados y castigados.

Desde octubre de 2023 y hasta diciembre del año pasado, 84 detenidos plenamente identificados murieron en prisiones israelíes, entre ellos un menor de edad.

De acuerdo con un informe de la organización Médicos por los Derechos Humanos, otros diez detenidos fallecieron bajo custodia israelí durante los recientes dos años, pero no pudieron ser identificados.

De los 84 casos identificados, las autoridades carcelarias únicamente entregaron a sus familiares cuatro cuerpos de fallecidos, impidiendo, en la mayoría de los casos, el reconocimiento por parte de familiares y la realización de autopsias.

Tan sólo diez autopsias fueron realizadas y, de acuerdo con el análisis de la organización Médicos por los Derechos Humanos, en seis de esas surgieron evidencias de inexistente o inadecuado tratamiento médico.

Actualmente el total de detenidos palestinos en Israel es alrededor de 9.000 (poco menos de 2.000 fueron liberados en octubre en el marco del canje por la liberación de rehenes). Del total, se estima que 350 detenidos son menores de edad.

Según datos oficiales, 3.521 palestinos detenidos están bajo prisión administrativa. Eso significa que están detenidos sin proceso judicial por orden del comandante general de los territorios ocupados.

Los detenidos administrativos ni siquiera tienen derecho a saber de qué se les acusa y, por lo tanto, no pueden defenderse.

La orden administrativa de detención es renovable cada medio año, mediante un procedimiento en el cual los servicios de seguridad presentan un escrito justificativo ante un juez que confirma la orden, sin que el detenido o sus defensores legales puedan enterarse del contenido del escrito o argumentar en su propia defensa.

Por otro lado, a los combatientes de Hamas y otras milicias armadas capturados en la Franja de Gaza no se les reconoce su condición de “prisioneros de guerra”, sino que se les aplica una categoría sui generis de “combatientes ilegales”. De esta manera, se les impide recibir a representantes de la Cruz Roja, además de que les niegan los derechos establecidos por el derecho internacional.

A pesar de la división de detenidos en diferentes categorías judiciales y de su instalación en diferentes sectores en cada cárcel, los investigadores de B'Tselem indican que la mayoría de los gravísimos hechos denunciados en su informe se repiten entre todos los tipos de detenidos.

Hay un grave fenómeno de violencia sexual. Los detenidos son frecuentemente desnudados, golpeados en sus genitales, humillados y hay numerosas denuncias de presos que han sido violados mediante la introducción de objetos en el ano.

Por fuera del informe de B'Tselem, el abogado israelí Ben Marmarelli relató hace un par de semanas que uno de sus representados, un preso palestino de Cisjordania con condena fijada por un tribunal militar, le solicitó que no vaya más a visitarlo personalmente, porque prefiere entrevistarse con él por zoom, ya que ante cada visita del abogado el preso es castigado mediante un palo que se le introduce en el ano.

En una línea similar, el informe de B'Tselem cita el testimonio de Sami A'Sa'i, un ciudadano palestino de 46 años, padre de seis hijos y oriundo de la ciudad de Tulkarem, en Cisjordania, que fue liberado en junio del año pasado.

A'Sa'i contó: “Uno de los carceleros se sentó sobre mi espalda, otro presionaba sobre mi cabeza y el tercero trataba de introducir un objeto duro en mi ano, traté de resistir cerrando mis músculos, pero lograron introducir el objeto”.

“El dolor era tremendo y grité, pero ellos repitieron lo mismo seis veces. […] Los tres se reían y se burlaban mientras me violaban”, agregó.

Durante los interrogatorios a los palestinos en las cárceles israelíes, además de descargas eléctricas y golpes, se usa cierto tipo de técnicas de tortura, especialmente atar a los detenidos en posiciones especialmente dolorosas durante largas horas, retenerlos durante días y noches en celdas inmundas con una luz de intensidad especialmente molesta, impedirles el sueño, obligarles a orinarse encima y proporcionarles raciones mínimas de comida, que son pisoteadas antes de entregárselas.

La mayoría de los detenidos sufrió episodios de violencia también por fuera de los interrogatorios, transformándose en algo casi cotidiano.

Muchos detenidos refieren al uso sádico de descargas eléctricas por parte de carceleros o al lanzamiento de granadas de humo en espacios cerrados, carceleros que apagan sus cigarrillos sobre la piel de detenidos, golpes de cachiporras al salir o ingresar a una celda o durante el transcurso de las usuales requisas. Varios detenidos se refirieron en sus testimonios al sofocamiento sin tomar agua ni comer durante largas horas en vehículos cerrados y golpizas durante los traslados, sea al juzgado o de regreso, o en los desplazamientos hacia distintas instalaciones.

En sendos reportajes organizados por el Ministerio de Seguridad Nacional y en las declaraciones del ministro Itamar Ben Gvir y otras autoridades, no hay el más mínimo esfuerzo por ocultar la violencia instalada como parte de la vida cotidiana de los detenidos.

En uno de los reportajes realizados en un celdario subterráneo, en el sector Rakefet de la cárcel Ayalon, donde custodian prisioneros detenidos durante la campaña militar israelí en la Franja de Gaza, un oficial explicaba ante las cámaras del canal 13 de Israel que a menudo se realizan requisas sorpresa con el objetivo de que los detenidos no puedan descansar, ni desarrollen rutinas ni sepan qué esperar ni cuándo.

Los presos son obligados a permanecer arrodillados, con las manos esposadas atrás, mientras los carceleros orgullosamente confiscan trocitos de pan guardados por alguno de los presos.

Las condiciones de reclusión son inhumanas.

Hay camas metálicas sin colchón, siempre en número menor a la cantidad de reclusos en una celda, lo que obliga a varios de ellos a dormir en el piso.

La densidad es extrema. Los detenidos sufren de largas horas de esposamiento de ambas manos. La alimentación es insuficiente y muchas veces en pésimas condiciones de higiene.

En ese contexto de insalubridad, muchos de los detenidos no acceden a una ducha sino una o dos veces por semana y otros no pueden cambiarse la ropa durante largas semanas.

Como relataron varios abogados defensores de detenidos palestinos en un evento realizado hace un par de semanas, la sarna, una enfermedad fácilmente curable y controlable, se ha convertido en la tortura cotidiana de miles de detenidos.

En algunos centros de detención los detenidos no tienen acceso al jabón y la falta de acceso fluido a atención médica agravó enfermedades existentes.

Abogados han denunciado la negativa a conceder analgésicos a muchos presos en varios centros de reclusión, considerándolos como un “lujo innecesario”.

Los testimonios tanto de B'Tselem, de Médicos por los Derechos Humanos, de varios abogados y de detenidos que fueron liberados dejan muy claro por qué los lugares de detención de los palestinos no son cárceles, sino “una red de centros de tortura”.