Alguna vez hay que decir las cosas sin filtro y, como se dice, “sin piedad”. El problema principal de la izquierda latinoamericana no se encuentra a la derecha, sino a la izquierda. Y no radica en la falta de seducción de su utopía democrática, sino en el programa histórico que despliega para sus países y ciudadanos. No se puede ignorar la relación de fuerzas, el poder social, económico, judicial y comunicacional de las derechas, ni el respaldo imperial de Estados Unidos, porque a la postre habitamos uno de los lugares del mundo más difíciles desde el punto de vista geopolítico. Pero ahí no está, a nuestro juicio, la clave del declive de los progresismos en este segundo ciclo regional.

Pablo Stefanoni escribió recientemente un buen artículo sobre este tópico para El País de Madrid en el que da cuenta del declive del progresismo, a propósito del encuentro el 21 de julio pasado en Santiago de Chile entre Gabriel Boric, Gustavo Petro, Pedro Sánchez, Lula y Yamandú Orsi para dar un mensaje ante la erosión democrática en Occidente.

Muy lejos está el tiempo del avance arrollador del primer progresismo. Con mucho sentido del humor, Pepe Mujica me mostró hace años una pintura que le había regalado un admirador que había cruzado el mundo hasta la chacra para regalársela. Allí estaba el Pepe con los 12 apóstoles del progresismo fundacional. ¿Qué queda de aquello? Muy poco. Sin ignorar que ha emergido un muy importante movimiento progresista en México, liderado por Andrés Manuel López Obrador y hoy muy dignamente representado por Claudia Sheinbaum; que persiste la lucha sin pausa ni término del más importante líder político de América Latina en el último medio siglo, Lula da Silva, que a pesar de la debilitada base partidaria del Partido de los Trabajadores (PT) ha logrado articular el más amplio arco político para derrotar –cierto que por escaso margen– a la ultraderecha y que pondrá su carisma nuevamente en juego el año que viene, a los 80 años; y que en Uruguay la izquierda ha logrado recuperar el gobierno de la mano de Mujica/Orsi.

Sin ignorar, reiteramos, estas realidades, aparece incierto el destino de la izquierda en Chile y en Colombia. Y muy lejos quedó el superciclo del progresismo original: Cuba continúa desangrándose, acosada por el bloqueo y encerrada en la equivocada tesis de raíz estaliniana del “socialismo en un solo país”; Nicaragua dejó muy atrás (allá por 2007) los años de avance social y derivó en uno de los autoritarismos más feroces que recordemos; en Venezuela la “revolución bolivariana” cerró su fase chavista (1999-2013) y luego ingresó en una deriva que culminó en las elecciones de 2024, que no fueron validadas por ningún organismo serio; en Ecuador la década del correísmo se cerró en 2017; en Bolivia la izquierda se suicidó luego de 20 años y acaba de exhibirlo en 20251 y, por cierto, la historia no absolverá el atentado a la unidad y a la renovación generacional; en Argentina se cerró hace una década (2003-2015) el complicado y enredado periplo del kirchnerismo, y sus sucesores cultivaron el caos macroeconómico que abrió las puertas al mileísmo.

El problema principal de la izquierda latinoamericana no se encuentra a la derecha, sino a la izquierda. Y no radica en la falta de seducción de su utopía democrática, sino en el programa histórico que despliega para sus países y ciudadanos.

¿Qué hay en el fondo de todo esto? El ciclo del progresismo fundacional se apoyó en la reacción popular contra los estragos del neoliberalismo, en la rebeldía de la gente en el subcontinente más desigual del mundo, y en el ciclo económico favorable que financiaba los cambios (2003-2011), impulsado por China (soja, cobre, petróleo, etcétera). La región creció a tasas históricas, pero ya en 2010-2011 la Comisión Económica para América Latina y el caribe, dirigida por Alicia Bárcena, su inteligente secretaria ejecutiva, en el Balance preliminar de las economías de América Latina y el Caribe 2010 y en otros trabajos en 2011, advertía sobre la reprimarización en América Latina y el Caribe. Sin integración y diversificación de las economías, el crecimiento económico y el margen distributivo se evaporaba, y las izquierdas quedaban sin capacidad para profundizar las reformas estructurales. De esos polvos vinieron estos lodos. A la postre, el problema es mucho más programático que ideológico.

El programa del Frente Amplio apunta decididamente en esa dirección, pero hay que tener capacidad para ejecutarlo y, fundamentalmente, para comunicarlo en un país en el que desde siempre el principal comunicador de las buenas nuevas, acompañado o no por sus ministros, es el presidente de la República, porque a los ojos de los uruguayos esos son los verdaderos actos de gobierno.

Podemos y debemos gobernar con la mayor prolijidad macroeconómica, pero también necesitamos audacia geopolítica. No puede ser que nos enteremos, por ejemplo, del trazado de los corredores bioceánicos, que constituyen la verdadera marcha de Brasil hacia el oeste, por los medios de comunicación, cuando la idea matriz se cocinó aquí en el quincho de Varela. ¿Qué nos impide a los uruguayos negociar con otro u otros estados un puerto de aguas profundas en Rocha que constituya la salida de la carga a granel de la región, en un esquema multimodal, hacia el sudeste asiático por el Atlántico, pasando por el sur de África? Nada, salvo la cortedad de miras. No vamos a esperar al impuesto a los milmillonarios y a su vigencia global, sobre el cual, por otra parte, el Real Instituto Elcano publicó a principios de mes un excelente artículo. Y terminar de una buena vez con esta noria de 300 años en la disputa con el puerto de Buenos Aires, a partir de un puerto en Montevideo que ha sido monopolizado por el capital privado y que, por otra parte, es chico. Hay que hacer y saber de estos asuntos.

¿Quiere decir esto que el progresismo no puede recuperar y ganar terreno? De ninguna manera. Simplemente hay que hacer bien las cosas. En el propio Estados Unidos hay un fenomenal movimiento de resistencia al trumpismo. Y en América Latina se está produciendo un renacimiento del antiimperialismo.

Enrique Rubio fue senador del Frente Amplio y director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto.